Melted ice (Ice 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Kerr

Primer partido de la temporada. Estoy nervioso. Temo no estar a la altura. Esta temporada haré treinta y cinco. Pocos llegan a los cuarenta en plantilla en este deporte, pero aquí sigo, disfrutando cada momento. Joder, quiero vivir cada instante como si fuera a perderlo.

—Hijo, no te creas invencible. Tienes que dar cada día lo mejor de ti y nunca, nunca bajar la guardia —me lo dijo mi padre cuando era pequeño, para entenderlo en mi primer entrenamiento de hockey. Lo repite muy a menudo porque, para mi padre, bajar la guardia es perder.

Ayer estuve hablando con él del partido. Me recordó todo lo que tengo que hacer y mi madre igual. A veces me saturan. Quiero hablar con ellos de otras cosas, pero no sé cómo hacerlo sin ofenderlos. Todo lo que soy se lo debo a ellos.

Nos ponemos las protecciones. Sayer hace todos sus rituales. Simon está grabando algunos. Sobre todo de los nuevos.

—¿Te has tocado el fénix? —me pregunta y lo hago ante la cámara.

Se marcha. El entrenador nos da una charla motivadora. Luego me mira a mí.

—Darlo todo, cabrones. Solo así, aunque perdamos, será una victoria.

Pongo la mano y todos ponen la suya. Tras varios gritos de ánimo, dejo que salgan.

Yo lo hago el último. Simon lo graba todo y, cuando piso el hielo, Ginette está ahí.

Nos hemos visto un par de veces entrenando.

Nos quiere dar agilidad. Ha estado estudiando cómo hacerlo para conseguir que seamos más rápidos y ágiles usando el patinaje artístico.

Me gusta saber su punto de vista. Y he visto cómo los novatos lo pillan antes.

No están tan marcados como yo por las mismas costumbres.

—Si no me tocas el fénix, no me dará suerte —me provoca y su ceja se levanta—. Es verdad.

—No pienso tocarlo porque, cuando acabe mi trabajo aquí y no esté, si pierdes, será culpa mía.

—Vamos, una vez solo —la pico y me acerco a su oído—. Ya que no me suplicas un beso, me conformo con una caricia.

Tiembla y veo en sus ojos lo mucho que me desea.

—No —sentencia y se marcha.

Me río, porque me encanta provocarla. Antes de salir, toco el fénix y la miro en la grada. Le guiño un ojo, bufa y me olvido de todo salvo de ganar.

Vamos a por el partido.

***

Hemos ganado, por un tanto que marqué en los minutos finales. El subidón es evidente. Y eso da miedo. Cuando empiezas ganando, piensas que nada te hará caer. Los veteranos piensan así, pero los novatos han montado una fiesta. Que cuentan en redes, cómo no.

Quedamos para cenar y tomar algo. Al salir, varios familiares esperan para felicitarnos. A Sayer y a mí nos espera Amanda con Sasha, dormido en su carro, encogido como puede en él.

—No debiste esperarnos. —Sayer abraza a su hermana.

—Quería estar aquí para felicitar a dos de mis chicos favoritos. Y ahora me marcho a casa.

—Te acompaño al coche —le dice Sayer. Voy a ir con ellos cuando alguien me llama.

—Eh, capitán. —Me giro y veo a Mary—. Tú no te vas, quieren que estés en la rueda de prensa.

La sigo. Entro a la sala de prensa y está también el entrenador. Simon y Ginette se encuentran al fondo. Los reporteros comienzan con cuestiones sobre el partido, hasta que uno hace la pregunta que esperaba que llegara.

—Entonces, ¿ahora te ayuda una exmedallista a practicar patinaje artístico? —lo dice con desprecio. No me gusta su tono.

—Sí. ¿Algún problema en querer ser el mejor?

—No —responde y mira a Ginette, que se hace pequeña en su asiento.

—Ella no está aquí para responder nada —añade Mary cuando yo estaba a punto de cortarlo.

Dicen que vale y sigue la rueda de prensa. Al acabar, uno de un periódico local me pide unas fotos. Poso para él y, cuando salgo, veo al capullo de antes tras Ginette. Simon le dice que pare, pero el tío no le hace ni caso.

—Vamos, solo unas preguntas para mi revista. La gente se merece saber de ti —le dice.

—¿La misma gente que la dejó de seguir cuando ella necesitaba todo el apoyo del mundo? ¿Esa gente dices? —Me mira y uso mi altura y mi complexión para amedrentarlo—. Largo.

Se marcha.

—Eso es totalmente cierto —Ginette me da en el brazo—, pero podía defenderme sola.

—Lo sé, pero es un capullo. Me apetecía bajarle los humos. —Pone los ojos en blanco—. ¿Nos vemos luego?

—Tal vez.

—Si vas, me debes un baile. Por el rescate.

—No te debo nada.

—Soñar es gratis. —Sonríe y se marcha con Simon.

Mejor que no baile para mí porque, como lo haga, nada ni nadie podrá impedir que no la vuelva a besar. Esta mujer me está fundiendo los sentidos. Tengo que centrarme.

***

Se nos acerca mucha gente en el pub para felicitarnos y pedirnos fotos. Está el cachondeo de que ahora quiero bailar sobre el hielo. Me la sudan todos. A Sayer no le hace tanta gracia, porque odia que la gente hable de él. Por eso, lo llevo al reservado.

—Vamos, relájate. Se les pasará —le digo.

—Me gustaría que solo se hablara de lo bien que juego, y no de si me pondré mallas o no.

—Con ellas estarías muy sexi. —Me fulmina con la mirada.

Tras relajarse, salimos y busco a Ginette entre la gente. La veo en la pista. Está bailando con un vestido de lentejuelas azul eléctrico. Se ha subido a una pequeña tarima y se mueve con la música. Le mando un mensaje.

Venid al reservado. Hay muchos capullos cerca y me va a tentar bajar y desquitarme con ellos solo por el placer de asustarlos.

Sigue bailando y, cuando lee el mensaje, me busca y me saca un dedo corazón. Sigue bailando en su mundo. Con Simon cerca mirando a su amiga. Todo va bien hasta que un idiota le toca el culo sin pensarlo dos veces. Simon lo aparta y este le da un puñetazo.

Empiezo a bajar hasta ellos. Al llegar, los de seguridad se han hecho cargo de todo.

—Me voy a casa —dice Simon agitado.

—Voy contigo —le informa Ginette.

—No, quédate con él. ¿La llevas a casa?

—Sí.

Simon se marcha enfadado y Gin quiere ir tras él, pero, al ver la cara de su amigo, lo deja ir solo.

—Ha sido mi culpa. A veces me olvido de que hay hombres que ven mis bailes como una provocación. —Está nerviosa y agitada—. Yo solo estaba bailando… ¿Y si lo provoqué? —Parece ida y cojo su cara entre mis manos.

—Para. Ese idiota te tocó sin tu permiso. Es su culpa, Gin. —Acaricio su mejilla y veo cómo sus ojos dorados, poco a poco, parecen más serenos y recupera el color de sus mejillas—. O te llevo a casa o a tomar un helado.

—No, vamos. Quiero quitarme este mal sabor de boca o no podré dormir. Necesito olvidarme de esto —por cómo lo dice, siento que no solo habla de esta noche. Una pieza más que no me encaja en ella.

La acompaño hasta donde están todos. Sayer le pregunta si está bien y le tiende algo de beber.

Sin alcohol, le dice. Ella lo acepta y se marcha a hablar con Basile y el resto de los novatos.

Baila con ellos y todos la devoran con la mirada.

No me gusta cómo la devoran con los ojos, pero sí que, con cada giro, me busque y esté pendiente de si mis ojos están puestos en ella.

Cuando se me acerca, contengo la respiración.

Sobre todo, cuando se pone a bailar tan cerca que su aliento me acaricia.

—¿Y si esta noche solo me apeteciera bailar para ti? —No recuerdo la última vez que una mujer me desarmó con sus palabras y el dulce aleteo de sus pestañas. Es adorable, y quiero devorarla.

—Si deseas eso, tal vez yo quiera acabar bailando con mi lengua entre tus piernas.

—Tal vez no me queje.

Hostia puta.