Capítulo 19
Ginette
Simon y yo llegamos juntos al trabajo, como cada día.
Todo igual, menos las caras de pena de los de prensa y del resto de los trabajadores al saberse ya quién soy y qué me pasó.
Odio esa mirada; esa que dice, «lo siento», cuando en realidad no te conocen de nada, no saben lo que lloraste y no te acompañaron en esos momentos tan duros.
En verdad, esa lástima se entremezcla con el miedo de que ellos pasen por algo así y te miran de forma diferente, como si ahora fueras frágil.
Como si tu herida te hiciera de golpe débil.
Odio cómo me mira la gente, y no pensé en todo esto cuando me grabé y Simon me dijo de subirlo. No esperaba que nadie me reconociera. Pero sí, una sola persona tiró del hilo y ahora todos lo saben.
Y, al mirarlo, es como si esa noche se repitiera en mi cabeza.
Entramos en nuestro despacho. Amanda nos espera con café y galletas.
En ella nada ha cambiado. Tampoco nosotros la miramos diferente al saber que no tenía amigos, que se sentía sola y que, cuando se enteró de que iba a tener un hijo tan joven, deseó que fuera una broma.
Ahora no cambiaría a su hijo por nada, pero la entiendo.
Un hijo, cuando no estás preparado, es duro.
—Bueno, se han apuntado cuatro para entrenar esta tarde. —Amanda parece feliz. Normal, hemos pasado de no saber qué narices subir a tener un montón de nuevas suscripciones.
—Genial. Simon me ayudará. Él también sabe patinar.
—Sí, pero en mi caso no era tan bueno. Al final me cansé de llegar a nada y me centré en otra cosa deportiva, tras una pequeña lesión que tuve. Y como me encanta leer y escribir. —Amanda asiente.
—Entonces, ¿sabías quién era ella antes o después?
—La reconocí en cuanto la vi en clase. La seguía desde hacía años.
—Es uno de los pocos seguidores que no me abandonó —admito—.
Le costó mucho conseguir que fuéramos amigos.
Pero se quedó ahí, a mi lado, y eso lo cambia todo porque, aunque yo decía que estaba bien sola, no era así.
Una noche casi acabé con un coma etílico porque beber era más fácil que afrontar la realidad.
—Amanda asiente—. Y Simon me gritó preocupado.
No recuerdo mucho de esa noche, pero sí que yo le importaba a él.
Amanda me abraza con fuerza.
—Ale, ya todo hablado, vamos a hacer cosas para la app. Bajaré yo a hacer fotos y vídeos del entrenamiento y, de paso, veo a mi trasto cómo va.
Preparamos cosas de la app. Miramos los seguidores y Mary nos pasa informes.
Hablamos con los informáticos para poner nuevas cosas, para hacerlo más personalizado para cada usuario.
Cuando Amanda regresa, ayudo a Simon con las fotos y vídeos.
A él se le da mejor montar vídeos; por eso, Amanda y yo retocamos las fotos.
Se me pasa el día volando. No quiero pensar mucho en lo que tengo que hacer hasta que voy a la pista de hielo. Me siento en el banquillo y miro el suelo. Alguien arrastra con el pie unos patines nuevos de mi talla. Alzo la mirada y veo a Kerr, apoyado en los protectores.
—¿Qué es eso?
—Un regalo. Algo que no tiene historia. Son nuevos y no te van a traer amargos recuerdos.
Que se haya dado cuenta de ese detalle hace que me remueva incómoda. Tengo todas mis cosas en cajas en casa de mis padres, excepto algunas medallas, para recordarme lo rápido que lo puedes perder todo.
Le doy las gracias y me pongo los patines. Kerr no puede evitar cuidarme y eso me encanta de él. Aunque es peligroso. Muy peligroso; si fuera un capullo, el deseo que siento por él se apagaría, pero esto hace que el fuego de mis entrañas por él solo arda más fuerte.
Me quito la sudadera y muestro un maillot que he comprado cuando salí a comer con Simon.
Me gusta más patinar con esta ropa. Kerr mira mi cuerpo enfundado con unas mallas azul marino y un maillot por encima.
Es sencillo, pero, ante su escrutinio, no lo es.
Sobre todo cuando me devora con la mirada los pechos.
—Es casi indecente.
—Tonto. —Sonríe de medio lado hasta que uno de los novatos me mira el culo.—¡Tienes ojos en la cara! ¡La mirada a los ojos!
—¡Sí, oh…, capitán, mi capitán! —Me río por cómo se pone Basile la mano en la frente a modo de saludo militar, tras hacer esa referencia a la película.
—¿ El club de los poetas muertos ? —pregunta Simon, que se ha puesto unos patines—. ¿La has visto?
—Alguna vez. —Basile entra en la pista.
Los sigo y de nuevo Kerr se pone muy pesado con los calentamientos.
—No eres mi capitán. De hecho, yo soy tu entrenadora. —Se me acerca patinando.
—Te pone cachonda que te ordene, princesa. No disimules. —Lo miro a los ojos y, para no darle la razón, me marcho patinando sola.
Tomo aire y, tras girar un poco sola, vuelvo con el resto del grupo, mientras Sedirk lo graba. Van con la equipación y son intimidantes los cuatro. Tengo que hacerlo. Tengo que ser la mejor entrenadora.
Entrenadora…
Duele, no quería ser solo eso.
Pero esto solo es por Amanda, no por mí.
Les digo lo que tienen que hacer y les corrijo las posturas. Lo hacen fatal, al principio. Kerr, con lo grande que es, queda raro cuando hace giros artísticos. Sayer se ríe y este va tras él por la pista.
Alguien pone música y cuando miro hacia la cabina, veo a mi padrino que alza los pulgares.
—Hazles una demostración —me pide Simon.
Dudo, pero al final me pongo en el medio de la pista y dejo que la música entre en mi cuerpo. Giro por la pista y hago varios mortales hasta que la rodilla me cruje. Si no llega a ser por Kerr, habría caído de rodillas, pero me atrae hacia él.
—No te suelto. Toma aire.
Estoy temblando, de miedo, de impotencia y por él.
Tomo aire y me separo de Kerr.
—Esto es todo por hoy.
Se marchan. Al igual que Simon, que va a editar todo.
Me quedo en medio de la pista sola y me siento en el suelo.
Luego me tumbo y miro al techo. Hice esto miles de veces.
En todas esas veces, la ilusión de lo que estaba por venir me hacía sonreír.
Ahora solo veo… ¿A Kerr? Su cara está entre el techo y mi mirada.
—No estás bien. Tienes una cara horrible. Pero sé de un lugar que puede ayudarte. Hacen unas buenas patatas fritas y alguien me dio un beso tan casto que casi era para niños.
—Tonto. —Se ríe y me tiende la mano.
La cojo y patinamos juntos hasta la puerta.
—¿Nunca patinaste en pareja? —Me siento para quitarme los patines.
—Me habría gustado, pero patinar con alguien no es fácil. Debes tener una conexión especial con él. Debéis ser uno y no siempre se encuentra una conexión perfecta.
—Vaya, bueno, así un desastre menos. Seguro que el cabrón te habría reemplazado por otra enseguida y te habría dolido más también perder eso.
—Sí, lo pensé.
Vamos hasta los vestuarios tras quitarnos los patines. Kerr me dice dónde me puedo duchar, sin que nadie me incomode. Sigo sus indicaciones y me ducho en las duchas del rival. Al salir, Simon me espera para ir a casa juntos.
—Kerr me ha invitado a tomar una cerveza. —Pone ojitos—. No pienses mal y te vienes.
—¿Por qué tengo que ir?
—Principalmente, para que no le suplique que me folle —se lo digo directa porque con Simon no tengo secretos.
—Vale. Si me lo pides así, iré para ser tu escudo ante hombres buenorros que te ponen cachonda.
Vamos a donde espera Kerr y, al ver a Simon, sonríe. Le dice a Sayer si se apunta. Al final, Aquiles y Basile también se unen. Vamos a una cervecería cerca del estadio. No es donde nos conocimos.
—Eres una cobarde —me dice Kerr mientras pido las bebidas.
—¿Yo? No sé de qué hablas. —Su mirada se hace más intensa.
—Te da miedo quedarte a solas conmigo por si me acabas suplicando que te bese.
—Tú sueñas.
—¿De verdad? —Se acerca. Se acerca mucho y contengo la respiración cuando me besa, pero en la mejilla.
—No soy tu tipo.
—No, pero si me suplicas que te bese, lo haré. Soy débil en lo que a ti se refiere. Y más cuando me dices «capi». —Nos miramos a los ojos y, sin querer, bajo la mirada hasta su boca.
Basile nos llama para decirme que pida algo de picar y eso evita que le suplique que me bese ya.
Nos ponen las bebidas y la comida la llevan ahora, por lo que regreso con el resto.
Simon está editando el vídeo y Basile le pregunta cómo lo hace.
Parece que se llevan bien. Hago un barrido por la mesa y veo a Sayer mirándolos de forma dura.
Parece molesto por esta amistad. O eso me lo parece a mí, porque aparta la mirada y se centra en su móvil, que no deja de sonar.
Alguien llama a Kerr y sale fuera para hablar. Como patatas hasta que no puedo más. Kerr no regresa. Hago señas a Simon para irnos. Es lo bueno de conocernos tan bien, que con solo una mirada lo pilla y evitamos hablar.
—Estoy agotado —dice mi amigo—. Nos vemos mañana.
Recogemos todo y, cuando salimos, Kerr se pasea con el móvil en la oreja. Nos mira y se despide con la mano. «Pues menos mal que han venido el resto, si no me habría dejado tirada comiendo patatas sola», pienso de camino a casa.
Ya en mi cuarto, me llega un mensaje de él:
Kerr: Era mi madre. Le hacen mucha gracia los vídeos y me estaba aconsejando llevar otra ropa. Ya te aviso que ni muerto. Necesito mis protecciones.
Sí, no vaya a ser que hagamos tortilla con tus huevos.
Ya te gustaría hacer otras cosas con ellos.
En tus sueños.
Solo si me pides un beso.
Nunca. Buenas noches, capi.
Buenas noches, princesa.