Capítulo 17
Ginette
Simon se ha marchado a comprar unas cosas. Ha insistido en si estoy bien muchas veces, y le he prometido que sí. Tenía que recoger unos paquetes y no quería que no lo hiciera por mí. Por eso, fingí una sonrisa y le prometí que, si me encontraba mal, lo llamaría.
Revivir lo que pasó me ha dejado tocada.
El dolor en la rodilla no es intenso, pero me recuerda que ya nada será igual.
Que mi vida cambió. En mi cabeza se quedó marcado a fuego el instante mientras caía.
Cuando piensas que estás a un momento de perderlo todo y no puedes frenar, no puedes agarrarte a nada.
El horror de saber que esa caída puede ser la última.
Y la certeza de que, cuando te levantes, si lo haces, nada será igual.
Todo pasó muy rápido y a la vez muy lento para mí. Y luego la nada.
Suena el timbre de mi puerta. Debe ser alguno de los estudiantes, para ver si nos unimos a una fiesta en el edificio. Casi cada día hay una. Es lo peor de vivir en este sitio. Pero es barato. Abro solo con una camiseta puesta.
Pero quien está ahí es Kerr, que me mira desde los pies descalzos hasta los ojos.
—¿Abres así la puerta siempre?
—A veces en pelotas. —Tensa la mandíbula—. Solo es una camiseta. —Centra sus ojos en mis pechos y noto los pezones duros solo por tenerlo delante y aspirar su perfume—. ¿Qué haces aquí?
—Traer galletas. —Entra y cierro la puerta.
Este lugar parece muy pequeño con él dentro; es alto y todo músculo. Y, a pesar de eso, lo miro y no siento miedo. Solo algo más peligroso, si no tengo cuidado.
—Me han hecho pruebas. —Va hasta mi cocina.
—¡Eso, tú como en tu casa!
—No pienso mojar las galletas en agua.
Lo dejo prepararlo todo y me pregunta si quiero otro vaso de leche con chocolate. Le digo que sí, sin entender muy bien esta situación. Mando una foto a Simon de Kerr en la cocina. Me escribe enseguida:
Simon: ¿Qué narices hace ahí?
Hacerme un vaso de leche.
Esto no tiene sentido.
Ninguno.
Al menos, no estás sola y eso me deja más tranquilo.
Dejo el móvil en la mesa y veo a Kerr moverse por la cocina y preparar todo. Saco servilletas y abro la caja de galletas. Al poco, regresa con la leche caliente. Lo miro a la espera de entender esto.
—¿Qué decían las pruebas? —le digo cuando se sienta a la mesa. Una mesa ridícula para él.
—Que tienes razón. También, que no me preocupe. No es mi retirada.
—Pero piensas en ello.
—Cada vez que salgo a jugar, pienso si será mi último partido. He visto a muchos compañeros romperse. Quedarse lesionados, no poder volver… Tú lo sabes mejor que nadie.
—Sí, iba a competir en las olimpiadas en unas semanas. Y, de golpe, estaba haciendo rehabilitación tras estar en coma varios días y una larga operación. —Su mirada se llena de terror y sé que ha visto mi vídeo—. Eso no me duele tanto como perder mi carrera.
—Estar cerca del hielo era superior a ti.
—Sí.
—Eso no explica por qué odias el hockey. Son parecidos. —Muerdo mi boca mientras lo veo mojar las galletas.
Si alguien me llega a decir esta mañana que estaría compartiendo galletas y leche con Kerr, no lo habría creído.
—Mi ex era el capitán del equipo de hockey, pero yo no iba a verlo a los partidos, ni él a mí a las exhibiciones.
Nos conocimos cuando me tocaba la pista para entrenar, y dejamos nuestras profesiones a un lado.
Él tenía sus motivos. —Espera—. Me ponía los cuernos tras cada partido.
Eso hizo que odiara el hockey: el saber que, cuando triunfaba, seguramente buscaba a otra.
—¡Qué cabrón! ¿Lo mandaste a la mierda?
—No, le perdonaba porque esperaba que me quisiera a mí más. Ya sabes, cambiar al chico malo… No se cambia al chico malo; tú te vuelves una cabrona para protegerte.
—Cierto. ¿Estabas con él cuando pasó todo?
—Sí, me dejó nada más abrí los ojos. Me dijo que, para que quedara claro, no quería nada conmigo y que yo esperara de él algo más. Que no estaba listo para acompañarme en mi recuperación, cuando yo hacía tiempo que ni era divertida. Al menos fue sincero.
—Fue un cabrón y eso te hizo odiar más al hockey y los mujeriegos.
—Qué listo eres, capitán.
Sonríe y su sonrisa me hace vibrar.
—Mi padre se lesionó en el primer año de universidad —admite—.
No pudo jugar. Se pasó toda la universidad en el banquillo.
Mi madre fue la que estuvo a su lado y evitó que la depresión le hiciera perderse.
Él fue quien inculcó su amor por el hockey en mí.
No hago esto solo por mí, lo hago por los dos.
Por eso, cada partido me siento solo y valoro ese momento, porque nadie nos garantiza que podamos ser parte de más victorias para el equipo.
Nos miramos a los ojos y sé que entiende ese momento donde sentí que lo perdía todo.
—Nadie me preparó para ello. Yo era una niña prodigio del patinaje. Eso te hace sentir especial e invencible.
—Una prodigio… Eso explica lo buena que eras o eres. Esta mañana me has dejado con la boca abierta.
—Estando oxidada. Pero me dolió la rodilla, por eso me caí. —No quiero que vea las lágrimas en mis ojos—. No es un dolor que haga que no pueda patinar, pero que me recuerda que tuve que dejar a un lado mis metas y sueños.
—Te entiendo.
—Por eso estoy aquí. Stewart quería que estuviera cerca del hielo y que viera otras posibilidades. Otras que tal vez fueran diferentes, pero no por eso malas. Y no estoy mal, pero mi idea sigue siendo irme a Europa y buscar mi camino.
—Te puedo asegurar que yo tampoco sé qué haré luego. Vivo el día a día.
—Ya lo sabrás. Ahora, gracias a mí, no forzarás el lado izquierdo. —Le regalo una sonrisa y él me devuelve una suya.
Entonces, mi atención va a su boca, a sus manos y a ese cuerpo hecho para el pecado.
Es un mujeriego…, pero yo tampoco quiero nada serio.
Tengo claro que me iré. El problema es que no sé si estoy preparada para lo que pase cuando nos toquemos de nuevo.
Para esa sensación de suplicarle por un beso más.
Por esa necesidad imperiosa de que me toque.
Ahora mismo me cuesta mantener las distancias. Estamos solos y me gustaría levantarme y sentarme en su regazo. Frotarme contra su duro cuerpo y rogarle por un beso.
—Muchas gracias por las galletas —le digo y empiezo a recoger.
—De nada. Nos vemos mañana.
Lo acompaño a la puerta y, hasta el final, me cuesta no acortar la distancia y frotarme contra él como una gata en celo. Cierro la puerta y me apoyo en ella. Nadie en toda mi vida me ha hecho arder como él. Me da miedo que este fuego me consuma.
Sobre todo, cuando me mira la boca y sé lo bien que encaja conmigo la suya.