Capítulo 16
Ginnette
El día no ha empezado bien. Mary nos ha dado una charla de que, aunque ha mejorado los números, quiere más. Amanda se ha puesto nerviosa y yo me he prometido dejarme la piel para hacer que la app funcione.
Por eso, ahora estoy en la pista de hielo viendo entrenar al equipo, pensando qué hacer que sea diferente a todo lo que suben ellos.
Busco al capitán. No quiero pensar en él, ni en sus besos.
Ni en su mano bajo mi falda. Fracaso. Es verlo correr con su stick hacia la portería y sentir cómo mi cuerpo se calienta.
Me remuevo en el asiento. Centro mi atención en otra cosa.
Lo peor es que cuanto más sé de él, más me atrae, y no solo por lo sexi que es.
Es como esa noche en el bar, cuando vi algo más.
La otra noche le conté lo de la bebida, sin miedo a que me juzgara, porque sabía que me entendería. Aparte de con Simon, nunca he sentido esta conexión con nadie y, la verdad, me asusta. Porque si fuera solo atracción sexual, sería todo más fácil.
Kerr es muy rápido en la pista, pero de nuevo veo cómo fuerza el lado izquierdo. Se lo comento a su preparador físico y dice que estoy viendo cosas donde no las hay, que yo no sé nada de patinaje.
—¿Te apuestas algo a que sí sé?
—Vamos, demuéstralo y le haré más pruebas.
—¿A quién le hará más pruebas?
—A ti —le responde a Kerr—. Fuerzas demasiado tu lado izquierdo y este inútil afirma que miento.
—¡No soy un inútil!
—¡Pues está claro que sí, si no lo ves!
—No fuerzo el lado izquierdo y pienso como él; ves cosas donde no las hay, Gin.
—Déjanos a los profesionales y tú sigue con tus vídeos para la aplicación —me dice el preparador físico—. ¿O me meto yo en tu trabajo?
—Sé de lo que hablo.
—Seguro que no —me declara, chulo.
Kerr solo me mira con esos penetrantes ojos azul verdosos, como si quisiera entender y saber más.
—¿Estás segura de que no ves cosas donde no las hay?
—¡Qué va a saber ella! —Kerr le fulmina con la mirada de tal forma que se queda pálido—. Si sabe de lo que habla, que lo demuestre.
Ahora mismo me mueven las ganas de cerrarle la boca a los dos. Por eso, voy a donde están algunos patines, para cuando abren la pista al público y la gente alquila los patines. Cojo unos de mi número y me los pongo. El entrenamiento ha acabado. Solo Kerr, Sayer y el preparador físico están aquí.
En cuanto me pongo los patines, sé que es mala idea. Sé que debería detenerme. No lo hago, porque me molesta mucho tener razón y que no me hagan caso. Entro a la pista de hielo. Llevo unas mallas, una sudadera que me he traído para cuando estoy viendo los entrenamientos y no tener frío.
Tomo aire. El aire helado me llena los pulmones.
Qué recuerdos…
Los ojos se me llenan de lágrimas, que contengo.
Tiemblo cuando muevo mis pies. El recuerdo despierta en mi mente, entrelazado con el miedo.
Hace muchos años que no hago esto. Que no patino…
Los miro, y la cara de sobrado del preparador hace que me olvide de mis miedos y empiece a patinar por primera vez en años. Lo hago cortando el hielo. Recordando cómo era ser libre en la pista. Cómo era sentir que volaba. Cómo era ser la mejor. Una promesa rota…
Voy, poco a poco, hasta que cojo confianza.
Patino por la pista sintiendo cómo amo esto. Cómo disfruto de estar aquí. Giro sobre el hielo. Hago varias piruetas cuando me siento más segura. Giro sobre mí misma en un doble salto y, al caer, me duele la rodilla.
Eso me hace recordar que ya no soy la misma y que nunca volveré a serlo.
Y eso me hace recordarlo todo:
La angustia.
La pérdida.
El dolor… El saber que nada sería lo mismo.
Agitada, regreso y me quito los patines, mientras ellos no dicen nada.
—Mírale la rodilla derecha de una puta vez. —Estoy tan agobiada que me da igual hablar mal.
Dejo los patines y casi corro hasta el aseo. Cuando entro, la ansiedad me hace temblar y llorar. No pierdo el conocimiento por poco. Pero ahora, sin la adrenalina, lo que pasó me golpea. Me desgarra y me duele como ese día, cuando vi mis sueños romperse, a la vez que yo me rompía contra el hielo.
Kerr
No sé qué narices acaba de pasar, pero sí sé que ella estaba rota cuando ha salido de aquí.
Por eso la sigo. No sé bien por qué. Solo necesito saber que está bien, tras esa demostración que nos ha dejado a todos con la boca abierta.
Una demostración que me hace pensar si la razón por este trabajo no era esa y, por eso, Stewart está preocupado por ella.
Sabe lo que hace, sabe patinar y, joder, nos ha puesto a los tres los pelos de punta. Estoy descubriendo muchas cosas de ella que no esperaba.
Y quiero saber más.
Da igual todo lo que me diga para alejarme. Aquí estoy desesperado por encontrarla.
Pregunto a un trabajador de la limpieza por ella y me dice que se ha encerrado en el cuarto de baño.
Cuando llego, escucho sollozos amortiguados que me rompen por dentro.
Toco a la puerta y no me abre. Por eso la fuerzo y, cuando la veo pálida, no pienso y solo la abrazo.
Me siento con ella en brazos, en este retrete que espero que aguante el peso de los dos.
—Vete.
—No lo haré. Así que, coge aire para seguir metiéndote conmigo luego con más fuerza.
—Eso haré —lo dice, al tiempo que se acurruca en mi hombro y tiembla entre mis brazos.
No soy tonto para no saber que algo pasó para que dejara de patinar así. Algo gordo, y eso la ha llevado a estar aquí trabajando para un idiota como yo. No dejo de acariciar su espalda hasta que se calma.
—Tienes que volver al entrenamiento. Y vas a joder las cuchillas.
—Me da igual. He sido un idiota…, pero no quiero. No puedo contemplar que tengas razón. La posibilidad de estar lesionado en un futuro o que me digan que mi carrera se está acabando —admito que, por eso, no le hice caso antes.
—Lo sé. Sé que es eso, Kerr, pero si no te miran bien, te harás daño de verdad y todo acabará. —Levanto su cara y veo la verdad en sus ojos.
—¿Cómo acabó tu carrera?
—Rotura del ligamento cruzado.
—Joder. ¿Qué años tenías?
—Diecisiete. —Sus ojos se llenan de nuevo de lágrimas—.
Aparte de una rotura craneoencefálica, tras la caída.
Puedo patinar…, pero ya nunca más podré ser lo que ansiaba.
—Toca su rodilla derecha—. El dolor es imperceptible, pero ahí está.
Recordándome por qué pasé de ser una promesa a ser alguien de quien nadie se acordaba en unos meses.
Seco sus lágrimas, perdido en ella.
—Me miraré bien. Te lo juro.
—Vale. Y ahora lárgate a entrenar, déjame sola y, como me digas que no lo haces porque tu madre te enseñó a no dejar a alguien sola así, llamo a tu madre y le echo la bronca por no enseñarte que a veces necesitamos estar solos para no rompernos más.
—Me marcho solo porque me lo pides amablemente. —Sonríe un poco—. Iré a hacerme las pruebas.
—Más te vale.
No quiero dejarla así, y lo nota, por eso se levanta y me hace señas para que me vaya.
—Estoy bien… O estaré mejor si me hago la fuerte. Déjame eso. —Acaricio su mejilla cuando me levanto y la beso en la frente—. Kerr…
—Ya me voy.
Lo hago porque la entiendo, pero una parte de mí se queda con ella. Inquieto por lo que pasó, por si estará bien.
Me marcho, pero no a entrenar. Dejo los patines y voy a los vestuarios.
Entro y busco mi móvil. Pongo el nombre de Ginette, como promesa del patinaje, y ahí está.
Hay un montón de vídeos de ella. Se movía por el hielo con la música en el cuerpo.
Era más joven, pero tenía una seguridad en la mirada que no tiene ahora.
Se comía la pista. Brillaba. Estaba lista para ser la mejor.
La veo ganar medallas. Promesa de la medalla olímpica. Era espectacular.
Pulso el vídeo de su caída con el corazón encogido.
Empieza a patinar, pero parece distraída.
No brilla como en otras ocasiones y se equivoca varias veces.
Pierde el compás. La comentarista dice que no parece ella, que algo falla.
Entonces, hace un triple salto mortal y cae al hielo desde lo más alto; la pierna coge una postura rara mientras su cabeza choca con el hielo, y escucho cómo cruje.
Se me ponen los pelos de punta y la gente contiene el aliento.
No se mueve y la sangre empieza a pintar la pista.
Noto el corazón pesado. Roto por ella. Por todo lo que pudo ser y, en un instante, se quedó en nada. En una cara olvidada.
—¿Qué te tiene aquí que es más importante que entrenar? ¿Vídeos del móvil?
Lo giro y pongo la caída de Ginette. Sayer se queda pálido.
—Está aquí para curarse —digo sin atisbo de dudas—. Stewart ha ideado todo esto para hacerla estar cerca del hielo y superar lo que le pasó.
—Joder, y nosotros siendo… Bueno, siendo nosotros mismos. Unos gilipollas.
—Sí. Voy a darme una ducha, que quiero que me hagan pruebas. Ginette dice que fuerzo el lado izquierdo.
—Hazlo, sí. Yo me encargo de todo.
Me doy una ducha y luego hago que me hagan pruebas. Siempre lo hacen, pero no son exhaustivas si no les hablas de dolencias. A mí no me duele el lado derecho, pero sí, sale que fuerzo.
—No es nada que no se pueda tratar con masajes. Te duele la espalda y, cuando patinas, fuerzas el lado izquierdo. —Miro a la fisio.
—El dolor de la espalda siempre lo he atribuido a las palizas que me doy entrenando.
—Aparte de eso. —Sonríe y me prepara un programa para patinar sin forzar las cosas de forma inconsciente, para que así me duela menos la espalda y la rodilla derecha.
Al acabar, estoy nervioso por si esto habla de cómo mi cuerpo se hace cada vez más mayor.
Aún quedan algunos compañeros tonteando en la pista; sobre todo, los más jóvenes.
Los miro y me doy cuenta de por qué evito a la gente más joven: es porque a su lado me siento mayor y eso me hace pensar en mi retirada.