Melted ice (Ice 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Ginette

—¿Me estás siguiendo? —Me giro y veo a Kerr que anda hasta mi posición.

He salido de la discoteca dejando a Simon atrás para avanzar. Para no refugiarme en él siempre. Para dejar de tener miedo. Al poco, sentí pasos. Me aterré hasta que miré por los escaparates a Kerr, con aire molesto.

—Tu hotel y el mío son el mismo. No te creas tan importante.

—Cierto. Pues adiós. —Ando más deprisa, sintiendo cómo me matan los tacones.

Me gustan unos buenos tacones, pero me destrozan los pies. Kerr se pone a mi altura. No lo soporto. Tampoco fijarme en lo sexi que está con el pelo castaño revuelto y esas largas y espesas pestañas negras, enmarcando sus ojos azul verdosos.

Lleva una camisa azul claro y unos pantalones de pinza negros.

Nos miramos desafiantes, enfadados con la presencia del otro. Entramos al hotel y al ascensor juntos.

—Deja de mirarme así —le digo, apoyada en la barandilla del ascensor.

—Así, ¿cómo? —Se me acerca y tiemblo, pero de nuevo no es de miedo.

Mis tacones altos hacen que pueda mirarlo fijamente a los ojos desde menor altura.

La barba incipiente acaricia su mentón. ¿Por qué con él contengo el aliento y no es de miedo?

Por un momento, imagino esa barba haciendo cosquillas entre mis muslos y más arriba.

Una sacudida de placer me hace apretar las piernas.

—Como si quisieras devorarme.

—Eres una creída.

—Solo soy sincera.

—Hice un juramento: no liarme con niñas.

—Pues tienes cara de que te excita dar órdenes en la cama. —Se tensa.

—¿Cómo arrodillarte y comerme la polla? —Tiemblo y trago con dificultad al imaginarme haciendo justo eso—. Joder, sí. Te pone eso.

—En tus sueños. —Alza sus brazos, uno a cada lado de mi cabeza, tras detener el ascensor. Esto debería hacerme gritar, pero solo puedo mirarlo hipnotizada y ardiendo por él, contra toda lógica.

Había olvidado lo que era entrar en combustión por un hombre. Sentir esas cosquillas recorrer mi cuerpo y morir en mi sexo para mojar mis bragas. Hacía tanto tiempo que pensaba que nunca más iba a sentirme así; que estaba tan rota que era incapaz de sentir placer.

—Si te tocara ahora, ¿estarías mojada?

—Por ti, nunca —miento de forma descarada. Tenerlo cerca, aspirar su aroma y sentir cómo su cuerpo, aun sin tocarme, me calienta. Está creando un creciente picor entre mis piernas que pide alivio inmediato.

—Joder, me encantaría echarte en cara que mientes.

—Pasa su nariz por mi cuello—. Lo veo en tus ojos.

Se han dilatado y tu respiración está agitada.

—Su aliento solo provoca que mis pezones se pongan duros contra el vestido hasta doler—.

Has apretado los muslos dos veces y puedo ver tus pezones marcados… Si te tocara…, mojarías mis dedos.

Tiemblo, sonríe contra mi piel y me besa en el cuello. Aprieto la boca con fuerza para no jadear. Baja una mano por la curva de la espalda y la deja sobre mis glúteos. Nos miramos a los ojos.

—¿Quieres que te bese?

—No besas a adolescentes y yo, con tal de que no me toques, soy capaz de volver al instituto y olvidar que soy toda una mujer. —Se ríe. Su risa es ronca y a la vez cálida.

—Te has librado porque eres muy fea. —Veo cómo brilla la mentira en sus ojos. Le atraigo tanto como él a mí.

—No más que tu culo peludo. —Se ríe y, cuando me mira, estoy conteniendo la risa.

—Los dos sabemos que no tengo un solo pelo de tonto.

—Deberías hacértelo mirar. —Pone el ascensor en marcha y siento anidarse la desilusión. Es como si hubiera esperado que me besara y me tocara donde hace años nadie lo hace. El ascensor se detiene en mi planta.

Salgo sin querer girarme hacia él. No lo hago por poco.

Siento sus ojos puestos en mi trasero, al igual que los sentí mientras bailaba a mi aire.

Era mi yo con la música, pero giré y lo vi.

Apoyado en la barra, sin dejar de observarme; y saber que miraba mis movimientos, me hizo vibrar casi tanto como las notas de la canción.

Es mejor recordarme que sentirme atraída por un mujeriego solo me causará dolor. Ya pasé por eso con mi ex y me dejó muy jodida.

***

—Vamos, que casi salió ardiendo el ascensor. —Simon ha venido al cuarto y, tras cambiarse, se ha metido en la cama conmigo, donde le he puesto al día de todo.

Sabía que estaba ya aquí porque, aunque me ha dejado ir sola, tenemos una aplicación que nos enseña dónde está cada uno en todo momento.

Solo la usamos para emergencias. Él no controla mi vida, ni yo la suya.

Sabe que no me meteré en ella para descubrir todos los secretos que no me cuenta.

Es su vida privada y debo respetarla. Pero esta noche, él la revisaba para comprobar que estaba bien.

—No, no ha sido para tanto.

Me suena un aviso en el móvil y, cuando lo miro, es un aviso de las redes del equipo. Ha estado sonando toda la noche. Lo voy a silenciar hasta que veo el nombre de Kerr en el titular del vídeo. Nerviosa, por si me han pillado con él en el ascensor, le doy.

El vídeo es de Kerr en la azotea del hotel con una rubia que está muy pegada a él. Y pone: «¿Nueva conquista de nuestro capitán?».

La gente dice que la mujer es una influencer reconocida y, por lo cerca que están, está claro que van a acabar juntos. Verlo con ella me molesta más de lo que estoy dispuesta a admitir.

—Al parecer, te ha encontrado sustituta para rascarse ahí abajo. —Doy a Simon en el brazo. Me abraza—. Sabes que es mejor así.

—No me gusta de esa forma.

—Ya…, pero es la primera vez que un hombre te hace temblar y no de miedo.

—¿Y tú no cuentas?

—A mí me costó más de un año poder abrazarte, Gin…, y aún espero que me cuentes qué pasó con tu ex para llevarte a ese estado.

La respiración se me agita y quiero contarle la verdad, pero no sé cómo hacerlo. Por eso dejo que crea lo que quiera.

—No me duele y ahora a dormir.

Apago el móvil y luego la luz. No quiero saber nada más de dicho capitán, que solo me interesa para que Amanda no pierda su trabajo.

Kerr

—Podemos ir a mi cuarto. —No soy tonto para no saber que esta mujer me está usando para hacerse famosa a mi costa.

La dejo acercarse y hablarme al oído, porque me da igual qué piense la gente de mí y porque quiero que cierta mujer, casi adolescente, crea que no la miré hasta que se cerró la puerta del ascensor.

Y que tampoco estuve a punto de besarla hasta que aceptara que ella también temblaba por lo que sea que hay entre los dos.

Esta atracción tan poco afortunada. Sé lo que pasa cuando el fuego se apaga: solo quedan miradas y reproches, y verla todos los días en el trabajo puede ser incómodo para los dos.

Por eso, en vez de recordar lo sexi que estaba, en sus muslos apretados, su respiración agitada y esa boca pidiendo a gritos un beso, pienso que sería un error de los gordos si sucumbiera a esto que nos hace arder a los dos.

Sobre todo, porque cuando la miro, la diferencia de edad empieza a difuminarse demasiado deprisa y diez años no parecen tantos; es como si mis promesas y mis ideales hubieran cambiado desde el instante en que me sonrió ese día.

Por eso, sigo aquí, pensando en ella mientras el resto de la gente que tenemos cerca, y me fotografían, piensa que esta noche pasaré el rato con la mujer que se roza contra mí.

—No, gracias. —Lo intenta, pero al final la aparto, cansado de su insistencia—. Ya tienes material suficiente para tus redes.

Saludo al que nos graba y ella le hace señas de que corte. Se marcha. Doy un trago a mi copa y miro hacia la noche. Cuando voy a mi cuarto, lo hago solo. No es eso lo que todos creerán. Hace tiempo que me cansé de explicar que, por estar al lado de una mujer y ser amable, no soy un mujeriego.

Me gusta follar. Joder, me encanta, y mandar…

Aunque a Ginette le dije lo contrario y, aunque me convenzo de que no me pone dar órdenes en la cama, no quiero sacar ese lado de mí.

Ese dominante. Ese que se crece con la sumisión…

No quiero y, por eso, me aburro cada vez más del sexo.

O tal vez sea por otra cosa. Pero hace más de un año que no encuentro placer en irme con una mujer y repetir la misma historia con ella, que ya he vivido con tantas otras.

Siempre es lo mismo: besos rápidos por llegar a la cama y sexo donde la mitad de los gemidos son fingidos mientras esperan el mañana. Ese donde las etiquetan conmigo y su carrera crece. Donde contar cómo fue follarme.

Estoy cansado de que el sexo se haya convertido en una fuente de ingresos para mujeres que solo me quieren por eso. Que en verdad, no me desean a mí.

Cierro los ojos en la cama y a mi mente acude el baile de Ginette, pero, al que le baila, no es a su amigo. Es a mí, y sus ojos dorados arden de deseo mientras su cuerpo se mueve contra el mío.

No debería, pero dejo que mis sueños sigan fluyendo; unos sueños donde sí la beso y sí le bajo el tirante del vestido por los hombros hasta descubrir su duro pezón.

Cuando vi cómo se le ponían duros contra la tela, casi perdí el control y la besé sin que me importara nada más que darle placer con mi boca y mis dedos.

La deseo tanto que duele.