Capítulo 8
Ginette
Simon dice de salir a tomar algo. Acepto porque sé que solo no irá, a menos que haya quedado con alguien de la app.
Entonces va solo, porque la mayoría de las veces le piden que no cuente nada o sea un secreto.
Me pongo una falda de lentejuelas y una camiseta de tirantes.
Ambas negras. Simon está apoyado en la cama mirando el móvil cuando salgo.
Me mira de arriba abajo y yo a él. Va muy guapo con esos vaqueros y la camisa azul arremangada.
Está para comérselo. Pero, al mirarlo, yo solo siento admiración profunda por alguien que quiero mucho.
—Pibón.
—Y tú —le digo mientras me pongo los zapatos de tacón más altos que tengo—. Estoy lista.
—Te falta el pintalabios. Ponte el rojo, ese que dice «cómeme la boca». Al menos, así llevas algo de color.
Le hago caso porque es verdad. Casi siempre que salimos de fiesta voy con ropa oscura. Al acabar de pintarme la boca, lo miro y me da el visto bueno. Salimos del cuarto y me cuelgo de su brazo. Él no puede ir de fiesta sin mí, ni yo sin él.
Cada vez que me pongo una falda es un triunfo para mí.
A pesar de eso, tiemblo cuando siento demasiadas miradas en mi culo. O en mis muslos. Hago ejercicio. Tengo las piernas tonificadas. Sé qué pinta tengo, sé qué piensan al mirarme y, aunque en otro tiempo no me importaba, ahora sí lo hace.
Simon me besa en el cuello y me dice que lo estoy haciendo muy bien.
—Luego te vuelves sola. —Espera que asiente y lo hago.
Un paso más. No puedo vivir en el pasado toda mi vida. No puedo vivir en el recuerdo de un pasado que duele toda la vida. Tengo que ser más fuerte. He llegado hasta aquí y cada vez tengo más control sobre mí misma.
Besé a Kerr y, aunque nadie vea tan importante ese leve contacto, yo sé que fue una victoria tras años de reprimirme.
Salimos del hotel y aparto los oscuros pensamientos de mi mente.
Andamos hasta el pub y, al llegar, pagamos la entrada.
Nos dan una consumición. Vamos hasta la barra y pedimos algo para beber.
Yo, sin alcohol. Simon, la primera sí se la toma con alcohol.
Yo no, porque ya me pasé con la bebida hace años y no quiero volver a eso.
A lo fácil que fue olvidarme de todo con ella.
A esa sensación de apagar mi cerebro por unas horas.
El refresco está frío y muy azucarado. Creo que de más. Hasta Simon, al probarlo, pone caras raras.
—Eh, hola. —Basile se me acerca y me da dos besos. Su mano se posa en la curva de mi espalda y con disimulo me aparto sin que note mi incomodidad.
Simon se da cuenta y me mira triste porque siga sin avanzar.
—Te recuerdo que me besé con Kerr —le susurro cuando Basile se marcha y mi amigo y yo vamos cerca de la pista.
—Vale, pero deberías abrirte…
—No voy a follar con nadie.
—No me refería a esa forma de abrirse. —Hago un «oh» con la boca—. Aunque no estaría mal. Pero solo digo que… Bueno, que no pasa nada si la gente se te acerca.
—No, no pasa nada… —Entonces caigo en la cuenta de algo—. Con Kerr no me siento incómoda. No sé si eso me alegra o me cabrea.
—Pues yo tampoco sé cómo definir eso, la verdad.
Suena una canción que me encanta y la bailarina que llevo dentro la vive con intensidad, usando a Simon como referente, cuando quiero hacer un baile sexi y bajar por su cuerpo.
No se me ve el tanga de milagro. Giro y pone sus manos en mi cintura.
Paso mis manos por su cuello y me muevo.
Simon me sonríe con cariño cuando grito la letra de la canción. Cojo su mano y giro.
Y, por un momento, solo por un momento, es como si volviera a girar sobre el hielo.
Kerr
No puedo dejar de mirarla. De ver cómo su cuerpo agitado y sudado se mueve con la música.
Se nota que Ginette lleva el ritmo en las venas.
La falda se le sube mostrando unas piernas preciosas y torneadas, que imagino rodeando mis caderas con fuerza mientras entro en ella…
Y, cuando se gira, veo que la falda casi roza la curva de su culo.
Hay más de uno que la mira perdido en esa exhibición de sensualidad.
Baila de forma elegante mientras hace arder a todo el que decide perderse en sus movimientos.
No debería mirarla.
Ni devorarla.
Tengo que parar.
Hay demasiadas cosas en contra para desearla tanto a ella. Pero aquí estoy, atrapado en cada uno de sus movimientos y sintiendo ese fuego arder en mi pecho que está ahí desde que la conocí y sentí su boca sobre la mía.
Sayer se pone a mi lado en la barra y sigue mi mirada. Vemos cómo Simon sonríe y la alienta a no parar. Él no baila, pero es feliz viendo a su amiga brillar. Coger su mano, tocarlo de forma sutil y usarlo como ancla, aunque ella sabe que puede brillar sola. Algo se lo impide.
La canción termina y Ginette, agitada, aplaude, perdida en su mundo. Ponen otra canción y se apoya para beber algo y mirar a la gente bailar. No vuelve a bailar hasta que suena una nueva pieza que parece gustarle.
«Deja de mirarla», me digo una y otra vez mientras no puedo apartar la mirada de ella.
Por eso, cuando se despide de Simon, la sigo, como abejas a la miel o como idiotas siguiendo a su amo al matadero.
Ahora mismo no sé bien cuál de estas opciones encaja mejor conmigo.