Capítulo 7
Kerr
Me gusta el olor a frío. A hielo. Esa sensación antes de entrar a un partido y saber que te dejarás la piel. Tomo aire y alguien me grita.
—¡El tatuaje! —Me giro y veo a Ginette. La tengo hasta en la sopa y, al parecer, no es tan incompetente como esperaba. Pero sigue teniendo veinticuatro años y es una enchufada.
Odio a los enchufados.
Mi «religión» no me permite tratarlos mejor.
Mentira. Es solo que siento que ella me complicaría la vida si no pongo cientos de escudos a esta atracción que siento cada vez que la tengo cerca.
Y lo que menos necesito ahora son complicaciones.
Tengo que centrarme en mi carrera. No perder mis objetivos de vista.
No dejar de darlo todo para ser el mejor.
Este sueño no es solo mío.
Siento la presión al pensar en eso y tomo aire.
Tengo que seguir siendo el mejor y darlo todo de mí en el hielo.
Toco el tatuaje y lo graba, cómo no. Ayer no debí enseñarle el culo, lo sé.
Pero quería provocarla. Sobre todo porque, cuando me duchaba, la vi en mi mente.
Con la boca entreabierta y sus labios sobre los míos.
Me molestó tocarme y verla a ella, por eso se lo eché en cara.
No quiero que en mis pajas esté esta mujer, por mil cosas que solo me complicarían la existencia.
Que si fueran pocas, trabaja donde yo juego y eso hará que tenga que verla a menudo. No, mis líos fuera del trabajo.
El problema es que cuando sonríe feliz al mirar el móvil por las tomas, me pierdo más de lo que debería en su arco de cupido .
Ginette se marcha a las gradas. Entro al hielo y la gente grita mi nombre.
Han venido muchos aficionados. Saludo al público.
Me encanta cuando la gente grita y se emociona tanto como yo de esto.
Al mirar a la cámara, es como si viera a mi padre.
No se pierde ninguno de mis partidos. Luego me comentará todo. Lo bueno y lo malo.
—Un día yo estaré ahí —le dije a mi padre cuando trabajó duro para conseguirme una entrada en la NHL.
—Lo harás. Mi chico nunca se rinde. —Me dio un abrazo. Tenía las manos en carne viva por el trabajo duro. Le dolían por el frío, pero no se quejó—. Un día serás todo lo que yo no pude ser. Me encargaré de ello.
Ese era mi regalo de cumpleaños. Mis padres trabajaron duro para darme lo mejor.
No lo aprecié hasta que me hice grande y me di cuenta de lo que costaba todo eso.
Eso, y las clases de hockey, pero mi padre lo tenía claro.
Tenía que llegar a lo más alto, costara lo que costara. Y aquí estoy, por los dos.
Me preparo para sacar y miro a Sayer. Este asiente como diciendo: «Estoy a tu lado, vamos a hacer que muerdan el hielo».
El partido empieza y, aunque no nos jugamos nada, lo damos todo.
Por eso, cuando me aprisionan contra el cristal de seguridad, me cabreo y voy contra él.
El gilipollas me dice que se follaba a mi madre.
Sayer me detiene y lo hago. Hasta que, tras un saque, viene hacia mí y voy contra él para quitarle el disco.
Va al suelo. Que se joda. Por meterse con mi madre.
Me sacan falta. Voy al banquillo unos minutos. El entrenador me regaña.
Cuando salgo, meto un tanto para mi equipo y doy un pase a Sayer para que meta otro. Hacemos un gran partido y, cuando terminamos, sabemos que si jugamos así en la liga podemos conseguir otro triunfo.
—Te doy suerte —añade Ginette.
—En tus sueños.
Lleva una sudadera del equipo que le queda enorme y cubre sus curvas. Miro su móvil.
—Graba —le pido y lo hace. Me quito la camiseta y muestro los protectores. Le lanzo un beso a la cámara y le guiño un ojo. Su respiración se agita, veo cómo traga con dificultad y me apostaría lo que quieras a que tiene los pezones duros porque veo el deseo brillar en sus ojos dorados.
Y luego digo que quiero pasar de ella…
Empiezo a irme, pero Sayer me abraza y me comenta que somos increíbles juntos.
Lo somos, sí. Seguimos al cien por cien. Otro año que no quiero pensar en retirarme. ¡Joder! Otro año más de éxitos.
Entro al vestuario y todos me felicitan. Ando hasta el fondo. Me siento solo. Como siempre. Cierro los ojos y tomo aire.
Seguimos aquí, un poco más.
Y, como siempre, pienso en mi padre. Que le pueda fallar me oprime la garganta.
Hoy no será ese día, sigo aquí.
Ginette
Grabo a Kerr al fondo, solo. Todos lo celebran, pero él no. Él está solo. Apoya los codos en sus rodillas. Toma aire. Es un momento de debilidad o de grandeza por aceptar este instante para dar gracias por seguir al cien por cien.
Mientras lo grabo, es como viajar en el tiempo hacia un recuerdo mío anclado en mi mente; eso hace que casi se me caiga el móvil de las manos. El pasado siempre me tensa. Doy a parar, tras recuperarme, y me acerco a él. Es un momento íntimo, por eso le doy al play . Si no quiere, lo borraré.
—Si te incomoda que grabe esto, lo borro. —Se gira y clava sus increíbles ojos azules en mí. Se me seca la boca solo con verlo ahí sentado.
—Haz lo que quieras. Contigo ya he aceptado que vas a ser como un grano en el culo.
—Qué gracioso.
Sonríe y me doy cuenta de que tiene un hoyuelo en la mejilla. El pelo cae sobre su frente. Cuando se levanta, tengo que ir hacia atrás para poder seguir mirándolo a los ojos. Se acerca y creo que va a tocarme, cuando lo veo abrir la taquilla que está detrás de mí.
—Si has acabado y no quieres verme los huevos… ¿Me puedes dejar solo?
—Por supuesto, no quiero ver cómo te la cascas.
—Ya, bueno, por eso estás sonrojada y el otro día me devoraste el culo. —Da un paso hacia mí. Se acerca demasiado.
Tomo aire. Su perfume me inunda los sentidos. Me encanta cómo huele. Nos miramos a los ojos. Luego miro su boca. No sé cómo puede tener el valor de besarlo.
—¿Sabe tu novio que te besas con otros?
—No tengo novio —le digo y me aparto—. Y fue solo una mierda de beso que ni recuerdo.
—Tienes suerte de que hiciera la promesa de no ser un asaltacunas porque si no te besaba para refrescar tu memoria, de lo mucho que te gustó. Vi tus pezones duros y la respiración agitada.
—Solo porque era la primera vez que besaba a alguien en años… No, por ti, Kerr. —Por su mirada sé que he hablado demasiado. Por eso me marcho.
Ya tengo suficiente material y, si no, me da igual. Necesito escapar de lo que siento cuando está a centímetros de mí. Como si una fuerza me atrajera a él sin importar mis deseos. Es arrollador y devastador para alguien que lleva años sin sentir nada por nadie.