Capítulo 1
Ginette
—Vamos, no estés nerviosa. Todo irá bien. —Simon me da un beso en la frente.
Tenerlo aquí es muy importante para mí. Lo sabemos casi todo el uno del otro.
Menos temas que a veces dejamos porque son muy amargos o sus líos.
Casi nunca me habla de ellos, porque la mayoría de las veces le piden que no cuente nada, para que sea solo su secreto.
Y Simon es muy leal, por eso lo quiero tanto.
Pero eso no cambia que odio cómo se siente luego, como si no valiera lo suficiente para ser algo más con alguien.
Hemos llorado juntos por las cosas más dolorosas del otro y por eso sabe que estar aquí para mí no es agradable.
Lo conocí en mi primer año de universidad de la carrera de Periodismo Deportivo.
Simon estaba en mi clase y se quedó ahí, esperando que mirara más allá de mi dolor y lo viera.
Cuando lo hice, me di cuenta de que no solo yo necesitaba un amigo fuerte.
Él también. Estaba tan roto como yo, pero nunca me ha contado la razón.
Yo tampoco. Solo dijimos que nuestros ex nos habían jodido la vida.
Sin dar explicaciones y sin necesitarlas para apoyarnos en todo.
Es mi mejor amigo y mi vida no sería la misma sin él.
—Sí, te tengo a ti. —Me guiña un ojo.
Simon es uno de los hombres más guapos que he visto en mi vida.
Con esas gafas de pasta que lleva cuando no le apetece ponerse lentillas y ese aire de niño bueno que derrite corazones.
Pero es tímido y eso hace que le cueste acercarse a la gente.
Yo no soy tímida, soy reservada. Por eso, nuestro grupo de amigos se reduce a dos personas.
Pero tengo fe en que eso vaya cambiando.
Ahora que hemos dejado atrás los estudios y nos hemos instalado en esta ciudad, las cosas pueden mejorar.
Aunque yo no tengo claro que quiera instalarme aquí de forma permanente y Simon, no lo sé.
Me da miedo que, cuando acaben estas prácticas, nuestros caminos se separen.
Mi madre un día me dijo que la vida adulta a veces era aprender a decir adiós y esperar que muchos de esos fueran solo un hasta pronto. No por eso duele menos. Crecer es avanzar y a veces es sola.
Andamos hasta la pista de hielo e intento no mirarla, pero ahí está. Fría, helada y siendo testigo de cientos de emociones.
Stewart, mi padrino, quiere que nos veamos aquí.
Miro a algunos jugadores entrenar en el hielo. No veo a Kerr, pero es inevitable que nos veamos. Simon y yo vamos a trabajar codo con codo con el equipo.
El hielo me llama, lo noto bajo la piel. Agitada, cierro los ojos y Simon me acaricia la mano. Estar aquí, aunque no sea el mismo sitio, me trae recuerdos de mi pasado.
Recuerdos que tengo que superar si quiero avanzar.
Stewart ha creado una aplicación y quiere que subamos vídeos, entrevistas… Cosas nunca vistas en otras redes del equipo y de los partidos. La gente paga por la aplicación y tiene contenido exclusivo, así como descuentos en la tienda.
Por eso viajaremos con el equipo y mostraremos al mundo una cara de ellos que nadie ve.
Por esta razón, llevamos dos semanas viendo partidos sin parar y aprendiendo todo lo relacionado con el hockey.
Y sí, he tenido que aprender casi todo de Kerr.
El hombre misterioso de la cervecería por el que me sentí tan atraída esa noche.
Ahora entiendo las miradas de las otras mujeres y que él se sorprendiera de que no lo reconociera.
—Madre mía, ahora sí me gusta este deporte. —Miro hacia la pista y veo a dos jugadores que parece que están follando en el hielo.
Me arde la cara solo de ver cómo contonean el culo de esa forma. Siento el calor subirme por el cuello. Simon se ríe y se coloca mejor las gafas. Nos miramos cómplices por nuestros oscuros deseos.
—Algo bueno debería tener ver a estos brutos empotrarse contra el cristal.
—El hockey es algo más que eso, querida. —Me giro y veo a Stewart cerca.
Extiende los brazos y lo abrazo con fuerza. Se ríe. Su mujer y él no pudieron tener hijos y mis padres les permitieron estar presentes en muchas cosas de mi educación. Los llamo casi todas las semanas y me gusta tenerlos en mi vida.
—Eso hemos visto estas semanas. —Simon le tiende la mano, pero Stewart lo abraza.
—Si eres amigo de mi pequeña, eres parte de mi familia.
Simon lo mira cortado, pero al final acepta el abrazo con cariño. Sabe que Stewart es muy importante para mí.
Salen más integrantes del equipo de hockey y mis ojos van hacia Kerr; que lo reconozca, incluso con la equipación, me preocupa.
Claro que he estado viendo sus partidos.
Empapándome de todo para hacer bien mi trabajo, y no solo sé lo bueno que es como capitán, también que es un mujeriego.
Se le ha relacionado con un sinfín de mujeres.
Relaciones serias, ninguna. Es justo el tipo de hombre que no me gusta nada.
Los veo patinar sobre el hielo y noto cómo me quedo lívida. Simon se pone delante de mí y me tapa la visión. Por hoy, ya he tenido suficiente; los dos lo sabemos.
Acaricia mi mano para darme fuerzas y le lanzo una mirada de agradecimiento.
—Os enseñaré esto y luego iremos a vuestro despacho.
Nos enseña todo. Hasta los vestuarios. Al verlos, siento algo pesado en el pecho. Tomo aire y seguimos adelante. Lo último que nos muestra es nuestro despacho, al lado de los de la prensa. Nos da teléfonos, tablets y ordenadores de empresa.
En este lugar, me siento más fuerte y el aire regresa a mis pulmones. No está siendo fácil estar aquí, recordar un pasado que he dejado enterrado, pero aquí estoy, a pesar de todo. Algo que hace años era impensable.
Estoy dando pasos de gigante.
Al fin.
—No lo utilicéis de forma personal porque esto es para que hagáis vídeos y cosas del equipo —nos indica señalando los móviles y las tablets —.
Cualquiera de los de prensa os lo puede pedir, por lo que mejor que dentro no haya nada vuestro.
—Le decimos que vale a Stewart—. Lo que la gente quiere es ver cosas de nuestro capitán.
—Me mira fijamente—. Vas a tener que ser su sombra.
—O él.
Simon se pone rojo como un tomate y sé que no podré dejarlo solo.
—Como veáis, pero quiero material ya. Y que seáis buenos.
Se marcha tras darme un apretón. No hace falta que nos recuerde que somos unos enchufados y que solo nuestro buen trabajo hará que la gente deje de vernos como eso.
No quería aceptar este trabajo, por eso mismo, pero mi padrino insistió mucho.
Me quiere cerca. Desean comprobar que estoy bien y ayudarme a emprender el vuelo de nuevo.
Por eso no me pude negar. Lo he hecho más por él que por mí, pero eso no cambia que todos saben que somos unos enchufados y, además, Kerr sabe que odio esto. Genial, eso me pasa por bocazas.
Y ahora voy a tener que ser su sombra.
La cosa no deja de mejorar.
Kerr
—Ya han llegado los enchufados del dueño. —Sayer se pone a mi lado en el hielo.
—Los he visto hace un rato.
Sayer es mi mejor amigo. Nos conocimos en la universidad.
Jugamos juntos y luego cada uno emprendió su camino.
Yo acabé en Boston un año y luego me ficharon aquí; al poco de estar en Toronto, ficharon a Sayer y aquí estamos de nuevo juntos.
Somos el mejor tándem en el hielo y los mejores amigos fuera.
Aunque estuvimos separados un tiempo, no dejábamos de llamarnos.
Sobre todo, yo. Sayer es más reservado y le cuesta admitir que te necesita cerca.
Por eso sabe lo que ocurrió con Ginette y yo, que ese puesto del que habla iba a ser para su hermana, hasta que el dueño decidió decirle que no, que tenía un compromiso. Ese compromiso era con su ahijada y el mejor amigo de esta.
Sayer y yo odiamos a los enchufados. En nuestra vida nos hemos tenido que currar todo para llegar hasta aquí; la gente puesta a dedo para mí no merece respeto.
No valoran lo que implica ese puesto. No saben lo que cuesta estar ahí y eso lo dejó muy claro Ginette, cuando me contó que no sabía nada de hockey y que odiaba su próximo trabajo.
Sayer y yo vimos cómo su hermana se rompía y trataba de ocultar las lágrimas, porque era su primer trabajo después de ser madre joven.
Ella merecía ese puesto y ahora le toca estar buscando un trabajo que le deje compaginar con el cuidado de su hijo.
Por ese motivo no me gusta tenerla aquí, porque no me parece justo. Sayer y Amanda son parte de mi mundo, al igual que el pequeño Sasha. Ver el dolor de Amanda me hizo odiar más todo esto. Lo injusto que es que alguien te dé un trabajo a dedo, sin que importe si eres válido para él o no.
Y ahora tiene que ser nuestra puta sombra.
Por eso, cuando la veo en los vestuarios al lado de Mary, la jefa de prensa, y nos la presenta, cojo los cascos de mi taquilla y me cambio sin hacerle ni puto caso a nadie.
Solo me quito los cascos para entrar a la ducha y luego me los pongo, dejando que la música me lleve lejos.
O esa era mi idea, porque Mary, la jefa de prensa, se pone ante mí con Ginette.
Ginette está sonrojada y mira a cualquier lado salvo a mi torso.
Veo la incomodidad en sus ojos dorados o ámbar, según se miren.
Y, aunque lleva ropa formal, me sigue pareciendo muy joven.
No aparenta veinticuatro años. Parece mucho menor.
Pero hay algo en ella que me atrae, a pesar del enfado que tengo.
Como esa noche, cuando me senté a su lado, atraído por la dulce sonrisa de sus labios rojos.
Pensaba no decirle nada, pero me miró y no me reconoció y, a pesar de eso, noté cómo la atracción surgía entre los dos.
Hace muchos años que una mujer no se sentía atraída solo por mí; siempre es porque soy un jugador de hockey famoso.
Hace tiempo que me aburro de ligar, de estar con alguien. Me aburro porque, en realidad, no están conmigo. Solo piensan en lo que pasará luego, en a quién se lo contarán o en si les han hecho una foto conmigo.
En cambio, ahí estaba Ginette, hablando, riendo y robándome patatas.
Lamiéndose los dedos y los labios, mientras yo los imaginaba en otra parte de mi anatomía.
Estaba perdido en ella y, cuando me besó, quise ir mucho más allá.
Su edad y esa dulce sonrisa fueron lo que me mantuvo sentado.
Fue mejor así. Pero ella y su boca me han perseguido en sueños más de una vez, desde que nos encontramos.
Hasta que la he visto ocupando el puesto de Amanda y todo lo dulce que había encontrado en ella se ha esfumado.
Por los míos voy a muerte.
—¿Qué pasa? —pregunto de forma indiferente, sin reparar en cómo Ginette no sabe dónde mirar. Sería divertido si la situación fuera otra.
—Te presento a Ginette…
—Ya la conozco —le indico antes de ponerme la sudadera—. Nos vimos en una cervecería…
—Nada de líos con los del trabajo… Bueno, no. No hay normas sobre eso, pero intentad ser profesionales.
—No, tranquila. No nos acostamos. Solo compartimos patatas. Nadie sacará trapos sucios de nosotros. —Mary alza una ceja como diciendo: «¿Solo patatas?»—. Dejó claro lo mucho que le importaba su trabajo. —Ginette me fulmina con la mirada.
Lleva el pelo castaño recogido en una coleta y está muy sexi con este toque, pero eso no cambia que ahora mismo no la soporto.
—Todos saben que soy una enchufada. Dudo que pueda salir de tu boca algo que no digan todos a mis espaldas.
—Vaya, eso no lo esperaba, tiene agallas—.
Dejado claro ese punto. Me voy a dejar la piel por esto.
Luego, me iré y se me recordará por alguien que hizo su trabajo de puta madre y no por ser la ahijada mimada de Stewart.
¿Te ha quedado claro? —Ya vi este fuego esa noche.
Sus ojos dorados relucen. Al menos deja las cosas claras. Eso ya lo vi el otro día. Cuando me dijo que no quería follar y supe que era cierto. Lo vi en sus ojos. Y no porque no me deseara. La vi mirarme con interés más de una vez. Sé leer esas señales y ella me deseaba tanto como yo.
—Bien. Pues espero que fracases.
—Eso ya lo veremos. —Ginette se marcha con la cabeza alta y Mary la sigue.
—Bueno, agallas no le faltan —indica Sayer, que se pone a mi lado—, pero no pienso bajar la guardia. Mi hermana se merecía estar aquí y no buscando trabajo sin que nadie la tenga en cuenta.
Es cierto. Además, Amanda no quiere que su hermano la ayude más de lo necesario.
Quiere hacerlo sola. Bueno, sola y con su novio, que está haciendo dinero fuera…
O eso dice él. Sayer y yo tenemos nuestras dudas de por qué ve tan poco a su familia.
Por esa razón, queríamos que Amanda saliera, fuera algo más que la madre de Sasha y la novia del idiota.
Pero no, aquí están dos enchufados para quitarle el puesto.
Nos cambiamos en silencio y tengo claro que no pienso ponerle las cosas fáciles a Ginette.
Si quiere ser la mejor, que lo sea, pero no con mi ayuda.
A ver cómo saca buen material para la aplicación, sin que yo esté por la labor de ayudarla.
La gente se meterá en esa app para verme a mí o a Sayer, que somos los dos más buscados en redes de nuestro equipo, por lo que lo va a tener complicado.