Melted ice (Ice 1)
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Prólogo
Ginette
Es mi primera vez en Chicago. Me acabo de instalar en un piso compartido.
Mi mejor amigo vendrá en unos días; ha ido a ver a sus padres antes de instalarse en esta nueva ciudad para los dos.
La casa está muy bien, cerca de una parada de metro para poder movernos de un lado a otro.
Lo malo es que está en la zona universitaria y con seguridad habrá mucho movimiento y fiestas.
Nos hemos propuesto ahorrar lo máximo posible y era lo único que nos podíamos permitir.
He estado dando una vuelta por la ciudad. Me ha encantado.
Tengo veinticuatro años, un casi posgrado en mis manos y muchas metas por cumplir. Me quiero centrar en hacer bien las prácticas y avanzar. Sobre todo, tratar de superar un pasado que aún duele, que duele mucho… No quiero pensar en eso.
Aparto esos oscuros pensamientos de mi mente y sigo con mi paseo.
Entro en un pub para tomarme una cerveza sin alcohol tras un rato dando vueltas.
Sin Simon se me hace raro. Desde que nos conocimos en la universidad somos inseparables.
Somos amigos gemelos, si es que existe algo así para esos amigos que son parte de ti desde que los conoces.
Cuando lo conocí no era mi mejor momento, pero ahí estuvo él.
Hasta que me di cuenta de que tenerlo cerca era lo mejor que me ha pasado en la vida.
Pido una cerveza. Veo tras de mí que han puesto un partido de hockey de pretemporada. Es repetido. Ni caso le hago, pero me va a tocar hacerlo pronto. Sobre todo, si quiero ser buena en mi trabajo.
El hockey sobre hielo me trae amargos recuerdos a mi cabeza. Y, a pesar de eso, aquí estoy.
Me sirven la cerveza y le hago una foto.
Se la paso a Simon. Me dice que estoy muy buena.
Siempre lo dice, pero sé que no le gusto.
A él y a mí nos gusta casi siempre el mismo tipo de hombres.
Pero tenemos un código de amigos. Quien primero ponga el ojo, se lo queda.
Aunque, en mi caso, siempre me cuesta dar el paso de ir más allá, confiar en una persona para dejarme llevar.
Y Simon… bueno, él tampoco ha tenido muy buenas experiencias en el amor.
Paso más tiempo con él que con nadie más.
—Una cerveza —escucho la voz sensual de un hombre cerca de mí.
Lo miro curiosa y lo veo con una gorra negra calada hasta los ojos.
Lleva ropa deportiva y parece tenso. El pelo castaño sobresale de la gorra.
Parece alto y muy, muy musculado. Cuando se gira, clava en mí unos intensos ojos azules con motas verdes.
Parecen una piedra preciosa por la intensidad de matices que hay en ellos.
Siento que son de esos colores que se ven diferentes según la luz. Ahora parecen más azules que verdes.
—¿Algún problema? —me pregunta.
—Lo siento. —Muerdo mi boca y se fija en mis dientes aplastando los labios—. Solo sentía curiosidad por tu voz.
—¿Mi voz? Han sentido curiosidad por mí de muchas formas, pero no por mi voz. —Le ponen la cerveza y le da un largo trago—. Estaba seco.
—Lo mismo digo. —Sonrío y me siento tonta por hablar con él. Le ponen patatas y las miro—. ¡Eh! A mí no me han puesto de eso con mi bebida.
—Será que le caigo mejor al camarero o… por mi voz. —Sonrío y acerca el plato a donde estoy—. Son demasiadas para mí solo.
Se gira y me sonríe. Joder, es muy atractivo y sexi.
Noto cómo la respiración se me acelera mientras intento no devorarlo con la mirada.
Es alto y fuerte. Tiene un cuerpo musculado y a su lado yo parezco muy pequeña.
Además de que parece mayor que yo. Siempre he tenido un fetiche con los hombres más mayores.
Cuando en una novela dice que hay diferencia de edad, me lanzo de cabeza.
Pero hasta ahora no había sentido esta fuerte atracción y este calor entre los muslos.
Si se lo dijera a Simon, no se lo creería.
Ni yo misma entiendo muy bien qué me pasa, porque no es propio de mí.
—Gracias. —Acepto las patatas—. Me fijo siempre en la voz de la gente. Te parecerá una tontería, pero a veces la voz abraza. Y hay algunas que son… sexis.
—Sobre todo susurradas, ¿no? —Lo miro y parece divertido—. ¿Tu primera vez en este lugar?
Sigo pensando en sus palabras. En cómo ha dejado caer con voz ronca ese susurro, y mi traicionera mente lo ha imaginado muy cerca de mí, susurrándome cosas al oído.
¿Qué me sucede?
Decido centrarme en la pregunta y no en la fuerte atracción que siento ante este desconocido.
—En este lugar y en esta ciudad. He venido por trabajo.
—Por tu cara, no te gusta mucho ese trabajo.
Me sorprende que se haya dado cuenta. Muerdo mi boca y sigue el movimiento de mis dientes en el labio inferior. Lo suelto mojado y dolorido antes de hablar y confesarme. Total, solo es un desconocido que tal vez no vuelva a ver en mi vida.
—No me gusta nada. Una patada en el culo me gustaría más.
Se ríe y mira el partido.
—¿Te gusta el hockey? —Señala la tele.
—No, pero la ciudad es bonita. —Sonríe y luego le tiendo la mano—. Ginette. Has compartido patatas conmigo, por lo que lo mínimo es decirte quién soy.
Mira mi mano y todas las pulseras que llevo en ella. Casi todas de colores. La coge y siento una descarga. Este hombre es sexi a rabiar. Tiemblo cuando se acerca a mi oído.
—Kerr —me susurra y noto cómo mi sexo se contrae.
Madre mía, sí, su voz susurrada es aún mejor.
Se separa y mira el sonrojo de mis mejillas.
Estoy ahora mismo hiperventilando y solo me ha susurrado.
Sin querer, lo imagino cogiendo mi cara entre sus manos y besándome como hace años que nadie me besa.
Entre los estudios y mis miedos, no me he permitido dejarme llevar.
Tomarme el tiempo para dejar el pasado atrás y avanzar.
Y aquí estoy. Mojada y sudorosa por un hombre sexi y mayor que yo.
Es como si me acabara de meter en el cuerpo de otra persona. Yo no soy así.
—Entonces, estás en la ciudad por trabajo, pero no te gusta.
—Es un posgrado…
—¿Qué edad tienes?
—Veinticuatro.
—Te saco diez años —indica cogiendo una patata—. Eres demasiado joven…
—¿Para comer patas y hablar con un extraño? Vaya, y yo que pensaba que ya tenía permiso de mi padre para tomar estas decisiones. —Sonríe y su mirada es intensa—. No va a pasar nada entre los dos, así que si quieres follar esta noche y eso, te buscas a otra.
—Joder, qué directa.
Directa no. Que me conozco y, aunque por un segundo me he preguntado cómo sería dejarme llevar sin pensar en nada, al final seguro que no soy tan valiente.
Nunca he hecho algo así. Tampoco he estado tonteando con un hombre con tanto descaro.
Ni he sentido cómo el calor se extiende por todo mi cuerpo, invitándome a hacer locuras por una vez en la vida.
Pero no, mejor que no.
—Es mejor dejar las cosas claras. Y si te vas, me quedo con tus patatas. —Cojo otra y la mojo en la salsa que acaban de traer—. Umm… Este toque picante me encanta.
Vuelvo a mojar y, cuando cae en mi dedo, lo chupo.
Siento su mirada puesta en mis manos. En cómo mi lengua lame la salsa.
Lo miro a los ojos. Estoy muy caliente; nunca me he puesto tan caliente por alguien en tan solo unos minutos.
Soy de las que necesita muchos, muchos preliminares.
Y desde hace años, no sé si eso ha cambiado.
Mi último ex fue antes de la universidad.
Luego no tuve la fuerza de remendar mis heridas y buscar algo más.
Ni la fuerza ni las ganas. Por eso este momento es tan nuevo y excitante para mí.
Este hombre me pone mucho y, por un segundo, lo imagino cogiendo mi mano y lamiendo mis dedos uno a uno. Tengo que contener un gemido para no delatarme.
—Todas tuyas. —Toma la carta y pide algo más para picar—. No tengo ganas de sexo esta noche. Solo estoy disfrutando de una cerveza con alguien demasiado joven para mí que odia su trabajo.
—Solo son prácticas y no he empezado. Pero no, no quisiera estar ahí.
El motivo es desgarrador, por eso lo entierro en lo más profundo de mi mente. Como llevo haciendo años. Nadie sabe por qué el hielo de la pista me deja congelada…
—¿Y por qué aceptar?
—Mi padrino me lo pidió. No puedo negarle nada. Es como otro padre para mí.
—A veces hay que saber decir que no.
—Te he dicho que no iba a follar contigo.
—Y yo no estoy aquí por eso —lo dice con una media sonrisa.
—Cierto, debes pensar que soy una creída.
Y no, no lo soy. A ver, tengo ojos, sé que tengo un buen par de tetas y un culazo, pero solo quise no joderte la noche por si era por lo que hablabas conmigo, entre todas las mujeres que he pillado observándote como si quisieran devorarte en este lugar.
—Se gira y es como si por primera vez fuera consciente de que hay varias personas mirándolo—.
A algunos hombres no les sienta bien que inicies una conversación si no quieres nada.
Traen más comida y Kerr la empuja hacia mi lado. La acepto y pruebo un poco de todo.
—Creo que has dado con muchos idiotas.
—Con seguridad. ¿Y tú?
Que hace años que no haya tenido nada con nadie no cambia que sí he conocido muchos idiotas mientras intentaba olvidarme del pasado y avanzar.
—Con idiotas, ninguno. —Sonríe—. Con mujeres que solo querían de mí algo, muchas.
—Vaya mierda. —Sigo comiendo y disfrutando de la comida. Me doy cuenta de que me observa con intensidad—. ¿Qué?
—Creo que también he estado con muchas mujeres que miran demasiado la dieta.
—Pues tú parece que la miras también. —Le hago un repaso.
—Me toca por mi trabajo, pero siempre que puedo me gusta saltármela.
—Yo hago dieta entre semana, pero hoy no pensaba pensar en ello. Es mi primer día en esta ciudad, antes de mi trabajo de mierda, donde seguro voy a estar rodeada de hombres sobrados y prepotentes que odiaré.
Tomo aire porque esta es una de las secuelas de mi pasado. Esas que quiero superar de una vez.
—Joder, lo pintas cada vez peor.
Nos miramos a los ojos.
Corta el momento y observa el partido.
Termino mi cerveza y el camarero me pone otra. Le doy las gracias.
—Quiere ligar contigo —me dice Kerr—. Infórmale que no vas a follar con él. —Me mira divertido.
—Pues mira, si me pone otra cerveza y me mira así, lo haré.
—Chica dura.
—Sincera. Una cualidad asquerosa cuando quieres tener más de un amigo. —Sigo comiendo hasta que no puedo más—. Me he comido casi todo.
—No tengo hambre, pero he disfrutado viéndote comer. Sobre todo, cuando te chupas los dedos o te relames los labios.
Joder, acabo de ponerme cardíaca y no se ha movido.
Siento fuego en las entrañas. ¿Fuego? Estoy ardiendo sin que haya hecho nada salvo mirarme. Esto es nuevo para mí. No sé cómo procesar lo que me sucede. No sé cómo mostrarme impasible cuando por dentro soy un hervidero de lava líquida.
—Creo que debería irme… No quiero volver muy tarde.
—¿Te acompaño?
—No, pero gracias.
Saco un billete y lo pongo en la barra. Pone su mano sobre la mía, y ahí está una fuerte descarga. Por cómo me mira, sé que él también la ha sentido.
—Te he invitado yo. Por la charla antisexo. —Acaricia mi mano y de nuevo siento ahí miles de cosquillas.
Si fuera más valiente…
Si no le diera tantas vueltas a las cosas…
Si fuera otra mujer…
Si no tuviera un pasado…
Lo besaría, joder. Lo besaría solo para saber qué se siente al ser espontánea por una vez en la vida.
Pero no lo soy.
Cojo el billete y me empiezo a ir. Luego lo miro. Sigue observándome.
Nunca en toda mi vida he conocido a un hombre así, que altere mis sentidos de esa forma en tan solo unos minutos.
Y cambio de idea.
Me acerco. Abre las piernas y me cuelo dentro. Su calor me hace temblar y ansío más. Lo ansío por todo mi cuerpo.
—No significa nada. —Cojo su cara entre mis manos y le dejo un pico lento.
Ardo. Quiero todo. Todo con él.
Me aparto y lo miro una última vez antes de marcharme. Joder, yo no soy así. Tal vez esta ciudad despierte un lado mío que ignoraba. Le escribo a Simon de camino para contarle todo.
Y, cuando viene, lo hago de nuevo mientras los dos nos ponemos a estudiar todo lo relacionado con el hockey, para el equipo donde vamos a hacer las prácticas. Miro vídeos y fotos, y entonces me quedo de piedra.
—¿Qué pasa?
—Es este. —Señalo el ordenador y Simon mira a un hombre sexi a rabiar—. Kerr Gallagher, el capitán… Es el hombre al que besé y al que le dije que odiaba mi trabajo…
—No me jodas… Tienes un problema.
—Me he dado cuenta yo solita.
Eso me pasa por ser espontánea por una vez en la vida y jodidamente sincera. Seguro que no le hará gracia tenerme allí sabiendo que no me gusta nada su trabajo.
Hemos empezado genial.
Beso y hostia todo a la vez.
Genial…