Epílogo para #2
En 1931, yo contaba con nueve años, mi madre se dio cuenta de lo que yo sufría al estar ahí, que no era feliz y que yo no encajaba del todo.
Y una noche, sin darme muchas explicaciones, nos marchamos de Argentina.
Recuerdo que tus abuelos me despertaron al amanecer, mi padre nos hizo entrega de unos pasaportes españoles y pusimos rumbo hacia una nueva vida, lejos de mi padre, de mis hermanos y de ese lugar por el que he sentido amor y odio a partes iguales.
Mi madre, tu abuela, jamás me explicó su decisión tan repentina ni tampoco me dejó ver su dolor. De hecho, siempre trató de hacerme olvidar lo vivido en mi país de origen.
Años más tarde, descubrí la verdad y es que al mismo tiempo que ella me veía sufrir a mí, se enteró de la parte más oscura de la Vita Per Tre y no pudo soportarlo.
Olvidé casi por completo mi infancia en Argentina hasta que llegó la guerra civil y, con tan solo dieciséis años, casi al final de la guerra, me reclutaron, me obligaron a ir a luchar y a mí en ese momento no me importó; yo quería demostrar que ese era ahora mi país y que lo defendería hasta la muerte, si era necesario, pero allí me encontré con algo peor que la muerte.
Mi pasado volvía a mí de una manera irremediable.
¿Casualidad, causalidad? En esa época, yo era un crío y ellos me hicieron creer que yo estaba destinado a formar parte de la Sociedad y que estuviera donde estuviera siempre iba a estar vinculado.
Hoy, y más después de todo lo que pasé, sé a ciencia cierta que jamás dejaron de seguirme y que mi marcha a España estuvo más que calculada y programada.
Estudié Farmacia, me especialicé en Bioquímica y Envejecimiento Celular, pensando que esa obsesión provenía de mí, pero nada más lejos de la realidad, mi querida Cami.
Esa obsesión es algo que me fueron introduciendo poco a poco ya que mi destino desde el día que nací fue seguir los pasos de mi padre; y así hice hasta que, un día, Ellos vinieron a verme a mi laboratorio para ofrecerme volver a Argentina como científico.
Me brindaron recursos económicos, un laboratorio en exclusividad para mi investigación y acceso a investigaciones y protocolos que en España eran imposibles.
Lo que no entendí entonces es que no me estaban ofreciendo nada nuevo, solo me estaban devolviendo a casa.
Sigo pensando que ellos me guiaron en todo momento; sigo sintiendo que fui un títere, un imbécil que se dejó llevar por su ego al imaginarse lleno de fama por descubrir la píldora de la eterna juventud.
El centro en el que me instalé en Argentina se convirtió en pocos años en el núcleo de la investigación bioquímica de rejuvenecimiento celular.
Allí trabajamos con distintas especies, pero los murciélagos eran la clave principal, y eso fue, precisamente, una de las cosas que me hizo quedarme, trabajar con ellos y observar su comportamiento de primera mano, y cómo su longevidad no se correspondía científicamente con su tamaño, ni mucho menos con su metabolismo. Me tenía loco.
En esos momentos, yo solo sentía gratitud hacia la Sociedad porque ellos me ofrecían los medios y la oportunidad de investigar y tratar de descubrir cómo los murciélagos eran capaces de desafiar lo que sabíamos hasta la fecha sobre el envejecimiento celular.
Estudié su saliva, sus enzimas, sus procesos celulares durante casi dos décadas. Buscábamos mecanismos capaces de retrasar el deterioro del cuerpo humano. Por esa época, no hablábamos aún de telómeros como ahora los entendemos, pero el objetivo era ese: evitar el desgaste celular y alargar la vida.
Quiero que entiendas que te cuento todo esto no porque quiera que pienses que fui una víctima, no, soy consciente de que fui parte del sistema, porque yo elegí quedarme por mis ansias de conocer.
Durante esos años también participé en varios programas, algunos de ellos inyectándome a mí mismo vacunas para luego analizar mi propia progresión celular.
Otros programas más complejos de reproducción, en los que doné material genético para perpetuar ciertas características que consideraban útiles tras descubrir que mis células no habían parado su envejecimiento como tal, pero habían sufrido unas pequeñas variaciones, para mí eso fue un avance increíble.
Estaba tan emocionado y tan seguro de que lo lograría que ni tan siquiera me llegué a plantear para qué querían mi esperma ni qué ocurriría con esos «hijos».
Hasta que años después lo averigüé, sentí que me habían traicionado, que me habían utilizado.
Qué paradoja, ¿no te parece? Lo mismo que yo hacía con los pacientes ahora lo habían hecho conmigo, porque, sí, Cami, yo engañaba a los voluntarios para conseguir la panacea, pero en esos momentos pensaba que estaba haciendo un bien mayor.
Cami, no me siento orgulloso, aunque he de reconocer que estaba obsesionado con encontrar la cura del envejecimiento celular y no presté atención a mi alrededor.
Hasta que llegó tu madre y lo cambió todo.
Empezó en el centro como enfermera, ella no analizaba datos, simplemente se encargaba de observar el comportamiento de las personas y de llevar el registro de sus análisis después de someterse a ciertas pruebas que realizábamos allí.