Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Epílogo para
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Epílogo para

FRIKIMORRIS

A viso a navegantes : este epílogo es para los frikis más frikis del Universo Morris ya que aquí os contaré qué había en la famosa caja que Juan le entregó a Morris en el final de Morris tras la sombra .

He de confesaros que cuando escribí la bilogía, jamás me hubiera imaginado que iba a llegar a tantos lectores, y mucho menos que me ibais a pedir más ja, ja, ja, con lo que, frikimorris: ¿estáis preparados para descubrir lo que había en la caja?

✺✺✺✺

En el asiento trasero, Laura y Pedro duermen en sus sillitas. Camila cambia de carril con un gesto mecánico mientras Álex observa la carretera en silencio. No es un viaje improvisado, ya que Camila lleva semanas pensando en hacerlo, y se siente mal al saber que lo ha aplazado demasiadas veces.

Se desvía hacia la carretera secundaria que los lleva hasta la clínica y en seguida el edificio aparece entre los pinos altos rodeando la residencia de ladrillo rojizo. Aparca, apaga el motor, pero no retira las manos del volante, sino que se queda inmóvil observando el edificio.

—No tienes por qué hacerlo, amor.

La voz de Álex la saca de su ensoñación, gira la cabeza para mirarle y frunce los labios al mismo tiempo que asiente con la cabeza.

—He postergado demasiado tiempo esta visita, quiero que Lucrecia conozca a los nietos de su mejor amiga —sonríe.

—Si en algún momento necesitas salir o estar a solas con ella solo chasquea los dedos, señora inspectora. —Su marido le sujeta de las manos y ella se acerca hasta él para darle un beso.

—Estoy preparada.

Álex sale del coche, abre la puerta trasera y se queda observando a Laura que sigue dormida.

Camila desde el otro lado la destapa un poco, con cuidado de no despertarla.

Él hace lo mismo con Pedro, que abre los ojos un segundo, desorientado, y vuelve a cerrarlos.

Los colocan en los carros y se dirigen por el sendero de piedras hasta la entrada.

Nada más entrar, la recepcionista la reconoce y sale de detrás del mostrador para darle la bienvenida.

—¡Camila! —saluda, y abre los brazos—. Cuando he llegado esta mañana y he leído tu nombre en la lista de familiares visitantes no te puedes hacer una idea de la alegría que me ha dado.

—He postergado demasiado la visita —se excusa señalando el carrito con los dos niños.

—¡Por Dios! Son preciosos, tu tía se va a poner muy contenta. —Se agacha para hacerle una carantoña a Laura que es la única que está despierta.

—Te presento a Álex, mi pareja. —Este le ofrece la mano derecha y ella se acerca para darle dos besos.

—Qué bonita pareja hacéis, enhorabuena. ¿Queréis pasar ya o preferís tomar un café en la salita antes?

—No, no gracias, hemos parado a desayunar por el camino. Tengo ganas de ver a mi tía, ¿hoy cómo se encuentra?

—Como bien sabes la enfermedad sigue avanzando, esto es algo inevitable; hay pequeños momentos de lucidez, aunque son imprevisibles… y cada vez más espaciados en el tiempo.

Ella asiente despacio. Álex le pasa la mano por encima del hombro para transmitirle confianza.

—Está tranquila —añade la enfermera—. No muestra dolor, y eso es algo importantísimo, pero debéis ser conscientes de que ella ya vive en otro lugar.

—Lo entiendo, sí.

—En estos momentos está en el jardín interior, justo delante de los rosales, ya sabes que le encanta estar ahí.

Camila sonríe, se agacha para sacar algo de debajo del carrito de los bebés y le muestra una rosa roja envuelta en papel de celofán.

—Su favorita —asiente Morris con la voz temblorosa.

Avanzan por el pasillo hasta llegar a la puerta de cristal, tras la cual está su tía y Camila se detiene un segundo para observarla.

Ahí sentada en su silla, con la manta que le regaló sobre sus piernas, observando sus rosas, tan indefensa y ajena a todo que a Morris le da una punzada en el estómago.

Primero, por la maldita enfermedad que se ha llevado a su tía y, luego, porque le hubiera gustado poder tener algo de tiempo de lucidez para preguntarle si ella sabía quiénes eran sus padres y averiguar cuál era el vínculo real que los unía .

La inspectora avanza despacio hasta quedar frente a ella y se arrodilla mostrándole la rosa.

—Tía…, te he traído una rosa.

No hay reacción por parte de Lucrecia al escuchar su voz, entonces Camila le coge la mano con cuidado de no asustarla con su contacto.

—Soy Cami —susurra.

Lucrecia no se mueve, pero tampoco retira la mano, y observa que su tía sigue haciendo ese movimiento repetitivo de los dedos sobre la manta.

Camila baja la cabeza hasta colocar su frente sobre las rodillas de su tía.

—Perdóname por tardar tanto —se disculpa antes de quedarse en silencio—. Te quiero presentar a mis hijos.

Por un instante, nota un movimiento casi imperceptible. Los dedos de Lucrecia se han tensado por una fracción de segundo, Morris aguanta la respiración y desvía la mirada hasta Álex que aguarda con paciencia tras ella.

—Sabe que estoy aquí…

Álex sonríe y asiente con la cabeza, luego da un paso al frente, acercando con cuidado el carrito con suavidad hasta colocarlo frente a la silla de ruedas.

Ella se incorpora despacio, sin dejar de mirar a Lucrecia.

—Tía… —dice con una sonrisa leve, contenida—. Ella es Laura.

—Y él es Pedro —añade, mirando un segundo hacia el otro capazo—, en honor a mi padre… —Hace una pequeña pausa—. Como puedes ver es tan dormilón como él.

Morris se queda mirando a su tía, que no aparta la vista del jardín.

—Sus nietos —recalca Camila sin dejar de acariciarle la mano, mirándola a los ojos.

Por una fracción de segundos la mirada de su tía deja de estar puesta sobre el jardín de rosas, y se desvía hasta los ojos de Camila, a esta se le para el corazón al sentir su mirada.

—Tía, mi padre me dejó una carta.

Se queda observándola, pero no obtiene respuestas.

—Me gustaría leerla contigo, estoy convencida de que tú sabías la verdad, así como también sé que si hubieras podido contármela, lo hubieras hecho motu propio .

Álex abre el bolso cambiador del carrito y saca un pequeño paquete, se acerca hasta Camila, la abraza y le da un beso en la cabeza.

—Iré a dar una vuelta por los jardines exteriores con los niños, ¿vale?

—¿Estás seguro?

—Si me necesitas solo tienes que llamarme, estaré pendiente, no quiero que nada interfiera en este momento, sé que lo que descubras puede cambiarte la vida, o simplemente ayudarte a conocer mejor a tus padres. Solo te pido que no le juzgues.

—¿Ahora hablas como Nora?

—No, ahora soy padre y no estoy seguro de lo que sería capaz de hacer por salvaguardar el bienestar de nuestros hijos, Cami, y creo que tú harías lo mismo.

Ella entrecierra los ojos, coge el paquete y baja la mirada hasta sus hijos, se los queda mirando y un nudo se le forma en la garganta.

—Gracias, te quiero.

Su marido se inclina y le da un beso suave en la sien antes de marcharse con los niños. El sonido de las ruedas del carrito se aleja poco a poco, dejando a Camila a solas con Lucrecia.

Se sienta a su lado y, durante unos segundos, no hace nada, solo trata de controlar su respiración. Luego, saca el sobre con cuidado y lo sostiene entre las manos.

Mi querida Cami:

Si estás leyendo esta carta significa que yo ya no estoy a tu lado, pero lo más importante es que has conseguido llegar lo suficientemente lejos como para merecer saber toda la verdad.

No voy a suavizar nada ni voy a tratar de justificar lo que hice o las decisiones que tomé, solo te pido que leas esta carta con el corazón abierto.

Nací en 1922, pero no lo hice en España, fue en Argentina. Siempre te dije que no tenía más familia y también te mentí en eso, aunque probablemente ya lo hayas descubierto por tus propios medios.

Éramos varios hermanos, nacidos dentro de una estructura que no funcionaba como una familia al uso, sino más bien como un sistema de selección, ya que estábamos destinados desde antes de nacer.

Tu abuelo formaba parte del todo, provenía de lo que Ellos llamaban los maestros, pero yo no me comportaba como se esperaba de un hijo con sangre directa de los creadores de la Santa Vita Per Tre.

Vivíamos en una especie de campamento. No estábamos solos, allí había muchas familias. Habían creado una sociedad paralela, con sus propias leyes y normas. Un entorno en donde creíamos que éramos felices alejados de la sociedad normal.

Desde pequeños observaban nuestras reacciones, nuestra resistencia, nuestra conducta.

Decidían quién servía para cada función, de tal manera que algunos eran preparados para investigación mientras que otros para tareas operativas, y luego una parte servía para seguir perpetuando nuestro sistema.

Nadie se planteaba nada, nadie hacía preguntas, simplemente era así.

Esa era nuestra vida, lo que conocíamos, y Ellos se encargaban de recordarnos que éramos los elegidos, los que habíamos venido para cambiar el mundo.

Desde bien pequeño, siempre tuve un vínculo muy especial y directo con los murciélagos, con los ratones de laboratorio o con cualquier animal que estuviera en las zonas de laboratorio del campamento.

Pero para mí eran seres sintientes y los veía sufrir.

Recuerdo que por el enclave en el que vivíamos había muchas colonias de murciélagos, y a mí eso me fascinaba.

Yo los veía como unos animales maravillosos, leía todo lo que había a mi alcance en el complejo sobre ellos, memorizaba los nombres de las especies y me aprendía qué es lo que comían o cómo se reproducían.

Mientras otros aprendían a manipularlos, yo era el que los liberaba y los cuidaba.

A través de mi mirada de niño, yo veía vida en ellos, e ignoraba por completo los protocolos que debíamos seguir y me saltaba las normas las veces que quería.

Para mi fortuna, yo era hijo de quien era, y los castigos eran indulgentes para mí.

Desde luego, no lo hubieran sido tanto si la sangre que corría por mis venas no viniera de los maestros.