Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 72
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Capítulo 72

Suiza

A unos metros del complejo, varios vehículos de la policía cantonal permanecen con las luces apagadas. Dentro de uno de ellos se encuentra el inspector Gabriel Medina observando el edificio. A su lado, un inspector suizo revisa la orden judicial en una tablet .

—Orden de registro autorizada por el fiscal —dice—. Entramos en unos minutos.

Medina asiente y enciende el pinganillo para estar conectado con Iván, que está en Marsella controlando los equipos de seguridad en modo remoto.

—Estoy dentro del sistema.

—¿Las cámaras? —pregunta Gabriel.

—Están controladas —asiente—. Tengo los accesos a las puertas también.

—Perfecto —asiente el agente cantonés.

Salen del coche. Medina se coloca al final del operativo, ya que él está como agente observador; no puede interferir a no ser que sea para defenderse.

—Hay un nivel que no aparece en los planos oficiales —informa el Gato.

El inspector al mando se gira para mirar a Medina tras escucharlo, ya que están en la misma frecuencia que Iván y asiente con la cabeza.

—Busque posibles accesos —ordena—. Entramos ya.

Avanzan entre los árboles hasta llegar a la entrada principal donde dos agentes colocan el ariete y esperan unos segundos a que el jefe de la operación dé la orden.

— POLIZEI! —gritan abriendo la puerta de un golpe.

Se encuentran con una recepción desierta, pero con las luces y los ordenadores funcionando con normalidad.

—Han sido avisados —murmura Medina.

—Planta uno, limpia —informa un agente por radio.

El inspector avanza por el pasillo siguiendo la fila de sus, por ahora, compañeros. Rebasan unas puertas que parecen consultas médicas o despachos administrativos, todos se hallan vacíos.

—Esto parece un hospital fantasma —afirma uno de los policías.

—Hay movimiento, alguien se dirige hacia vosotros —dice Iván desde el auricular.

Un guardia de seguridad aparece al fondo del pasillo caminando con total tranquilidad, con unos auriculares puestos.

—¡Policía! ¡Manos arriba!

El hombre, al verlos tan de golpe, grita y levanta las manos, asustado.

—¡No disparen, por favor!

Uno de los agentes se lanza sobre él, lo tira al suelo y lo esposa sin ningún miramiento. Medina abre mucho los ojos, ya que ese comportamiento le parece algo exagerado.

—¿Quién más está en el edificio? —pregunta el agente al mando agachándose sobre el vigilante de seguridad.

—Solo… solo estoy yo —balbucea el hombre.

—Y entonces, ¿por qué están los ordenadores encendidos? —le increpa el agente que lo tiene arrestado.

—No lo sé, me dijeron que… —traga saliva— que estaría solo esta noche.

El jefe de operación chasquea la lengua y se gira para mirar a Gabriel, que asiente sabiendo que ha habido un chivatazo.

—Cierren todas las salidas de las carreteras secundarias y hagan registros —ordena por radio.

—Iván, busca accesos restringidos, por favor —solicita el agente español.

En Marsella, en la pantalla del portátil, Salvatierra navega por el sistema como pez en el agua.

—Hay una puerta de servicio al fondo del pasillo norte.

—¡Vamos! —ordena el jefe cantonés corriendo por el pasillo.

Llegan hasta una puerta metálica, no tiene ningún tipo de señalización, y por lo que pueden comprobar está cerrada con lector biométrico.

—Está bloqueada, señor —dice un agente.

—Iván, ¿puedes hacer algo?

—Un segundo, joder, dadme un segundo.

El Gato teclea a toda prisa y, tras unos segundos, en la clínica suiza se escucha un leve pitido haciendo que la puerta se abra ante ellos.

Se encuentran con un ascensor diminuto, con capacidad justa para dos personas, muy apretadas.

Aun así, Medina y el inspector jefe suizo entran.

Las puertas se cierran delante de sus narices y el ascensor comienza a bajar sin que tengan ellos que darle a ningún botón.

—Este es el nivel que no está registrado —dice Iván por el auricular.

A los pocos segundos, el ascensor se para y las puertas se abren, frente a ellos hay un pasillo largo blanco. Todo está en silencio y el olor a desinfectante es muy fuerte.

Salen del ascensor y avanzan por un pasillo flanqueado por salas de paredes de cristal.

En cada una, las camas muestran pacientes inmóviles: mujeres, ancianos, hombres, jóvenes.

Todos conectados a máquinas que miden sus constantes vitales.

Medina, al comprender el horror de lo que sus propios ojos están viendo se tapa la boca para ahogar un grito.

El inspector suizo murmura:

—Dios…

—Yo creía que venía preparado, pero esto es mucho peor. Necesitamos médicos de inmediato —le indica Gabriel.

El agente se aclara la garganta para reaccionar y habla por radio.

—Necesitamos que baje el equipo médico con urgencia. —Se queda en silencio pues la boca se le ha secado —. Soliciten más unidades médicas. Aquí abajo hay mucha gente.

Medina continúa avanzando por el pasillo hasta llegar a una puerta situada al fondo, parece estar cerrada y al tacto diría que es acero macizo.

—Iván —murmura con un eco de voz.

—Esa sala está aislada del sistema —responde por el auricular—. Dame un segundo.

El inspector cierra los ojos, tratando de mantener la calma tras lo que acaba de ver y haciéndose a la idea de que igual lo que encuentre tras esa puerta puede ser mucho peor. Un pitido le devuelve a la realidad y, cuando los abre, ante él hay una sala enorme.

Da un paso hacia el interior y, al momento, el olor en ese sitio, que parece una mezcla entre putrefacción, desinfectante y ambientador, hace que Medina aguante una arcada.

Se gira para tratar de respirar con normalidad y reprimirla; cuando lo logra, se saca la corbata del bolsillo y se la coloca como pañuelo sobre la nariz y vuelve a dar un paso hacia el interior.

—¡No, no, no! —niega el inspector.

En algunas camillas hay hombres y mujeres conectados a monitores, con electrodos pegados al cráneo. Sus brazos están sujetos con correas y sus ojos, al verlo entrar, muestran el pánico más atroz que el inspector Medina haya visto en toda su carrera.

A pocos centímetros de los pacientes hay jaulas con simios que también están conectados a unos cables que los conectan hasta los humanos. Algunos están completamente dormidos mientras que otros los observan en silencio.

—¿Qué cojones es esto? —dice uno de los agentes al entrar.

—Necesitamos a los servicios médicos de urgencias. ¡Ya! —exclama otro agente.

Gabriel vuelve la vista hacia la sala y se coloca al lado del inspector suizo, que sigue en shock parado en la puerta.

—Esto no puede ser verdad —balbucea.

—¿Qué hay, Medina? —quiere saber Salvatierra, que ha perdido la conexión de las cámaras.

—Esto es una puta locura, Iván. Esto es un campo de experimentación.

Medina se coloca de nuevo la cámara que ha debido de moverse y se lo muestra. Iván, desde Marsella, observa en silencio la escena reprimiendo las lágrimas.

El inspector da un paso más hacia el interior y se detiene frente a un gráfico en el que hay dos líneas comparativas.

—Sujeto humano, respuesta neuronal —lee en voz alta el inspector suizo, acercándose también—. Sujeto primate, respuesta neuronal. Los estaban comparando.

Gabriel no responde, no puede. Se gira para observar una de las camillas en la que ve a una chica que según sus cálculos no tendrá más de veinte años.

Ella le sostiene la mirada mientras una máquina que parece respirar por ella le tapa la boca, el inspector ve cómo una lágrima resbala por la mejilla de la chica.

En ese momento, se rompe en dos, siente que el aire no le llega a los pulmones y se agacha para tratar de tranquilizarse, pero al levantarse se topa con los ojos de la chica que siguen ahí, con vida, suplicándole que la saque de allí.

Un sudor frío le recorre el cuerpo y se agarra a una de las sillas ya que siente que el mundo bajos sus pies comienza a desaparecer.

—¿Se encuentra bien? —La voz del inspector suizo se escucha como un eco lejano.

—Necesito aire —dice paladeando.

—Saquen al inspector Medina de aquí y documentadlo todo —ordena.

Un agente acompaña a Gabriel Medina hasta arriba. Al salir del ascensor, hay dos médicos que se los quedan mirando.

—Necesitamos médicos, muchos médicos —informa el agente que le acompaña.

Gabriel añade:

—Y veterinarios.