Capítulo 71
L as puertas del salón se abren de golpe, los agentes entran desde la puerta principal con chalecos y armas levantadas.
—¡POLICÍA!
El grito hace que la música se corte en seco y, durante los primeros segundos, nadie entiende lo que está pasando. Parece que todo el lugar se ha quedado petrificado hasta que el sonido de una copa estallando contra el suelo devuelve la vida a la sala.
—¡Que nadie se mueva!
Las chicas sentadas en el borde del escenario se levantan sobresaltadas, y Silvia Roca se queda petrificada con el micrófono en la mano.
—¿Qué significa todo esto? —pregunta con la voz temblorosa.
Morris avanza esquivando a la gente directamente hacia el escenario.
—¡Zona de carga asegurada! —La voz de Carmen llega por el auricular de Morris.
—Las tenemos —confirma Elías, que camina al lado de la inspectora hasta que esta se para frente al escenario y levanta la vista con una sonrisa satisfecha. Anya Kovalenko la observa sin moverse.
—Señora Kovalenko —dice Morris subiendo los escalones con pasos firmes—, parece que la fiesta ha terminado.
Un murmullo recorre el salón e incluso algunos invitados tratan de sacar los móviles mientras otros intentan marcharse.
—¡Nadie sale de esta casa! —grita Sáez desde la entrada al percatarse de las intenciones y hace varios gestos con las manos para que, de inmediato, los agentes comiencen a separar a los asistentes por grupos obligándoles a guardar sus dispositivos móviles.
—Inspectora —Anya da un paso decidido hacia Morris—, ¿cómo se atreve a irrumpir así? Esto es un evento privado.
Morris se la queda mirando durante unos segundos sin responder, entrecierra los ojos y nota cómo Anya se estremece, después hace un leve gesto con la cabeza y dos agentes suben al escenario a toda prisa colocándose al lado de Anya.
—Señora Anya Kovalenko, queda usted detenida por tráfico de mujeres —anuncia triunfante Camila.
Kovalenko da un paso hacia atrás, tratando de zafarse de los brazos de los agentes.
—Esto es un error. ¡Usted no sabe quién soy yo!
La inspectora baja un poco la cabeza atravesándola con la mirada, da dos pasos hasta colocarse a escasos centímetros de su cara y se moja los labios de una forma chulesca, para luego chasquear la lengua.
—Se ha quedado sola, Anya, será mejor que colabore o todo el peso caerá sobre sus hombros.
La cara de la detenida pasa de la rabia al pánico en cuestión de segundos, traga saliva y asiente con la cabeza, dejándose arrastrar por los agentes para bajar del escenario.
—Silvia Roca —anuncia en voz alta, girándose para mirar a la empresaria que se ha quedado apartada en el escenario—, queda detenida por asociación criminal, corrupción y abuso de confianza pública y, evidentemente, por tráfico de seres humanos.
—No, no, yo le aseguro que no estaba al tanto de nada.
—Fuera de mi vista —suelta Camila mirando a los agentes.
—Morris, no hay rastro de Duret en la casa —le informa Sáez, haciéndole entrega de su arma reglamentaria y un chaleco antibalas.
—Carmen. ¿Hay alguna salida abierta? —pregunta ella por el auricular.
—Negativo. Todas las salidas están bloqueadas.
—Entonces sigue dentro —murmura ella—. Sáez hay que encontrarlo.
El inspector asiente con la cabeza.
—¿Dónde está Elías?—quiere saber, buscando al detective privado, y lo ve mientras se está colocando también un chaleco. Morris baja del escenario para situarse a su lado y se lo queda mirando extrañada.
—¿Y eso?
—Por si las cosas se ponen feas —responde él.
Morris niega ligeramente con la cabeza.
—¡No! Tú no vienes.
Elías frunce el ceño.
—¿Cómo que no? Camila…
—¡No pienso ponerte a ti también en riesgo! Ya no eres policía. —Le observa con seriedad y una mano sobre la cadera hasta que él resopla, resignado—. Asegúrate de que las chicas están bien. Si alguna necesita atención médica, te encargas tú, ni se te ocurra separarte de ellas, ¿entendido?
—No me separaré de ellas, te lo aseguro.
La inspectora aprieta los labios, satisfecha, y se gira buscando a Sáez.
✺✺✺✺
Suben la escalera principal corriendo, seguidos, de dos agentes armados hasta llegar al pasillo por el que minutos antes se había colado Morris.
Ella avanza en primera posición, despacio, con el arma levantada, hasta llegar al lado de una puerta.
Se gira y le hace un gesto con la cabeza a uno de los agentes para que se adelante.
—¡Policía! —grita el agente entrando en la habitación—. ¡Salga con las manos en alto!
Parece que está vacía, Sáez es quien empuja la siguiente puerta y entra.
—Esta está limpia también.
Avanzan hasta la siguiente repitiendo el mismo protocolo, sin obtener resultados.
Continúan caminando con cautela hasta llegar al final del pasillo, donde Morris se queda quieta y levanta la mano para que equipo se detenga, y se señala el oído ya que parece que al fondo se escucha una especie de lamento.
Sáez frunce el entrecejo para tratar de escuchar, a los pocos segundos niega con la cabeza.
Morris avanza un par de pasos más y los agentes que le acompañan se colocan a su lado. Toma dos respiraciones calculadas y justo en la segunda se adelantan en un solo movimiento.
—¡Alto! —grita, y el corazón se le paraliza al ver la escena que tiene delante. Sáez, que se ha colocado a su lado, también se queda muy quieto con el arma en alto.
—Lina… —susurra Camila, bajando el arma y yendo hacia ella.
La chica está en medio del pasillo, y entre sus manos porta una pistola que apunta directamente hacia el pecho de Duret.
—No… —ruega la inspectora, llegando a escasos metros de ella.
Duret guarda silencio, con las manos en alto y el gesto contraído. Aunque las manos de Lina tiemblan al escuchar la voz de la inspectora, en ningún momento hace ademán de bajar el arma.
—Inspectora Morris —dice el directivo europeo con una calma casi insolente—, qué oportuna es usted.
Morris lo mira de frente y un escalofrío le recorre el cuerpo, aprieta la mandíbula, pero no le contesta.
—Lina —vuelve a susurrar desviando la mirada hacia la joven de nuevo—, baja el arma, por favor.
Ella no se mueve, y Morris por el rabillo del ojo se da cuenta de que el gesto del francés se ha relajado hasta el punto de que se atreve a dar un paso hacia ellas.
—¡Quieto! —grita la joven sin apartar la vista de Duret—. Ni se te ocurra dar un paso más o te atravieso.
—Duret, no dé un paso más —advierte la inspectora sin apartar la vista de Lina—. Baja el arma, por favor.
—¡No! —gruñe con rabia.
Sáez avanza medio paso con cautela mientras los agentes se quedan en la retaguardia.
—Estás acabado —dice la joven con rabia, apretando más la empuñadura de la pistola.
—¿Acabado? —El francés suelta una pequeña risa burlona—. ¿Acaso sabes quién soy, niñata?
—¡Claro que lo sé! —contesta con los dientes apretados—. Te recuerdo perfectamente.
El arma tiembla un poco más al decirlo.
—Yo también te recuerdo —responde él, ahora con un tono irónico—. Fuiste una de las afortunadas.
Lina da un paso hacia él, y Morris con ella.
—¿Afortunada? —escupe la pregunta, y el pasillo se queda en silencio.
—Lina —repite Camila con voz firme—. Mírame, por favor.
Pero ella no es capaz de apartar la vista de Duret, en estos momentos está llena de rabia, por lo que sabe, por lo que vivió, por las que tuvieron que morir antes de que ella lograra escapar, y una punzada le atraviesa el corazón al darse cuenta de que sí que es una afortunada, porque ella logró escapar.
¿Por qué ella? ¿Y si su destino es acabar con ese depravado?
—Hoy no te vas a escapar —asegura, negando con la cabeza.
Duret ladea la cabeza.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Dispararme? ¿Tú?
—Lina, no le escuches —suplica la inspectora.
—¡Hazlo! —añade él con una sonrisa leve—. Acaba con todo.
Sáez aprieta la mandíbula y se adelanta unos pasos.
—Este hijo de puta te está provocando, no le hagas caso.
La respiración de Lina se acelera al mismo tiempo que la sangre le bombea con fuerza en las sienes.
—Lina —insiste Morris de nuevo—, esto no va de venganza.
—¡No! —se jacta ella—. Esto va de justicia.
El alto cargo vuelve a sonreír de medio lado.
—La justicia es un concepto interesante, niña.
Morris avanza un paso y se coloca a centímetros de él.
—Duret —habla retándolo con la mirada—, se acabó.
—¿De verdad cree eso, inspectora?
—Baja el arma —insiste Sáez al lado de la joven.
—Lo creo, me encargaré personalmente de que pague por sus delitos, señor.
La inspectora se coloca de lado, mira a Sáez, al que le hace un leve movimiento de cabeza; este cierra los ojos para afirmar y levanta poco a poco la mano, preparado para arrebatarle la pistola en cuanto Lina muestre algún signo de debilidad.
—Lina, baja el arma. Tenemos información más que suficiente para que se pase el resto de su vida entre rejas. Confía en mí.
La chica desvía la vista por un segundo hacia la inspectora, su labio inferior tiembla, Sáez contiene la respiración y Morris asiente con la cabeza. Lina baja unos centímetros el arma y Sáez aprovecha para arrebatársela de las manos.
—Se acabó —le dice al mismo tiempo que la sostiene y esta comienza a sollozar.
Camila se coloca detrás de Duret y le agarra por los brazos.
—¡No te muevas, cabronazo!
Las esposas se cierran con un clic seco y él no opone ningún tipo de resistencia.
—Inspectora…
—Está detenido por trata internacional de personas, tráfico de seres humanos y conspiración criminal con menores.
El alto cargo inclina ligeramente la cabeza y sonríe mientras Morris no le baja la mirada.
—¿Por qué lo ha hecho? ¿Por dinero?
—¿Dinero? —Duret suelta una carcajada seca y niega con la cabeza—. Esto no se trata de dinero, inspectora Morris. Esto se trata de limpiar el planeta.
Camila se queda muy seria mirándolo confundida, él se inclina ligeramente hacia ella para susurrarle:
—La basura se separa para reciclarla, señorita Camila Morris. Y nosotros nos encargamos de transformarla en algo útil.
Ella parpadea varias veces, tratando de conservar la calma, pero justo en el momento en el que una sonrisa aparece en la cara de Duret, Morris le propina un derechazo que lo lanza al suelo de bruces.
—Lleváoslo fuera de mi vista —ordena a los agentes.
Ambos lo levantan y tiran de él hacia el pasillo, pero este se gira una última vez sangrando por el labio.
—Esto no termina conmigo —advierte con una calma inquietante—. El reciclaje forma parte de la vida…, es el ciclo natural.
Los agentes se lo llevan casi en volandas escaleras abajo.
Morris mira a Lina y se lanza a sus brazos, las dos caen de rodillas al suelo y se quedan ahí meciéndose la una a la otra por largo rato.
—Ya ha acabado todo, cariño, ya se ha acabado todo.
Sáez las ayuda a levantarse y les ofrece una botella de agua.
—Buen trabajo —le dice la inspectora.
—Gracias, jefa —sonríe él, orgulloso.
—El operativo aquí ha terminado —dice ella al llevarse la mano al auricular, su voz suena ronca—, ahora es el turno de Medina.