Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 70
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Capítulo 70

L a puerta se abre y dos hombres entran en el despacho hablando en voz baja.

La inspectora tiene el tiempo suficiente de dar la vuelta y deslizarse tras una puerta que da a un diminuto baño.

La entorna, apoya la espalda contra la pared y aguanta la respiración mientras observa por la rendija que queda.

—Todo marcha sobre ruedas —dice una voz al otro lado.

Uno de los hombres deja una carpeta sobre el escritorio mientras el otro se sirve una copa de whisky y se acerca a la ventana. Carraspea.

—El traslado se hará esta misma noche.

Morris lo reconoce al instante y durante un segundo siente cómo el pulso se le dispara y le bombea en las sienes sin poder escuchar nada más. Aprieta el pendiente con cuidado para activar la grabación.

—¿Cuántas salen esta noche? —pregunta el otro hombre.

—Diecisiete —responde Duret con calma—. Las que han pasado la selección.

Su interlocutor abre la carpeta y revisa unos documentos.

—¿Todas para Dubái?

—Son los que mejor pagan —dice el hombre soltando una pequeña risa.

—¿La policía y los controles de aduanas están controlados?

—La policía está celebrando su éxito con la operación Ébano y los controles de aduanas, comprados.

Al escuchar eso, ella aprieta los dientes y cierra los ojos.

—Brillante, simplemente brillante.

—¿Lo dudabas, amigo?

Duret se dirige hacia la puerta del baño. Morris ve como el pomo de la puerta del baño se mueve, el corazón se le desboca y siente un nudo en el estómago.

Justo en ese momento suena un teléfono al otro lado.

—Diga —silencio—. Vamos en seguida.

El pomo de la puerta deja de girar y la inspectora suelta el aire muy despacio, relajando un poco su cuerpo.

—Tenemos que bajar —informa Duret—. Las chicas estarán listas en unos minutos.

Morris oye como abren la puerta del despacho y luego los pasos de los hombres se alejan, pero se queda quieta durante unos minutos, después apoya sus manos sobre sus rodillas y trata de tranquilizarse.

Abre la puerta del baño con cuidado y sale al despacho. Lo primero en lo que se fija es que la carpeta sigue sobre el escritorio, con lo que se acerca y hace fotografías de cada uno de los expedientes para enviarlos.

—Hijos de puta —susurra.

Cierra la carpeta, la deja como estaba y vuelve a ponerse los zapatos para salir del despacho. Asoma la cabeza y ve que el pasillo está vacío con lo que decide salir y caminar deprisa hasta la puerta, la cierra con cuidado y baja las escaleras de servicio casi sin respirar.

Cuando empuja la puerta que conecta con el pasillo del catering , un hombre de seguridad la intercepta.

—Señora. —Morris levanta la vista—. ¿Puede decirme qué hace aquí?

Ella frunce el ceño como si estuviera ofendida por las formas del empleado.

—Lléveme… baño. —Se acerca al hombre y le dice—: Creo que he be… bido mááás de la cuenta, pero no se lo diga a mi ma… rido.

—No puede estar aquí. —El hombre la reprende con severidad.

—Ella me diiiijo que el ba …ño era por… aquííí —dice señalando hacia atrás al mismo tiempo que alarga las vocales, y se lo queda mirando con una sonrisa bobalicona.

Eso hace que él dude un segundo, aunque luego parpadea y la arrastra por el pasillo.

—Los baños de invitados están abajo.

Morris suspira con una sonrisa incómoda.

—Pues alguien de… debería señalizaaaarlos mejor —se queja levantando el dedo índice.

El hombre la agarra del brazo y le hace recorrer el pasillo hasta el salón casi a empujones.

—Allí —le señala.

—Graaaacias.

La inspectora le coloca la mano en la barbilla y el hombre se la retira y se gira contrariado.

—Carmen, ¿estás ahí? —dice de golpe muy seria nada más desaparecer el hombre.

—¡Joder! Por fin.

—Activa ya a Lina, las chicas están en la sala.

—Elías está loco buscándote.

—Duret está en el ajo.

Silencio al otro lado.

✺✺✺✺

Morris se adentra de nuevo en el salón, coge una copa de cava de una de las bandejas y se la bebe de un trago. Al bajar la vista se cruza con la mirada de Elías, que al verla abre los ojos como platos.

—¿Dónde cojones estabas? —le pregunta con una sonrisa, cogiéndola por la cintura y besándola en la cabeza.

—Duret está con las chicas —contesta ella, y coloca sus manos sobre el pecho de él.

La sonrisa del investigador se desvanece.

—Necesito un whisky —dice dándose la vuelta y arrastrando a la inspectora hasta la barra.

La música del salón se detiene poco a poco y el murmullo de las conversaciones se apaga cuando una de las azafatas golpea suavemente una copa con una cucharilla.

—Señoras y señores…, si pueden acompañarnos al salón principal.

Elías y Camila cogen sus respectivas copas y siguen al resto de los invitados hacia la estancia principal.

En el centro hay un pequeño escenario y sobre él está Silvia Roca con una sonrisa impecable. Tras ella, hay una pantalla donde se están proyectando fotografías de chicas.

—Gracias a todos por acompañarnos esta noche —afirma con una voz cálida—. Para nosotros es un honor contar con tantos amigos comprometidos con una causa que nos toca a todos.

Hace una pausa más que estudiada y los asistentes aplauden.

Morris y Montenegro se separan para mezclarse con naturalidad, dirigiéndose a dos puntos estratégicos de la sala.

Anya Kovalenko acaba de entrar en la sala y todas las miradas se giran hacia ella, menos las de Camila y Elías, que buscan algún movimiento extraño.

—Carmen, ¿cómo va Lina? —susurra su compañera simulando que bebe cava.

—No sé nada de ella.

Eso hace que Morris chasquee la lengua mientras observa como Anya se coloca al lado de Silvia, a la que saluda con un simple gesto de cabeza.

—Esta noche celebramos algo más que una gala benéfica —continúa Silvia—. Celebramos esperanza, celebramos una nueva vida y, sobre todo, un nuevo futuro para todas estas chicas.

Se gira para señalar las fotos que aparecen en la pantalla y unos focos se encienden en ese preciso momento centrándose en las imágenes. Los invitados vuelven a aplaudir emocionados, y las chicas que están esperando en un lateral avanzan y se sientan en el borde del escenario con las manos cogidas.

El investigador inclina ligeramente la cabeza mirando a Camila mientras

Silvia hace un gesto de gratitud hacia Anya.

—Con todos ustedes, la mujer que ha dedicado su vida a dar una segunda oportunidad a quienes más lo necesitan. La directora de programas de movilidad humanitaria de la fundación Novum Vitae…, Anya Kovalenko.

Los aplausos vuelven a llenar la sala. Silvia le pasa el micrófono a Anya y se aparta para ofrecerle su momento.

—Gracias —dice con un acento suave del este—. Gracias por creer en algo tan simple y tan difícil al mismo tiempo… como la dignidad humana.

Ahora es Morris la que busca la mirada de Elías, pero él está con la mandíbula apretada sin apartar la vista de Anya.

—Cada año, miles de mujeres cruzan las fronteras en busca de una vida mejor —señala, haciendo una pausa estudiada—. Muchas de ellas llegan solas, sin familia, sin oportunidades, y nuestro trabajo es simple: ofrecerles un futuro.

Morris siente una punzada de rabia en el estómago.

—Pero nada de esto sería posible sin sus donaciones, ya que gracias a eso podemos ofrecer formación, apoyo legal y un nuevo comienzo a mujeres que han sido olvidadas por el mundo.

Los aplausos vuelven a repetirse y la inspectora se gira para observar la cara de los presentes: líderes políticos, empresarios de renombre en el país y una silenciosa pero notoria presencia de donantes anónimos, que están muy lejos de saber lo que se esconde de verdad tras todo este paripé.

—Camila —susurra Carmen por el auricular, ante lo que ella da un respingo.

—Seguimos sin señal de Lina.

—¿Qué hacemos? —pregunta, moviéndose con cuidado entre la multitud hasta llegar a Elías.

—¿No hay noticias…? —responde él, y le pasa una copa de cava para disimular—. Tiene que estar cerca.

En el escenario, Anya sonríe esperando que los aplausos cesen un poco para continuar.

—Ellas representan el futuro. Un futuro que ustedes han hecho posible.

Morris observa a las chicas mientras siente una rabia interna al ver sus caras de felicidad sin imaginarse el horror al que serían sometidas si la operación sale mal.

—Ca… mil… a.

La voz de Lina suena con interferencias y la inspectora se queda completamente inmóvil.

—Te escucho —murmura.

—Estoy con ellas.

Asiente y se agarra a la mano de Elías, que solo con el contacto ya sabe que el momento está cerca.

—Las están cargando —susurra la joven—. Ala norte de la casa.

Tras esa información, la inspectora siente cómo el pulso se acelera.

—¿Cuántas son?

—Doce, creo.

En el escenario, Anya levanta su copa para brindar con los asistentes; ellos, entusiasmados, copian el gesto.

—Por la esperanza —dice.

El salón entero repite la frase elevando sus copas y Morris y Montenegro imitan al resto de los asistentes mientras tratan de mantener una sonrisa en el rostro.

—Se están preparando para moverlas —continúa Lina—. En cinco o diez minutos llega un camión.

La inspectora deja su copa sobre una mesa y endereza la espalda.

—Carmen.

—Aquí.

—Prepárate.

Su compañero la mira.

—¿Estás segura? —pregunta, ella desvía la mirada hasta el escenario donde Anya le pasa el micrófono a Silvia para continuar con el evento.

—Completamente segura, Elías.

Se lleva la mano al auricular.

—¡Entrad! —ordena.