Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 69
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Capítulo 69

E l Audi negro que han alquilado para la ocasión atraviesa el paseo de piedra para detenerse junto a la entrada principal.

La mansión, situada a las afueras de Madrid, se usa para la celebración de eventos, y ese día los focos de la prensa, las luces y la decoración la han transformado en un escenario de lujo.

—¿Preparada? —pregunta Elías con una media sonrisa, admirando a la que se ha convertido en su compañera de trabajo por una noche.

Morris se observa en el pequeño espejo del parasol.

La peluca rubia cae sobre sus hombros en una melena ligeramente ondulada que le cambia por completo las facciones del rostro.

El maquillaje es más marcado de lo habitual y unas gafas de montura fina suavizan aún más sus rasgos.

Lleva un vestido negro largo, elegante pero discreto, y unos pequeños pendientes que hacen las veces de alhaja y cámara para sus compañeros.

—Más que preparada. —Se da varios toques sobre las mejillas y se gira para mirar al aparcacoches que está esperando sus instrucciones.

Montenegro lleva un traje oscuro elegante con unos gemelos que esconden un sistema de sonido muy moderno. La barba, ligeramente puntiaguda, está muy recortada por los lados y el cabello ondulado se lo ha peinado hacia atrás con gomina.

El aparcacoches abre la puerta a una nueva Camila mientras su compañero rodea el coche ajustándose la chaqueta.

Morris sale del vehículo con naturalidad, mostrándole una sonrisa al empleado.

Elías le ofrece el brazo sin mirarla y ella lo toma.

Los flashes se disparan tras ellos, pero ninguno de los dos les presta demasiada atención.

Suben los escalones de piedra de la entrada principal mientras el murmullo de las conversaciones y la música del interior llega hasta ellos.

Un hombre vestido con traje oscuro les espera con una tablet en la mano. A su lado, dos miembros de seguridad observan a cada persona que entra.

El investigador saca la invitación del bolsillo interior de la chaqueta y se la entrega. El hombre la examina, escanea el código QR y levanta la vista hacia ellos elevando ligeramente la comisura de los labios.

—Señor Daniel Beaumont y señora Sara Montalbán. Bienvenidos a la gala de la fundación Novum Vitae.

Se retira hacia un lado y los dos guardias de seguridad abren la puerta de la mansión para dejarles entrar.

Acceden a un amplio vestíbulo, con un suelo de mármol claro. Varias azafatas les dan la bienvenida con una bandeja repleta de copas de cava. Camila y Elías cogen la suya, y él, con total naturalidad, le rodea la cintura y se acerca a ella con la copa.

—Escalera central cerrada —le susurra al oído.

Morris desvía la vista para ver cómo uno de los hombres de seguridad, que mide como dos metros, está parado delante de un cordón de terciopelo.

La entrada está llena de grupos de personas hablando entre ellos, entre los que ella reconoce a varios políticos y al alcalde de la ciudad. Se gira para darles la espalda y levanta mucho las cejas mirando a Elías.

—No quiero que me reconozca nadie esta noche —añade.

—Créeme, Sara —responde él con un tono perfectamente relajado—. Nadie está mirando a una mujer elegante en una gala benéfica.

Caminan hacia el fondo del vestíbulo, donde unas grandes puertas dobles de madera permanecen abiertas y dejan ver el segundo salón de la casa. Un grupo de música liderado por una mujer pone el sonido ambiente.

—Deberíamos integrarnos —sugiere Elías, y ella asiente con la cabeza—. Dos en punto.

Camila sigue la dirección de su mirada. y observa que, junto a una de las mesas altas del fondo, hay dos hombres hablando animadamente.

—El de las gafas es Klaus Reinhardt —murmura Montenegro—. Bioingeniería molecular.

—¿Pertenece a Horizon?

—No —responde Elías—. Pero ha publicado varios artículos sobre patentes y bioingeniería avanzada.

Esa información le hace levantar una ceja.

—Entonces ve, sácale información.

—¿Estás segura?

—¿Eres un inversor interesado en ciencia? Compórtate como tal —le regaña.

Elías asiente y se ríe. Da un último sorbo a su copa y se acerca al pequeño grupo con naturalidad.

—Disculpen que interrumpa —dice en inglés con un acento neutro—. ¿Usted es Klaus Reinhardt?

Los tres hombres con los que hablaba el científico se giran hacia él. Klaus alza la vista y asiente con curiosidad.

—Así es.

El investigador extiende la mano y se presenta.

—Daniel Beaumont. Trabajo en consultoría tecnológica y he leído bastante sobre su trabajo de investigación.

Klaus le estrecha la mano y sonríe con cierta ironía.

—Consultoría tecnológica… —ríe—. Antes a ese cargo se le llamaba inversor.

Los otros dos hombres intercambian una mirada divertida.

—Eso suena a conversación interesante. Nosotros vamos a por otra copa —anuncia uno de ellos mostrando su copa vacía, luego los dos se alejan con naturalidad hacia la barra mientras Klaus vuelve a mirar a Elías.

—Entonces, señor Beaumont…, ¿qué es exactamente lo que le interesa de mi trabajo?

En el otro lado de la sala, la inspectora Morris observa con atención todo el salón. Un camarero pasa frente a ella y le ofrece otra copa, pero ella niega con la cabeza.

—Camila. —Esa es la voz de Carmen—. Acaba de llegar.

Morris sale del salón con calma para volver a la recepción, se gira para coger una copa y colocarla entre sus labios, fingiendo beber.

Anya Kovalenko acaba de hacer acto de presencia en la sala, observa cómo se para a saludar a una pareja que hay en un lateral, pero su acompañante tira de ella para que siga hacia delante hasta llegar a la escalera.

El personal de seguridad retira el cordón y Anya y su acompañante suben los escalones charlando entre ellos.

Mientras tanto, Camila analiza cada rincón de la estancia, porque necesita subir a la planta de arriba de alguna manera. Localiza una puerta lateral por la que parece que entra y sale el servicio de catering .

—Carmen, he localizado una puerta de servicio —susurra.

—No, espera instrucciones.

La inspectora hace caso omiso y se encamina hacia la puerta.

—¿Lucía…? ¿Lucía Prieto?

Ella se detiene para observar a un hombre de unos cincuenta años con esmoquin y una copa de champán en la mano que la mira con una sonrisa entusiasta.

—Sabía que era usted —dice acercándose—. Mi mujer es fan suya.

—Disculpe —sonríe por educación tras unos segundos de confusión—, creo que me está confundiendo con otra persona.

—¿No es usted la periodista? —pregunta él—. La de la televisión.

Morris niega con la cabeza manteniendo la sonrisa, un poco más aliviada al percatarse de la confusión.

—Ojalá —suelta con una risilla natural—, pero no.

El hombre se queda mirándola unos segundos más, claramente avergonzado.

—Lo siento muchísimo, es que su cara me ha resultado familiar y la he confundido.

—No se preocupe —contesta bajando la vista.

Tras la interrupción, Morrris se aparta hacia el rincón y continúa caminando hasta la puerta lateral. Se coloca de espaldas, mira a ambos lados y empuja para acceder al interior. El ruido de la música y las conversaciones desaparecen al instante.

Está en un pasillo largo desde donde se escuchan platos y órdenes de los jefes de catering al fondo. Cuando ve salir a un camarero, se mete en la primera puerta que encuentra.

—Estoy dentro —susurra.

—Camila, no avances —responde Carmen por el auricular—. No tenemos visual de esa zona.

Morris se gira para observar la pequeña habitación en la que ha entrado, hay estanterías con mantelería, productos de limpieza y cubertería variada.

—Sal ahora mismo —insiste Dasilva.

Pero su compañera abre la puerta unos centímetros y observa el pasillo, ve a dos camareros que pasan a toda prisa cargando con bandejas llenas de canapés.

—Voy a subir —informa.

—No —insiste Carmen.

Sale de la habitación y cierra la puerta con suavidad.

El pasillo de servicio es largo y estrecho, con lo que camina por él con la espalda apoyada en la pared hasta llegar a la puerta desde donde han salido antes los camareros.

La rebasa rápido y dobla la esquina con la respiración agitada.

Al fondo divisa una escalera. Se quita los zapatos y corre sin hacer ruido.

—Repito, vuelve al salón —le pide su compañera.

—Negativo.

—Es muy peligroso.

—No hemos llegado hasta aquí para quedarnos a medias —replica.

Coloca un pie sobre la escalera y comienza a subir poco a poco. Al llegar arriba, ve que hay una puerta blanca con una cristalera en el centro por la que se asoma y ve pasar a dos de los hombres de seguridad. Se agacha rápido y aguanta la respiración durante unos segundos.

—Morris, mier… vuel… jo —repite Dasilva con interferencia.

Se incorpora y abre la puerta con cuidado para encontrarse con un pasillo decorado con el mismo lujo que la sala donde se da la recepción.

El suelo tiene una alfombra de grabados y a los lados hay varias puertas de color blanco.

Camina con cuidado por el pasillo, pero escucha un movimiento y se mete a toda prisa en una de las puertas.

—Estoy en un despacho —indica.

No recibe respuesta por parte de su compañera. El corazón le bombea muy rápido al detectar que en la habitación contigua se escucha a Anya Kovalenko hablando. Cierra los ojos y coloca la cabeza cerca de la pared para poder escuchar mejor.

—Las que acabamos de nombrar —dice con calma— sois el primer grupo. Felicidades por vuestras nuevas vidas.

Se oyen aplausos y risas y la inspectora chasquea la lengua de pura rabia.

—Podéis acompañar a Laura abajo e integraros entre los asistentes. Recordad hacer hincapié en que gracias a sus donaciones vosotras hoy podéis aspirar a una vida mejor.

Morris niega de nuevo con la cabeza mientras aprieta los puños con fuerza.

Al instante, un murmullo de voces y pasos por el pasillo, pone a la inspectora en alerta.

—Y ahora vosotras —continúa, elevando el tono de voz—. Mis chicas, vosotras sois las elegidas para ir a Dubái.

Grititos de emoción recorren la estancia de al lado al mismo tiempo que un sudor frío recorre la espalda de Morris.

—Bebed —les indica—. Os ayudará a relajaros.

La inspectora sabe que ahora se las van a llevar a una sala secreta. Es lo mismo que relató Lina, con lo que necesita volver abajo para poder reconectar con Carmen y así dar el aviso.

Coloca la mano en el pomo de la puerta, pero nota cómo este se gira solo y varias voces de hombres hablan tras la puerta. Se da la vuelta al mismo tiempo que el picaporte termina de girar para abrirse.