Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 67 #2
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Capítulo 67 #2

Varela ladea la cabeza, pero la inspectora no cambia la expresión de su cara.

—Inspectora, comprenderá que estamos en mitad de un evento privado. Los clientes…

—No tardaremos —lo interrumpe ella con calma tras un leve movimiento de cabeza como si quisiera quitarle importancia.

—Nuestros clientes son muy especiales —insiste—. Debe entender que nuestra reputación se basa en…

—No nos interesan los políticos que puedan estar tomando algo aquí, señor Varela —interviene Sáez—. Solo queremos comprobar que todas las medidas de seguridad están en orden. ¿Hay algún problema con eso?

El gerente sostiene la seria mirada unos segundos, luego se pasa la lengua por los labios y les sonríe respirando con fuerza al mismo tiempo que aprieta los labios. El interior de Morris sonríe ya que sabe que lo están llevando a ponerse nervioso.

—Ninguno. Si me acompañan les enseñaré el resto del local.

Salen del despacho y en ese momento, desde el auricular de Morris, una voz susurra:

—Movimiento en la zona de carga.

La investigadora no cambia la expresión, pero intercambia una mirada con su compañero para saber que ha recibido el mismo mensaje, este parpadea varias veces para confirmarlo.

—¿Podríamos ver primero la parte de los almacenes?

Por primera vez, la sonrisa del gerente se congela apenas un segundo y la nuez se desliza tras tragar saliva.

—Claro —contesta forzando una sonrisa—. Por supuesto, faltaría más.

El gerente se detiene un instante señalando al grupo de jazz .

—Son maravillosos, ¿no les parece? —Cierra los ojos y comienza a tararear la música.

—Señor, tenemos que ir a tres locales más antes de que termine nuestro turno —dice Sáenz dándole un leve golpe en el brazo.

—Disculpe, es que el jazz me puede —se disculpa, y ríe exageradamente.

Atraviesan la zona de cocinas, donde varias mujeres que están preparando unas bandejas se quedan quietas al verlos entrar, pero Varela les hace un gesto con la mano para que sigan trabajando.

Morris se queda mirando a una de las chicas que lleva un parche en el ojo.

La chica abre mucho el otro ojo y ella, con disimulo, deja caer una de sus tarjetas.

—Por aquí —les indica el gerente para que pasen por un pasillo.

Al mismo tiempo, se toca la oreja con disimulo y los inspectores saben perfectamente que le están informando por el auricular de algo.

De repente el gerente se gira bruscamente y hace caer una caja de botellas apiladas en un lateral.

—¡Mierda! Siempre lo colocáis mal —grita dirigiéndose de nuevo a la cocina.

—Está haciendo tiempo —susurra Morris.

Sáez se acerca a la puerta y trata de abrirla.

—Cerrada —susurra.

—¡Marta, recoge este estropicio! Os tengo dicho que no lo dejéis aquí —exige el gerente con premura.

—Disculpe, señor, enseguida lo recojo.

—Abra la puerta, señor Varela —le ordena la inspectora con un tono más serio de lo que le gustaría, pero sabe que cada segundo que pasa cuenta—. ¡Queremos irnos cuanto antes!

—Sí, sí, disculpe —responde.

Se queda un segundo quieto y mira hacia la derecha.

Camila cierra los ojos un instante tratando de analizar su rostro ya que sabe que le están volviendo a hablar por el auricular.

—¡Abra de una vez!

El gerente obedece, aunque en esta ocasión él es el que sale primero, Morris ve como gira la cabeza a ambos lados con rapidez y sonríe con una sonrisa de alivio.

—Por aquí.

—Gracias —contesta la inspectora.

Sáez sale con el corazón en la boca, y es que no está acostumbrado a este tipo de operativos. Se queda mirando a su compañera, que está observándolo todo a su alrededor. Ella da dos pasos y se agacha para recoger algo del suelo.

—¿Qué hace? —pregunta el gerente, nervioso.

Morris se gira con la mano colocada en su pistola, el gerente al ver el gesto abre mucho los ojos.

—Señor Varela, coloque las manos donde pueda verlas.

Ella lanza el pendiente que ha encontrado en el suelo a Sáez, que tras cogerlo al vuelo y metérselo en el bolsillo desenfunda su arma.

—¿Qué… qué está diciendo?

—¡Entrad! —grita Morris.

En cuestión de segundos, el local está rodeado por policías, bloqueando todas las salidas. Al mismo tiempo, varios agentes hacen acto de presencia en la parte trasera, arrestando a Varela, y tras ellos entran otros efectivos que se posicionan frente a la inspectora.

—Por aquella puerta —ordena ella sin dejar de mirar al gerente.

Da dos pasos hacia él para enfrentarlo.

—Estás acabado, Varela. —Sonríe de medio lado, sabe perfectamente que el gerente es tan solo un peón del tablero en el que están jugando, pero no por eso va a quedar impune.

—Inspectora, las tenemos —suena una voz por el pinganillo—. Diez mujeres.

—Equipo médico —anuncia Camila por el pinganillo—. Necesitamos asistencia médica para las víctimas.

Paralelamente, González y dos agentes piden refuerzos para la detención del segundo camión en una finca a las afueras, hallando en su interior otras diez mujeres cuyo origen es Europa del Este pero con pasaportes falsos.

El tercer camión es retenido también; sin embargo, en su interior no se ha hallado nada.

París – Centro de mando

En París, el comandante Delattre observa el mapa de operaciones, donde los puntos azules se van apagando uno a uno en distintos puntos de Europa.

—¿Confirmadas las detenciones? —solicita.

—Sí, señor, por ahora los operativos clave en España y Francia están confirmados. Todos los objetivos han podido ser interceptados, y estamos a la espera de los informes de Bélgica e Italia.

—Perfecto.

El comandante asiente aliviado, saca su teléfono y marca el número del comisario español.

—Gutiérrez, buenas noches, felicite a su equipo, ha sido un verdadero éxito operativo… y logístico.

—Gracias, Delattre. Informaré a mi equipo y mañana mismo daremos la rueda de prensa.

—Vuestra colaboración en la operación Ébano queda finalizada.