Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 67
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Capítulo 67

L a lluvia golpea los cristales del edificio industrial cuando el equipo francés toma posiciones. El lugar está a las afueras de Lyon, en una zona de almacenes dedicada a empresas de transporte.

La capitana Élise permanece junto a la furgoneta negra preparada para seguir las órdenes del jefe de la operación.

Ella está al mando de la operación Ébano junto con el comandante Delattre, que dirige otro operativo simultáneo de transporte en varios puntos de Francia. Cambia de canal para conectar con él.

—Estamos preparados —le informa.

—¿Los dispositivos de seguimiento están activos?

—Todo listo.

Tres camiones salen de una de las instalaciones, giran la esquina y desaparecen calle abajo.

—Equipo de carretera, objetivos en movimiento —dice el jefe de la operación de tierra.

Élise se baja la visera del casco, conecta la cámara y se prepara. Sabe que en unos minutos darán la orden y entrarán.

—Equipos listos —responde uno de los agentes.

La capitana levanta la vista hacia el edificio. Observa cómo el equipo de campo se despliega sin hacer ruido, rodeando el almacén por ambos lados. Ella, como mando superior, entrará de las últimas. Echa de menos las operaciones de campo ya que pasó más de cinco años en delitos especiales.

—Entramos —se escucha por el auricular.

El ariete golpea el portón con un estruendo seco y los agentes irrumpen en la nave.

— Police ! Au sol !

Tres hombres que estaban trabajando junto a una mesa llena de papeles levantan las manos, sobresaltados. Otro intenta huir hacia la puerta trasera, pero no llega muy lejos: uno de los agentes lo derriba contra el suelo.

Élise entra en el galpón y dirige la mirada hacia la oficina acristalada del fondo donde hay una mujer que al verla se levanta lentamente de la silla.

Durante un segundo parece buscar algo sobre el escritorio, pero cuando se gira la capitana ya está dentro apuntándole con el arma, tras ella dos agentes la cubren.

—Coloque las manos donde pueda verlas —ordena.

La mujer se voltea despacio, levantando los brazos.

— Bonjour , capitana —dice con un marcado acento ruso.

Élise no parpadea.

—Queda detenida. —Hace un pequeño gesto con la cabeza—. Agentes.

París - Centro de mando

En la sala de operaciones de la comisaría central de París, varias pantallas muestran mapas de carreteras europeas y la posición de distintos vehículos.

El comandante Marc Delattre sigue el movimiento de diferentes puntos azules que avanzan por diferentes autopistas. Pertenecen a los camiones que han salido de Lyon; su equipo les ha colocado varios dispositivos de seguimiento.

Un analista levanta la vista desde su ordenador y anuncia que los convoyes siguen la ruta hacia España.

Delattre asiente y se queda observando el mapa.

—¿Tiempo estimado hasta la frontera?

—Cuarenta minutos.

—Unidad de carretera a central. Mantenemos contacto visual con el primer camión.

El comandante no aparta la mirada de la pantalla, están en un momento crucial. En ese monitor aparece la conexión con España.

—Que continúen.

Alicante - Comisaría Provincial

Frente a las pantallas están Morris, Dasilva, Sáez y González, junto a varios agentes de la brigada, y alejado de ellos, enfrascado en el ordenador, Jorge, el jefe de informática.

En el mapa aparecen las rutas de los transportes y Carmen cruza los brazos tras tomar una bocanada de aire.

—Acaban de pasar la frontera.

Su compañera asiente y se humedece los labios.

—Perfecto, parece que va todo bien. Nosotros debemos estar preparados.

Cinco horas después, el camión se desvía hacia Alicante. Morris se levanta, se coloca el chaleco y ordena:

—Equipo operativo, conmigo.

El club nocturno está en una carretera que lleva a la ciudad.

Es uno de los clubes más famosos y caros de la comarca, el equipo alicantino sabe que si las mujeres van a algún destino de Alicante, sin duda ese lugar es Palazzo Mediterráneo.

Tardan veinte minutos en llegar y se colocan estratégicamente para no ser vistos por las cámaras de seguridad.

—Todos a sus puestos —indica la inspectora Morris.

Tras media hora, ven cómo aparece uno de los camiones. Pasa por la parte trasera, la puerta se abre y desaparece en el interior. Quince minutos después sale y se dirige por la avenida en dirección de nuevo hacia la autopista.

—Entrega uno completada —confirma uno de los agentes.

—Uno de los camiones se ha desviado hacia San Juan —avisa Carmen por radio.

—Enviad una unidad —responde Camila—. ¿Y el tercero?

—Está parado en una gasolinera.

—Esperamos a que se mueva —dice cuando ve que una furgoneta negra sale de la parte trasera de Palazzo Mediterráneo—. González, sigue a esa furgoneta. Sáenz, tú y yo vamos a entrar.

—¿No quieres esperar al otro camión?

—Si esperamos creo que las perdemos —asegura—. González, no la pierdas de vista.

Morris y Sáenz entran por la puerta de Palazzo Mediterráneo. El portero, al verlos, los mira de arriba abajo y arruga la frente algo confuso.

—Evento privado —señala de una manera monocorde sin más explicaciones.

—Buenas noches —saluda la inspectora enseñando la placa—. Inspección administrativa.

El portero traga saliva, coge el walkie y dice algo en un idioma que ninguno de los dos inspectores entiende. A los pocos segundos, los mira y asiente con la cabeza.

—En seguida viene el señor Eduardo Varela para atenderles.

Camila sonríe, pero no se aparta de la puerta. El portero la mira otra vez de arriba abajo con cara de pocos amigos. Ella se coloca la mano en la cintura en un gesto de chulería extrema y le levanta las cejas.

—¡Buenas noches! —Un hombre con pantalón chino y una camisa azul marengo muy ajustada, con las mangas dobladas, sale por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja —.

Soy Eduardo Varela, gerente de Palazzo Mediterráneo.

Esta noche, estamos un poco ocupados, tenemos un evento privado, pero… ¿en qué podemos ayudarles?

—Buenas noches. Mi compañero, el inspector Sáenz, y yo somos de la Policía Nacional. Estamos aquí por una inspección administrativa, y como bien sabrá, necesitamos ver la documentación pertinente del establecimiento.

La sonrisa de Eduardo Varela no desaparece, sin embargo, sus ojos se oscurecen durante una fracción de segundo analizando la cara de la inspectora.

—Por supuesto, inspectora —responde con cordialidad—. Si me acompañan por aquí.

Se aparta a un lado y les hace un gesto exagerado para que entren. A ella no le pasa desapercibido el gesto, así como tampoco la mirada entre el portero y el gerente.

El interior de Palazzo Mediterráneo es todo lo que se esperaría de un lugar de lujo: lámparas de cristal con luz cálida, suelo de mármol oscuro pulido, paredes revestidas con paneles de madera y espejos que reflejan la luz dorada del salón principal.

Un grupo de jazz toca en el escenario y las mesas son pequeños reservados con sofás de terciopelo donde apenas se oye el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas.

Todo pensado para preservar la intimidad de los asistentes.

Sáez mira alrededor con disimulo y observa como los camareros van vestidos con chaleco negro y pajarita, mientras se mueven con elegancia por la sala sirviendo copas y vasos de licor.

—Como pueden ver, inspectores, somos un establecimiento completamente legal —dice Varela mientras caminan—. Trabajamos con clientela habitual, y eso es porque cuidamos mucho nuestra reputación.

Morris no responde, está analizando todo al detalle, observa las cámaras en el techo y las puertas laterales que según los planos que han estudiado deben conducir a los reservados. Busca con la mirada hasta que localiza la escalera de cristal que sube al segundo piso.

Sáez parece hacer lo mismo pues se queda un segundo mirando el salón antes de seguir avanzando.

—Muy lujoso —murmura.

—No todo el mundo se puede permitir una copa aquí, señor —responde Varela con una sonrisa orgullosa—. Intentamos mantener cierto nivel.

Al final del pasillo, hay una puerta de madera oscura. Se paran frente a ella y el gerente la abre.

—Mi despacho. Pasen, por favor.

El contraste con el salón es inmediato. El despacho es amplio y elegante, con una mesa de madera maciza, una estantería llena de botellas de whisky caro y varias pantallas donde conectar con las cámaras de seguridad del local.

Varela rodea la mesa y abre un cajón.

—Licencia de actividad, permisos municipales, contrato del personal… —Va sacando carpetas con movimientos pausados—. Todo en regla, inspectores.

Las coloca delante de Morris y Sáenz.

—Pueden revisarlo con tranquilidad. ¿Les sirvo una copa?

—Estamos de servicio, gracias —contesta ella sentándose para revisar la documentación.

Sáez se mueve por el despacho observando las pantallas y se fija en que en una de ellas aparece la zona de carga trasera del edificio que en ese momento está vacía.

Camila levanta la vista.

—¿Cuántas trabajadoras hay en el local?

—Depende del turno —responde el gerente—. Esta noche unas veinte.

—¿Contratadas?

—¿Lo duda, inspectora? —sonríe de medio lado—. ¿Qué busca exactamente? No es normal que usted, cuya fama le precede, esté asignada un sábado por la noche a una inspección administrativa.

Morris le observa, analizándolo, y el gerente le devuelve la mirada con pasmosa tranquilidad.

—Creo que usted ha visto muchas series de policías —señala—. El trabajo de inspector está sobrevalorado. Hacemos de todo.

—Sábado por la noche, superdivertido —interviene Sáez acercándose, pues se ha dado cuenta del tono empleado por el gerente.

La sonrisa del gerente se mantiene, pero ahora sus dedos tamborilean ligeramente sobre la mesa.

—Siento mucho lo que le ocurrió en el pasado —dice Varela dando un sorbo a su whisky .

—Gajes del oficio —contesta ella sin desviar la mirada pues estaba esperando la frase. Además de que sabe que está tratando de ganar tiempo.

—Identificación del personal, contratos laborales y condiciones del establecimiento aparentemente normales —confirma ella cerrando la carpeta—. Ahora necesitamos ver las instalaciones.