Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 66
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Capítulo 66

Á lex estaciona el coche de alquiler en el aparcamiento de las instalaciones de la farmacéutica Horizon Biotech, apoya las manos en el volante y repasa mentalmente todo lo que lleva semanas estudiando. Saca el móvil y llama a su mujer.

—Veo que ya has llegado, estás a tiempo de darte la vuelta, cariño —dice ella con la voz nerviosa—. Si te llegara a pasar algo… Yo debería haber ido contigo.

—Todo va a salir bien. Vengo como auditor externo, a ellos les intereso y se supone que ellos me interesan a mí, no hay nada raro —trata de tranquilizarla.

—Si ves algo raro, si notas algo que no cuadra —insiste ella—, usa la palabra de seguridad y te llamamos enseguida, ¿vale?

En Alicante y en Marsella, las cámaras y los micrófonos que lleva ocultos Álex se ven y suenan alto y claro. El operativo ya ha comenzado y él es el encargado de colocar la primera bomba.

—Lo sé, señora murciélago —ríe, destensando el ambiente.

Sale del coche, bordea el jardín y se coloca frente al edificio.

Es tal y como lo ha visto en las fotos. El centro de investigación ocupa varias hectáreas a las afueras de Ginebra, con tres edificios principales de metal y cristal modernos que se conectan entre ellos con pasarelas acristaladas y jardines perfectamente cuidados.

Llega finalmente hasta la entrada. Las puertas automáticas se abren y entra en un vestíbulo grande con suelos de mármol blanco. Se acerca a la recepcionista y se saludan con cordialidad.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

—Buenos días, soy Alejandro Navarro. Tengo programada una visita con el doctor Keller.

—Sí, señor Navarro, aquí lo veo. Viene a evaluar los protocolos de bienestar animal, ¿sí?

—Correcto —sonríe.

La mujer teclea unos segundos, coge una tarjeta de un cajón, la pasa por el lector y se la entrega.

—Necesitará esto para moverse por el edificio. Por favor, pase a la sala de espera que está situada a la derecha y el doctor Keller vendrá a buscarle enseguida.

Álex asiente, se cuelga la tarjeta al cuello y entra en una sala de espera en la que hay dos máquinas de café, una fuente de agua y varias bandejas de dulces y chocolates.

—Mirad lo que es esto —susurra dando una vuelta por la estancia para que sus compañeros, desde España y Francia lo vean.

Se acerca a la máquina de café, elige una de las cápsulas y la introduce en la máquina.

El aroma a café inunda la sala en unos segundos.

Coge el vasito de cartón y se sienta frente a los dulces.

El hilo musical es relajante y a la derecha hay una pantalla en la que no dejan de repetirse vídeos corporativos donde salen científicos sonriendo, gráficos de ADN irreales flotando sobre un fondo azul y frases demasiado estudiadas como: «No solo desarrollamos medicamentos; convertimos la innovación científica en tiempo, esperanza y una vida plena para ti».

—Puf —resopla Álex—. Menuda…

—¿Señor Navarro? —interrumpe una voz ronca desde la puerta.

Levanta la vista y ve a un hombre de unos cincuenta años, ataviado con una bata blanca y unas gafas redondas que le caen sobre el puente de la nariz.

—Doctor Keller —saluda, se levanta y le estrecha la mano—. Encantado de conocerle.

—Lo mismo digo. —Le coloca una mano sobre el hombro en un gesto cercano—. Su trayectoria profesional es impecable. He visto su centro de rehabilitación animal y me parece increíble llevándolo usted y su hermana.

Álex traga saliva, pues en ninguna de sus hipotéticas conversaciones con el doctor se le había ocurrido que él quisiera saber algo sobre Salvamento Animal.

—Sí, rescatamos y rehabilitamos toda clase de animales para devolverlos a su hábitat o, en su defecto, trasladarlos a centros donde puedan estar con otros de su especie —le explica mientras caminan por un largo pasillo.

—¿Qué le llevó a trabajar como auditor externo de bienestar animal?

—Las facturas —ríe Álex—. Hay que pagar facturas y luego, evidentemente, el control de los animales en ensayos clínicos para que la Ley de Bienestar Animal se aplique correctamente

Se lo queda mirando para saber si su discurso ha surtido efecto ya que debe ganárselo, y decirle la verdad, que la compasión animal es lo que le llevó por ese camino, aunque le fastidie, no es la forma más adecuada.

—Por supuesto, por supuesto. Espero que nuestras instalaciones cumplan con sus altas expectativas.

—Estoy seguro de ello, viendo el capital invertido —dice señalando a su alrededor.

Llegan al final del pasillo y Keller se sitúa frente a una puerta blindada.

—Si le parece, empezaremos por las instalaciones de investigación animal. Estamos ampliando algunos protocolos para cumplir con todas las medidas. Necesitamos iniciar cuanto antes la siguiente fase de un nuevo proyecto en el que estamos trabajando desde mayo de este año.

—¿Qué tipo de modelos están utilizando? —pregunta Álex mientras el doctor introduce la tarjeta en el lector y le indica que pase también la suya.

—En principio utilizamos roedores y primates pequeños —responde con naturalidad—. Pero estamos valorando la posibilidad de ampliar el espectro dependiendo de los resultados.

La temperatura en la sala es más baja y el olor a desinfectante es muy fuerte. Frente a ellos, hay una puerta con una antesala con trajes blancos y una cristalera enorme.

—Por medidas de seguridad nosotros no estamos autorizados a entrar en la zona de las jaulas —asegura.

Álex asiente con la cabeza.

Al otro lado del cristal, se ve una sala amplia dividida en varios módulos metálicos.

Cada uno tiene plataformas a distintas alturas, cuerdas de escalada y tubos transparentes por donde algunos primates se desplazan de un compartimento a otro con total libertad.

En el techo hay varias cámaras pequeñas orientadas hacia cada módulo y, en una pared lateral, una pantalla muestra gráficos de actividad y ritmo cardíaco en tiempo real de cada uno de los primates.

Junto a las jaulas, hay unos cilindros transparentes conectados a sensores y válvulas de ventilación.

—¿Habéis instalado sistemas de enriquecimiento ambiental nuevos? —pregunta Álex señalando las estructuras.

El doctor Keller asiente con una sonrisa de autosuficiencia.

—La última normativa europea exige estimulación cognitiva y control de estrés. También hemos incorporado monitorización biométrica continua y módulos de sedación controlada para los traslados.

Álex entrecierra los ojos mirando los cilindros.

—Los primates parecen estar en buen estado. ¿En qué línea de investigación están ahora mismo?

—Regeneración celular avanzada —explica Keller, orgulloso—. Estamos estudiando ciertos compuestos en los que hemos detectado que son capaces de revertir daño neurológico.

—Increíble.

Salen de la sala y continúan el recorrido. Pasan de largo varias puertas en las que Álex se fija que pone «material sanitario» y «privado».

—Esta zona todavía está en preparación —advierte el doctor—. Se la enseño porque necesitamos que la incluya en el informe, para poder usarla antes de final de año.

—¿Qué es?

—Es un área de logística.

Keller pasa la tarjeta y, en esta ocasión, se abre sin que Álex tenga que pasar la suya, este frunce el ceño nada más entrar, pues eso no parece un área de logística habitual.

—Esto es bastante sofisticado para estar destinado a un transporte animal —comenta avanzando hacia el interior.

—Los estándares internacionales son cada vez más exigentes —responde el científico.

Frente a ellos se extienden contenedores cilíndricos transparentes, de unos dos metros de largo, conectados a sensores, con válvulas de ventilación y tubos muy similares a los que había en la sala de los primates.

Cada módulo consta de una tablet con sensores digitales que muestran la temperatura del interior, la saturación de oxígeno y la frecuencia cardíaca.

Álex se acerca para observarlos. Le da mucha impresión porque todos están funcionando, pero todos están vacíos.

—¿Por qué están funcionando?

—Bueno, es una maquinaria muy específica y estamos en periodo de prueba. Como le comentaba, estamos en medio de un ensayo experimental nuevo y no podemos permitirnos que nada falle.

—Son demasiado largos, ¿no?

Se coloca frente al cristal y mira hacia el interior. No puede evitar imaginar a una persona tumbada en su interior y por un segundo se queda sin respiración. Un leve mareo le atenaza, pero cierra los ojos y toma una respiración pausada para compensarlo.

—El objetivo es que el material biomédico esté relajado y cómodo. —Escuchar esas palabras hace que Álex se gire al instante.

—¿Material biomédico?

El doctor carraspea y se toca el mentón.

—Oh, sí… —sonríe—. Jerga interna. A los primates les llamamos así. Los transportes que se usan habitualmente son muy pequeños y no se pueden mover casi en el interior. Estos, sin embargo, están diseñados para que puedan moverse de un lado hacia el otro.

—¿No cree que eso podría estresarlos más?

Keller se queda en silencio unos segundos.

—Esto es solo para el traslado —insiste.

Álex se gira y le muestra la mejor de sus sonrisas.

—Claro, claro. Solo me preocupa que en el traslado puedan agobiarse más de lo estipulado.

—Como nosotros. Y por eso hemos instalado un sistema de detección de estrés en las cúpulas para que midan los niveles durante el traslado y…

—… los seden —acaba la frase Álex por él.

El doctor asiente.

—Solo cuando sea necesario para evitar su sufrimiento.

—¿Puedo ver los valores biomédicos en los que se basan?

—Claro. Acompáñeme a la sala de ensayos para mostrárselo.

Salen de allí y Álex se queda mirando hacia el exterior unos segundos, tratando de relajarse, porque lo que acaba de ver ahí dentro es la confirmación de lo que Iván ha averiguado: transportes para seres humanos en toda regla que ellos quieren hacer pasar por animal.

Se suben a un ascensor que los lleva hasta la última planta. Entran en una sala sin necesidad de poner tarjetas. En el interior trabajan un hombre y una mujer vestidos con batas blancas sentados frente a un equipo muy sofisticado de pantallas.

—Ellos son los cerebros del nuevo ensayo clínico que ayudará a salvar millones de vidas.

El hombre no se inmuta, sigue a lo suyo, pero la mujer gira la silla para mirarlos.

Es muy guapa y luce un maquillaje demasiado perfecto.

Lleva unas gafas rojas de pasta que se quita y coloca en el interior de su bata blanca.

Se retira un poco la bata para mostrar debajo un traje chaqueta color burdeos.

Álex la repasa de arriba abajo porque algo no cuadra en ella.

—Buenos días. Alin Steler, científica del proyecto —saluda, y le ofrece la mano con una sonrisa.

—Este es Alejandro Navarro, zoólogo y auditor externo de bienestar animal y protocolos experimentales —le presenta el doctor Keller.

Álex le aprieta la mano al mismo tiempo que le sonríe.

—Oh, bueno…, así dicho suena demasiado formal. Me encargo de revisar que los animales estén en las mejores condiciones y que prevalezca su bienestar por encima de todas las cosas.

—¡Así debe ser! Sin ellos no podríamos avanzar. Deben estar en las mejores condiciones —sonríe Alin.

—¿Me podría mostrar los valores biomédicos en los que se basan para medir el estrés durante los traslados?

Alin mueve los labios algo nerviosa, mira al doctor, que asiente con la cabeza, y se gira para buscar una carpeta. La coge y se la muestra.

Él la abre y comienza a leer. Muy a su pesar toda la información que tiene delante es demasiado perfecta, con esos datos no va a ser capaz de demostrar nada. Se la devuelve con un gesto algo rígido y se queda atento observando la pantalla.

—¿Tiene también el protocolo de sedación durante el experimento?

—Ensayo —le corrige ella—. Son ensayos.

—Sí —afirma Álex—. A nivel legal son ensayos clínicos, disculpe.

—Se los puedo enviar por correo electrónico si lo prefiere.

—¿No son esos? —pregunta señalando la última pantalla de la izquierda.

Alin se gira, y Álex observa como ella cierra las manos, nerviosa, e interviene de inmediato.

—Necesito saber que los tienen durante mi evaluación, nada más. No pasarían el informe si me los envía al mail a posteriori —recalca, y mira al doctor con una sonrisa.

—Claro —contesta ella abriendo la pantalla solicitada e imprimiendo los documentos.

Lee a toda prisa los datos: dosis, peso corporal, frecuencia respiratoria… y se da cuenta de que algo no encaja.

Está casi seguro de que ese documento no pertenece a los datos de un primate. Se gira un poco para que la cámara que lleva lo detecte todo, espera unos segundos y después sonríe complacido, devolviéndole la carpeta.

—Creo que tengo todo lo que necesito.

Keller sonríe.

—Perfecto.

Álex asiente y camina hacia la puerta tras el doctor.

Mientras sale de la sala levanta la vista hacia una de las cámaras del techo. Sabe perfectamente que está siendo grabado. Al igual que sabe que, a miles de kilómetros, alguien está viendo exactamente lo mismo que él.

La primera bomba acaba de colocarse.