Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 65
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Capítulo 65

L a clínica San Gabriel ocupa una parcela tranquila a las afueras de Valencia.

Es una construcción de un edificio moderno, con líneas limpias de cemento y cristal.

No parece un hospital, parece más bien un centro privado.

Morris deja su Seat Ibiza en el parking y se dirige hacia el interior.

Ha concertado una entrevista para visitar las instalaciones.

Antes de entrar se queda mirando el lugar, cierra los ojos y la imagen de su madre y su tía Lucrecia en la cocina de su casa aparece en su mente; la congoja la atenaza.

Hace más de un año que no va a visitarla.

Su tía está ingresada en un centro para enfermos de Alzhéimer y demencia, ella misma gestionó su propio ingreso cuando le detectaron la enfermedad, jamás quiso ser una carga para su pequeña Cami.

«Si algún día me pasa algo, cuida de Lucrecia. Ella está sola».

Las palabras de su madre retumban en su cabeza y el sentimiento de culpa se agranda porque la última vez que fue a visitarla fue cuando estaba embarazada de cuatro meses de los mellizos, y desde entonces no ha vuelto a ir.

Ahora vive en esa residencia de Madrid. Bien cuidada, con personal médico y todo lo necesario, pero Morris no deja de pensar en ella desde que nacieron sus hijos.

Entra en el vestíbulo que huele a flores frescas y a desinfectante.

El suelo es de mármol claro y tras el mostrador de recepción hay una joven con un uniforme blanco.

Tras presentarse y comprobar que tiene una cita a las once de la mañana, la hacen pasar a una sala de espera.

Está nerviosa y no deja de mover la pierna.

Unos minutos después, aparece por la puerta un hombre de unos cincuenta años con bata blanca.

—¿Señora Camila Morris? Soy el doctor Serrano.

—Encantada. —Le estrecha la mano con su mejor sonrisa—. Muchas gracias por recibirme.

—He leído el informe de su tía. Presenta enfermedad de Alzhéimer en fase moderada.

—Hace más de un año que no me reconoce.

El médico levanta la vista y aprieta los labios.

—Lo siento mucho, pero lamento decirle que eso es habitual en esa fase.

Entran en el despacho, donde Morris avanza hasta una amplia mesa de madera y toma asiento.

—Su tía está en uno de los mejores centros de España. ¿Por qué está barajando la posibilidad de cambiarla?

—Por cercanía, actualmente vivo en Alicante.

—Entiendo, pero este tipo de enfermedades necesitan una estabilidad y sus informes ahora mismo son muy buenos, no tiene crisis con frecuencia, está estable.

Entiendo la necesidad de estar cerca o de visitarla más, aun así, en estos casos prima la salud del paciente y creo que cambiarla ahora podría perjudicarla.

—Verá, doctor, más que cambiarla estoy buscando clínicas que tengan tratamientos experimentales y, bueno… —se remueve en la silla, nerviosa, quiere incomodar al doctor—, estoy desesperada.

—La entiendo, en fases moderadas todavía se estudian algunos protocolos experimentales —explica el doctor.

—¿Ustedes los realizan aquí? —inquiere—. Le prometí a mi madre que la cuidaría y… yo…

—Señorita Morris —la corrige el médico, carraspeando—, en nuestra clínica solamente realizamos una evaluación médica inicial.

—La pagaré —dice ella asintiendo con la cabeza.

—No es tan sencillo. Hay unos protocolos específicos. Tenga en cuenta que si el paciente encaja en el perfil del ensayo se estudia su inclusión en uno de los programas internacionales.

—¿Internacionales? ¿Los pacientes no son tratados aquí? —pregunta sabiendo la respuesta de antemano, pero necesita llevar al doctor hacia su propia ratonera.

—No, no contamos con una tecnología tan avanzada. Nosotros solo realizamos las pruebas iniciales y les enviamos los resultados, ellos son los que deciden. Aunque, insisto, las pruebas tardan entre seis meses y un año y el estado de su tía ya es avanzado.

—¿Puedo pagar para agilizar el proceso?

—Oh —ríe el doctor—, no se trata de eso. Estos programas están subvencionados por unos fondos europeos.

—¿Qué puedo hacer? Por favor, cuando mi madre murió me pidió que cuidara de ella —suplica—, si le soy sincera, ella era la mejor amiga de mi madre, es como mi tía, pero no es familia de sangre ni tampoco tiene hijos.

La cara del doctor cambia y Morris sabe que ha dado en el clavo. La mención de no tener familia directa parece que ha hecho que el médico baje la vista y repase con más atención el informe de su tía.

—Está de suerte, eso quizás cambie las cosas.

Morris sonríe; o trata de hacerlo porque, en esos momentos, lo que le apetece de verdad es saltar sobre la mesa y pegarle un puñetazo, puesto que sabe perfectamente que el hecho de que su tía no tenga familia directa escala posiciones para ser aceptada.

El doctor le pasa un formulario por encima de la mesa.

—Rellene este formulario, lo estudiaremos y si su tía cumple los requisitos clínicos establecidos podríamos estudiar su inclusión en el próximo grupo de evaluación.

La investigadora se lo queda mirando.

—¿El próximo grupo?

—Estamos preparando uno en estos momentos.

—¿Cuándo?

El médico consulta la agenda que tiene sobre la mesa.

—Dentro de unas semanas se efectuará el traslado, pero dado que usted no tiene potestad sobre la señora Lucrecia López al no ser familia directa, le voy a pasar el contacto de un trabajador social, Andrés Villarroel.

Ella lo mira y lee el mismo nombre que se repite en los informes, la respiración se le acelera.

—Gracias. ¿Qué debo hacer?

—Concierte una cita con él, dígale que va de mi parte y lleve este formulario relleno. Él se encargará del resto.

—Gracias de nuevo, doctor, ha sido de gran ayuda. —Se levanta y le ofrece la mano con una sonrisa. El contacto con la piel del médico le repugna.

—Espero verla pronto.

La acompaña hasta la puerta. Morris sale de la clínica y se sube al coche. Se fija en que el recinto está rodeado de cámaras. Mete primera y sale de allí a toda prisa reprimiendo las lágrimas.

Al salir a la carretera, se desvía en la primera gasolinera. Apaga el motor, apoya la frente sobre el volante y comienza a llorar.

Por su tía.

Por los ancianos que han sido llevados a Suiza.

Por el sistema corrupto en el que vive y para el que trabaja.

Y la cara de su padre y su diario aparecen en su mente.