Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 64
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Capítulo 64

E l centro de acogida ocupa la planta baja de un edificio antiguo de Lavapiés. Las paredes están cubiertas de carteles en varios idiomas de asesorías legales, profesores particulares de español y puestos de trabajo temporal.

Elías está sentado frente a una mesa con las piernas cruzadas.

—Ana, gracias por recibirme.

—Los amigos de Teresa son mis amigos —asegura mirando a su amiga, que está sentada al lado del investigador privado.

—¿Lleva el registro de las entradas de todos los menores? —pregunta él.

—Por supuesto. —Parpadea, sorprendida, y se levanta algo indignada.

—No la estoy juzgando —se adelanta Montenegro—. Solo quiero saber si hay menores desaparecidos.

—Por favor, Ana —suplica Teresa con la voz muy calmada.

La directora se sienta y entrelaza las manos sobre la mesa.

—Señor Montenegro…

—Llámeme Elías, por favor —la corrige.

—Está bien, Elías, esto no es un reformatorio. Este es un centro con camas, comida y sin rejas. Hay tres perfiles claros: los menas, los niños que tienen conflictos familiares insostenibles y, por último, los desamparados. Todos sufren a su manera… porque todos, al fin y al cabo, son niños.

Hace una pausa, Teresa y Elías permanecen en absoluto silencio.

—Cuando uno de ellos desaparece lo único que podemos hacer es llamar a la policía, rellenar el formulario y rezar para que no aparezca con un navajazo. ¿Entiende?

—Le aseguro que no la estoy juzgando —insiste el investigador—. Solo necesito una lista de los desaparecidos.

—¿Qué sucede? —insiste ahora mirando a Teresa.

—Elías está investigando una serie de desapariciones, y uno de los hilos que estamos siguiendo son los centros de menores, pero te aseguro que no está buscando irregularidades ni…

—En mi centro no hay irregularidades —interrumpe la directora, ofendida.

—Solo quiero ayudar a los menores —interviene él—. Sé que están desapareciendo y necesito encontrar el patrón. ¿Recuerda algún cambio de actitud de alguno de ellos? ¿O que recibieran alguna visita extraña?

—Los chicos son chicos, tienen actitudes extrañas siempre, y yo estoy metida entre papeleos. —Se levanta, abre un archivador y se pone a buscar dentro—. Estos son los casos de desaparición de este último año.

Elías coge el sobre y lo abre, ve los informes de cuatro chicos de entre diecisiete y veinte años, su cabeza en estos momentos va muy rápido cuadrando y enlazando datos; necesita encontrar el anclaje, necesita saber por qué ellos y no otros.

—Chicos normales, nada conflictivos.

—Todos sin familia. —Elías levanta la cabeza, mira a Teresa y esta asiente con la cabeza.

—Nadie puede reclamarlos.

—Teresa, ¿qué pasa?

—No puedo decirte mucho —suspira ella, y la directora coloca sus manos sobre el mentón, preocupada.

—Ana, ¿sería posible que hablara con alguno de sus amigos? —Elías levanta el sobre.

—No creo que ninguno quiera hablar, pero quizás… —se lo queda mirando— quizás usted pueda probar suerte. Se suelen juntar con otros chicos en la plaza de la Corrala.

—Ha sido de gran ayuda —se despide el investigador—. Por favor, si ve alguna cosa extraña o si recuerda algo es importante que se ponga en contacto conmigo.

La asistente social se acerca a Ana y la abraza.

—Teresa, cuídate, y si alguna vez quieres volver, sabes que aquí…

Ella la silencia con la mano.

—Mis niños me necesitan fuera del sistema, Ana.

La directora entrecierra los ojos, traga saliva y gira ligeramente la cabeza.

Salen de la casa de acogida y Teresa se despide de Elías, no es bueno que los vean juntos. Ella se va hacia la izquierda y el investigador privado se desvía hacia la derecha en dirección a la plaza de la Corrala.

Nada más llegar, se sienta en la terraza de un bar, pide un café largo y observa la plaza: una pareja mayor sentada en un banco, un grupo de turistas haciéndose fotos y en las escaleras de la plaza tres chicos fumando porros. Se fija en ellos, saca el móvil y les hace varias fotos.

A los pocos minutos aparece un chico más mayor, de unos veinticinco años, caminando con gesto chulesco, y se acerca a ellos.

Parece que les ofrece algo, los chicos niegan con la cabeza y se aleja.

Le hace una foto, pero al ampliarla se da cuenta de que no le hará falta pasar por el escáner de identidad esa foto: es Luciano Acosta, uno de los camellos de la zona, y lo sabe porque estuvo involucrado en un caso que investigó hace muchos años en el que consiguió salir indemne. Desaparece por la callejuela.

Tras tres horas de vigilancia no consigue sacar nada más en claro, coge el coche y decide que es hora de volver a su apartamento.

Los siguientes días son muy parecidos, un grupo de chicos sentados fumando porros sin hacer nada, hasta el viernes por la tarde cuando una furgoneta de color blanco aparca en la acera y del asiento del copiloto sale un hombre vestido con traje, desde allí los mira y Elías se tensa.

—Vale, amigo, ¿qué vas a hacer ahora?

Camina en dirección de los chicos, con una mano en el bolsillo, se sienta en uno de los bancos, saca el móvil y parece que teclea algo, luego se recuesta a esperar.

No han pasado ni dos minutos cuando uno de los chicos del grupo se levanta y pasa por delante del hombre, se gira para mirarlo y se saludan con la cabeza.

Elías tiene el móvil colocado sobre el servilletero grabando toda la escena, el hombre, que tiene el brazo estirado sobre el respaldo del banco, levanta su mano con tres dedos en alto.

Montenegro deja de respirar un segundo.

El joven da toda la vuelta a la plaza para volver hasta donde están sus colegas, el hombre se levanta y vuelve a su furgoneta.

El investigador se pone en pie, se coloca el móvil en su mano derecha y pasa intencionadamente por delante de la furgoneta para hacerle una foto a la matrícula.

Cruza el paso de peatones y se apoya en una esquina, coloca su pie sobre la pared y saca el móvil y se lo pone en la oreja como si estuviera hablando.

Tres chicos se ponen en pie y van hacia la furgoneta, el hombre abre la parte trasera y luego se instala de nuevo en el asiento del copiloto.

Desde su posición, Elías hace una foto al conductor.

Se separa de la pared y se acerca hasta el copiloto, da varios golpecitos en el cristal sin dejar de simular que está hablando con alguien.

—Amigo —le llama, y vuelve a dar los golpecitos—. Amigo.

La ventanilla se baja.

—¿Qué mierda quieres?

—¿La calle San Blas? —Al mismo tiempo que coloca un GPS en la furgoneta—. Es que he quedado con una amiga, pero me he perdido.

—Ni idea, no soy de la zona, lárgate.

Elías se disculpa y se aleja calle abajo, se coloca tras unos contenedores y observa cómo los tres chicos se suben en la furgoneta. Luego sale corriendo al mismo tiempo que abre una app de seguimiento.

—Te tengo —dice levantando la mano para parar a un taxi.

—Yo le indico, señor —ordena. El taxista se gira y se lo queda mirando.

Desde luego, no suele usar su antigua placa en muchas ocasiones, pero hay momentos en los que es totalmente necesario, y este es uno de ellos.

—Policía Nacional.

El taxista abre mucho los ojos y asiente.

Salen del centro de Madrid. Conducen varios minutos hasta que la furgoneta se detiene frente a un edificio moderno de cristal.

En el rótulo se lee: CLÍNICA NOVA ESTÉTICA.

—Siga hasta el final de la calle y déjeme ahí, por favor.

El investigador se baja del taxi, camina por la acera de enfrente, le hace una foto a la clínica y sigue moviéndose al mismo tiempo que teclea a toda prisa en el navegador el nombre de la clínica. Aparece cerrada desde la pandemia.

—No es una clínica. Es una tapadera.

✺✺✺✺

—¿De dónde has sacado esa sudadera? —le interroga Ana a Carlos.

—La he comprado.

La directora del centro resopla. Elías asiente y Teresa la mira y le coloca la mano sobre los brazos para que se tranquilice.

—Solo quiero saber de dónde has sacado el dinero.

El chico se queda en silencio y levanta aún más el mentón.

—Es dinero fácil —dice, aunque el compañero sentado a su lado le golpea con la rodilla.

—Explícamelo —Ana inclina ligeramente la cabeza.

El chico duda unos segundos antes de continuar.

—No sé quién es.

—Cierra el pico, bro —balbucea el otro.

—¡Carlos! —exclama la directora, y se acerca hasta situarse frente al que le ha mandado callar—. Vas a contarnos ahora mismo de dónde cojones estáis sacando el dinero u os aseguro que vuestra estancia aquí será un puto infierno.

—Ana, por favor —interviene Teresa acercándose para retirarla—. Vayamos a tomarnos un café, Elías sabe cómo tratar con ellos.

Se quedan solos.

—Sabemos que hay un tío que llega con una furgoneta —empieza a hablar sin rodeos Elías—. Seguramente os ofrezca cosas maravillosas para un futuro mejor, os dé dinero e incluso os regale ese tipo de sudaderas…

—Es dinero fácil —repite Carlos.

—¿A cambio de qué? —pregunta apretando los dientes.

—Dice que necesitan gente para hacerse pruebas médicas.

—¿Qué clase de pruebas?

— Bro , cállate, nos dijo que si decíamos algo…

—¿Sabes su nombre? —le pregunta al chico más moreno, pero este niega con la cabeza.

—¿Y la nacionalidad?

—Habla español…, pero con acento raro —confiesa Carlos.

—¿Qué es lo que os hacen allí?

Uno de los chicos bufa y le da un pisotón para que se calle antes de levantarse.

—No eres poli, así que por mí te puedes ir a la mierda.

—Han desaparecido chicos —dice, elevando el tono de voz aunque sin moverse del sitio.

—¿Y qué me importa a mí? Me importa que me dé pasta rápida, y ya… —Ese chico moreno se ha cerrado en banda desde el principio y sale de la sala dando un portazo.

—Deja de hablar, Carlos, te vas a meter en un lío —le increpa Rabeh, el joven que se queda con Carlos—. Señor, esa gente es peligrosa, no se meta con ellos.

—Por eso necesito vuestra ayuda.

Este se cruza de brazos y niega con la cabeza.

El investigador privado abre las carpetas de los jóvenes desaparecidos y se las muestra.

—¿Alguno es amigo vuestro?

Carlos mira las fotos y su gesto se endurece, parpadea varias veces y traga saliva, pero no dice nada; el otro levanta la vista, hace un gesto con la nariz y niega con la cabeza.

—Alejo se fue por su propia voluntad —confiesa Carlos.

—Vaya puto amigo de mierda que eres —le increpa Rabeh—. Te pidió que le guardaras el secreto.

—Y también dijo que volvería en unas semanas y eso fue antes del verano.

Elías los está dejando interactuar, sabe que ellos solos se van a delatar.

—Si pasaba las pruebas se iba a Dub… —Rabeh se queda callado al darse cuenta de que no están entre colegas y que casi mete la pata. Montenegro chasquea la lengua.

—Alejo está en peligro —asegura—. ¿Qué clase de pruebas médicas se hacen allí?

—¿Peligro como qué? —quiere saber Carlos.

El investigador se cruza de brazos y le sostiene la mirada.

— Bro , te está vacilando con la psicología esa invertida, no digas nada más.

—Nos meten en una especie de ducha, después nos sacan sangre y orina.

—¡Cállate la puta boca! —Rabeh se levanta para agredir a Carlos, pero Elías llega a tiempo para cogerlo de la mano, lo agarra de la solapa y lo levanta del suelo, aprieta los dientes y se coloca a escasos centímetros de su cara.

—Os están vendiendo —dice—. Os venden al extranjero para ser violados, torturados, mataros y comeros en rituales —miente—. ¿Quieres acabar así? ¿Quieres acabar como Alejo?

—¿Alejo está…? —balbucea—. ¿Está muerto? —pregunta Carlos, temblando.

Él se gira para mirarlo y asiente con la cabeza, no sabe si está muerto o no, pero necesita que estos chicos le cuenten con pelos y señales todo.

—Nos miran los ojos, el corazón…, cosas así —interviene Rabeh—. Luego nos dan merienda y nos traen de vuelta con cien pavos más en el bolsillo.

—¿Cuántas veces habéis ido?

—Yo dos —confiesa Rabeh—. Él una.

—¿Cuántas veces tuvo que ir Alejo antes de desaparecer?

Ambos niegan con la cabeza.

—Me… me dijo que había firmado un contrato, que se alargaba un par de semanas —explica, luego se queda en silencio.

—Sé que contactan con uno de vosotros a través del móvil, ¿quién es el cabecilla?

—No quiero problemas —dice Rabeh.

—No siempre es el mismo, son unos tíos que viven por el centro y que pasan marihuana, aunque no sabemos mucho más de ellos. Solo vienen, se sientan con nosotros y esperan a que les avisen.

—¿Os dan alguna medicación?

Los dos se quedan callados. Elías cierra los ojos.

—¿Tenéis alguna muestra?

—Yo las tiré porque me hacían vomitar —contesta Carlos.

—¿Para qué os dijeron que eran?

—Vitaminas —contesta Rabeh.

—¿Me podrías conseguir una pastilla? —insiste, y se lo queda mirando.

Rabeh traga saliva.

—No me quedan, he acabado la tableta. ¿Podemos irnos?

Elías se levanta y asiente, Rabeh sale de la sala sin mirarle, pero Carlos se queda frente a él, saca del bolsillo interior de la chaqueta una tableta de pastillas y se la entrega.