Capítulo 63
M orris se detiene frente a Salvatierra y alarga la mano para saludarlo.
—Por fin tengo el honor de conocer al famoso inspector Iván Salvatierra.
Iván la mira sorprendido antes de estrechársela.
—Podré ser muchas cosas, pero ¿famoso?
—Me han hablado muy bien de ti en la comisaría, aunque Gabriel nunca te haya nombrado.
Ambos giran la cabeza al mismo tiempo hacia Medina, que está apoyado en una pared, observando la escena con las manos en los bolsillos. Cuando ve que lo miran, levanta las cejas y parpadea, nervioso.
—Eso me preocupa. —Salvatierra entrecierra los ojos y analiza a Medina—. Pensé que había dejado huella en él.
Gabriel niega con la cabeza sin moverse de la pared.
Álex suelta una pequeña risa, pero su amigo se encoge de hombros y entra en la casa.
—Buenas, soy Alejandro Navarro —saluda.
—Me acuerdo de ti, el colega de Gabi. ¿Qué tal está tu hermana? —pregunta con una sonrisa ladina.
Él abre los ojos.
—¿Tú eres ese Iván?
Salvatierra le da una palmada en la espalda con una sonrisa.
—Eso fue hace mucho tiempo. Pasa.
El interior es amplio y luminoso, con un salón de techos altos y ventanales que dan a un jardín cuidado. El suelo es de madera clara, con muebles modernos y líneas sencillas.
Atraviesan la casa hasta llegar a una puerta al fondo. Iván introduce un código en el panel; emite un sonido y se abre.
Ante ellos, hay unas escaleras que bajan hacia lo que parece un sótano.
Morris frunce el ceño.
—¿Tenéis un búnker?
—Algo así —responde Salvatierra encendiendo las luces.
Descienden despacio y, cuando ella pone el pie en el último escalón, se queda quieta.
Lo que ve es una auténtica base de operaciones. Tres pantallas gigantes cubren una pared entera mostrando mapas, rutas marítimas y datos en tiempo real. Varios ordenadores encendidos con servidores monitorizados y una mesa central llena de documentos, tablets y dispositivos móviles.
Álex silba bajo.
—Joder…
—La guarida del Gato —susurra la inspectora recorriendo la estancia con la mirada.
Iván no responde, pero una pequeña sonrisa aparece en su cara mientras Medina les observa con las manos apoyadas en la mesa central.
—¿Qué es exactamente lo que hacéis aquí abajo? —quiere saber Álex.
El inspector Salvatierra pulsa una tecla y una de las pantallas cambia. Aparece un mapa de Europa con varios puntos marcados en rojo que parpadean.
—¿Os suena Horizon Biotech International?
—Es una farmacéutica con sede en Suiza —dice Álex—. Se dedican a la investigación biomédica avanzada y a terapias experimentales con animales.
Iván frunce el ceño y Morris se gira sorprendida para mirarlo.
—¿Por qué los conoces?
Su marido se encoge de hombros.
—Trabajo con fauna. Ese tipo de empresas siempre acaba cruzándose con nuestro mundo, no he trabajado nunca directamente con ellos, pero sí con farmacéuticas similares.
El exinspector lo observa con interés, mira a Medina y sonríe.
—Tenías razón en traerlo.
—¿De qué hablas?
Gabriel abre una carpeta y le pasa unos documentos.
—¿Qué ves aquí, Álex?
—Esto es un ensayo clínico en animales —explica él—. Por lo que sé, Horizon tiene varios proyectos de investigación activos en la actualidad.
—¿Qué hacen allí? —quiere saber Morris.
—Realizan ensayos preclínicos, de genética e inmunología…, pero sobre todo trabajan con simios. Tienen que pasar unos controles muy muy estrictos, ya que hay una legislación vigente muy severa.
—Pensaba que los experimentos con animales estaban prohibidos —interviene su mujer.
—Sí y no —contesta él—. En 2022 entró en vigor una nueva legislación en la que, según la Ley de Protección de los Animales, los experimentos en simios solo se permiten si el objetivo no puede alcanzarse mediante métodos alternativos o utilizando especies evolutivamente inferiores.
—Eso es un poco ambiguo.
—Muy ambiguo —asiente muy serio—. Es por eso que se necesita una autorización individual para cada proyecto con una serie de controles en los que se asegure el bienestar animal en todo momento.
—¿Quién otorga esta autorización? —pregunta Medina.
—El informe lo puede hacer un veterinario o etólogo especializado, aunque esa decisión final la tiene, en este caso, la Oficina Veterinaria Cantonal.
—Álex, ¿estás totalmente seguro de eso? —insiste Gabriel.
—Claro que estoy seguro —se cruza de brazos—, estoy especializado en chimpancés y he trabajado como auditor externo haciendo informes para preservar el bienestar de los simios que no he podido rescatar.
—¿Qué es lo que pasa, Gabi? —inquiere Morris.
—Esos ensayos —interviene Iván señalando la documentación que tiene Álex en la mano— no son de simios.
—Sí lo son. Este tipo de ensayos se realizan en animales. El peso, la frecuencia cardíaca indica que… —Se queda en silencio revisando los documentos, levanta la vista de nuevo y pasa la mirada de Medina a Salvatierra, que lo miran a la espera—. Humanos… ¡Eso es ilegal!
—¿Me podéis explicar qué es lo que está pasando? —ruega Camila con las manos sobre la mesa.
—Según esto, están experimentando con personas —contesta su marido.
—¿Eso es verdad? —se gira para mirar a su compañero.
—Material biomédico —corrige Iván con frialdad—. Ellos lo llaman material biomédico.
Álex aprieta la mandíbula y su mujer se queda mirándolo.
—¿Personas? ¿Estáis hablando en serio?
—Personas cuya ausencia nadie va a reclamar —responde Medina asintiendo con la cabeza.
El exinspector toca una tecla y la pantalla cambia por una en la que aparece un documento con varias fechas.
—Dentro de un mes van a mover uno de los cargamentos más grandes hasta la fecha.
Eso hace que el matrimonio levante la vista y entrecierre los ojos con sospecha.
—¿De cuántas personas estamos hablando?
—No lo sabemos con exactitud, lo que sí sabemos es que los desplazamientos del material biomédico se llevarán a cabo entre la segunda y la tercera semana de septiembre.
Ante esta revelación, Álex suelta el aire despacio y se sienta.
—Dios…
Medina mira a Morris.
—Si esos traslados se llevan a cabo, esa gente desaparece —recalca Gabriel, mirando fijamente a su compañera.
—¿Qué tenéis en mente?
—¿Sabéis cómo se derriba un edificio sin hacer ruido?
—pregunta señalando la pantalla—. Se colocan cargas en los pilares estructurales…
en distintos puntos, alejados pero medidos quirúrgicamente —explica mientras le guiña un ojo a Camila.
Pulsa otra tecla y los puntos rojos comienzan a parpadear al mismo tiempo—.
Necesitamos ir haciendo explotar las bombas sin hacer ruido, hasta que llegue la explosión final.
En la pantalla aparece un vídeo de un edificio derrumbándose en cuestión de segundos e Iván se gira para observarlos con detenimiento.
—Pero para eso debemos estar coordinados con la operación Ébano, con Carmen y Teresa, y con tu amigo Elías.
Ella abre mucho los ojos al darse cuenta de que todo está relacionado.
—Entonces Ébano no era el final —murmura.
—La semilla de Ébano la sembró el Gato hace ahora casi diez años —suelta Iván.
—Fuiste tú desde el principio.