Capítulo 62
E l aeropuerto de Alicante está lleno de familias con maletas, parejas con mochilas y grupos de turistas emocionados. Morris camina con paso firme, empujando su pequeña maleta de mano; Álex va a su lado, cargado con una mochila y las manos en los bolsillos.
—¿Estás nerviosa?
Se gira para mirarlo.
—Un poco.
—¿Esto no te recuerda a algo? —Su marido le guiña un ojo, ella eleva las comisuras de sus labios con cariño y se detiene para darle un beso.
—Argentina.
—Han pasado tantas cosas desde ese viaje, Cami —afirma, y ella se abraza a él — . Yo solo espero que volvamos de una pieza.
Morris abre la boca y le golpea en el pecho. Su marido solo se carcajea, levantando una mano.
—No digas eso ni en broma.
Álex tira de ella y se detienen frente al panel de salidas.
ALICANTE - MARSELLA
—Embarcamos en cuarenta minutos —dice él con calma—. ¿Estás preparada?
—Da igual si lo estoy o no, Medina me necesita.
Avanzan hacia el control de seguridad. La inspectora coloca la maleta en la cinta, cruzan el control en silencio y entran en la zona de embarque.
«Pasajeros del vuelo FR 4827 con destino Marsella, embarque por la puerta cuatro».
Al entrar en el avión, Camila siente una presión extraña en el pecho, la misma sensación de incertidumbre que sintió cuando cogió ese avión rumbo a Argentina.
Álex mira por la ventanilla.
—Gabi —suspira—. Ahora nos toca a nosotros ayudarte.
Dos horas después aterrizan en el aeropuerto Marseille Provence.
«Señores pasajeros, les habla el comandante.
La hora local es 20:18 y la temperatura exterior es de 27 grados.
Les pedimos que permanezcan sentados con el cinturón abrochado hasta que el avión se detenga por completo y se apague la señal luminosa.
Les damos la bienvenida a Marsella y les agradecemos que nos hayan elegido».
—Pues ya estamos aquí —señala Álex mientras se estira en el asiento.
Morris no responde, tiene la mirada fija en el respaldo del asiento delantero.
—¿Todo bien, inspectora?
Él sabe que al avión ha subido Camila, pero que de él va a bajar la inspectora Morris.
Los pasajeros empiezan a levantarse. Salen del avión y avanzan por el finger hacia la zona de llegadas.
Álex se detiene un momento.
—Cami, mira —señala—. Eso es para nosotros.
Ella levanta la vista. A unos metros hay un hombre alto, vestido con traje oscuro, sosteniendo un cartel blanco. En letras negras pone: CAMILA — ÁLEX.
Morris se queda inmóvil. Las imágenes de Argentina y de todo lo que pasó después le provocan un escalofrío que le recorre la espalda. Su marido se da cuenta y le coloca el brazo en la parte baja de la espalda.
—Estamos a tiempo de volver a casa.
Sin embargo, ella le pasa su brazo por la cintura y niega con la cabeza mientras se acercan hasta el hombre.
—¿Señor y señora Morris?
Álex abre la boca y ella suelta una carcajada.
—Sí, somos nosotros —contesta en francés Camila.
—¿Desde cuándo somos señor y señora Morris? —le susurra él al oído.
Ella se muerde el labio inferior para reprimir otra carcajada, porque sabe que esto es obra de Medina. Solo a él se le podría ocurrir llamarlos señor y señora Morris.
—Por aquí, por favor —indica el hombre.
Salen de la terminal y caminan hacia el aparcamiento exterior siguiendo al hombre. A unos pocos metros ven un coche negro con los cristales tintados esperando.
La pareja se detiene e intercambian una mirada.
—No me fío —dice Álex apretando la cintura de ella.
El conductor abre la puerta trasera, pero ellos no se mueven. El conductor saca una carta del bolsillo interno de su chaqueta y se acerca a ellos.
—Por si dudaban —les informa con calma—, me pidieron que les entregara esto.
Les tiende un sobre pequeño. Morris mira a su marido, luego a ambos lados y, al ver que hay gente, asiente con la cabeza.
Dentro hay una tarjeta, al desdoblarla reconoce la letra de inmediato. Con el texto: «Deja de investigar» y el dibujo de un murciélago debajo.
Morris suelta el aire, aliviada.
—Es Gabi —asegura Álex aflojando su mano un poco.
El conductor abre de nuevo la puerta del coche y en esta ocasión entran sin pensárselo.
El vehículo se incorpora a la autopista que sale del aeropuerto y Camila baja la ventanilla para oler el aire cálido y húmedo, con ese olor salado que llega del mar y que a ella tanto le relaja. Va agarrada de la mano de su marido, que no deja de mover el pie, nervioso.
El trayecto hasta Marsella dura unos treinta minutos. El coche abandona la autovía y empieza a subir por una carretera más estrecha, bordeada de pinos. El chófer gira por un camino privado y se detiene frente a una finca rodeada por un muro y una verja metálica.
—Es la misma finca —señala Morris.
El portón se abre y el coche entra hasta detenerse frente a la entrada de la casa. Ella levanta la vista y ve salir a dos hombres.
El primero se detiene en el porche. Es alto, lleva traje oscuro y va con las manos metidas en los bolsillos. El segundo baja un par de escalones y camina hacia el jardín.
—Gabi… —murmura ella.
Gabriel Medina se queda de pie frente al coche, está más delgado, con barba de varios días, y su rostro se ve serio, aunque lleva puesta una camisa con las mangas arremangadas, como hace siempre.
Morris abre la puerta del coche, sale despacio y se queda muy quieta. Su compañero tampoco se mueve, está aguantando la respiración. Álex rodea el coche y se coloca al lado de su mujer.
Finalmente, Medina da un paso hacia ellos.
—Gracias por venir —dice Gabriel, que aprieta los labios, inquieto.
—Me debes una buena explicación —le advierte Morris cruzando los brazos.
—Lo sé. —Él asiente, desvía la mirada hacia Álex y sonríe—. Sabía que no la dejarías venir sola.
Este asiente y se abraza a su amigo. Se gira para mirar a Camila, que los está mirando con la mandíbula tensa. Alarga un brazo y la atrae hacia ellos.
—Gracias —susurra el inspector.