Capítulo 61
M edina se sienta en la silla frente al sobre que lleva ahí más de una semana. Sabe que, hasta que no lo lea, no va a poder salir de ahí.
Piensa en su hija Lucía, en Maite y en Morris. La conoce: debe de estar moviendo cielo y tierra para tratar de encontrarle.
Abre el sobre y saca los documentos. El primero que lee es un informe médico. Frunce el ceño porque le resulta familiar.
Horizon Biotech International.
—Mierda, Iván…
Chasquea la lengua y sigue leyendo páginas. Es un protocolo de ensayos clínicos en pacientes sin identificar derivados de clínicas de España, Francia y Alemania con destino Suiza, con números de traslado sellado por la Conselleria. Uno de los documentos está subrayado en rojo.
Gabriel se inclina un poco más sobre la mesa.
—Sujetos clasificados como material biomédico transferible —lee en un susurro.
El papel se queda inmóvil entre sus dedos.
—¿Qué cojones es esto?
Pasa a la siguiente página en la que hay fotos de menores: niñas y niños entre catorce y diecisiete años con patologías graves. Revisa los documentos con el corazón latiendo a toda velocidad hasta que se detiene en el origen.
—¡Hijos de puta! —grita, golpeando la mesa con el puño.
Levanta la vista y se topa con Iván que está apoyado en la pared, mirándolo con la cara muy seria.
—¿Desviaciones legales de varias ONG? —pregunta, incrédulo.
—Te necesito, Gabi. —Iván da un paso al frente—. Llevan años desapareciendo niños, ancianos, toxicómanos…, gente que nadie reclama.
—Me cago en la puta, Iván… —exclama, levanta la vista de los documentos y una arcada le sube por la garganta.
—Fui a hablar con el comisario Daniel Fernández, con las pruebas en mano, para empezar una investigación contra varios centros de Valencia. —Se queda en silencio por un momento—. ¿Quieres saber qué me dijo?
—No. —Niega con la cabeza—. No puede ser, Iván.
Gabi se echa las manos a la cabeza y gira sobre sí mismo.
—Sí, novato. Me dijo que dejara de meter las narices donde nadie me había llamado. Le contesté que iría a la fiscalía con los documentos, que eran personas y que no iba a encubrirlo.
Medina se sujeta con ambas manos al respaldo de la silla y lo mira con atención.
—Al día siguiente, arrestaron a mi hermana con veinte gramos de cocaína. —Iván aprieta el puño derecho y respira profundamente—. Y ¿te imaginas qué me soltó el comisario Daniel Fernández? —sonríe de medio lado—. Que le retirarían los cargos si dejaba de investigar.
—¡Mierda! —escupe Medina—. ¿Por qué no confiaste en mí?
—Novato, sabía que ibas a ser uno de los mejores inspectores de la comisaría. No quería joderte la carrera. Sabía que si te involucraba o si el comisario se enteraba de que tú estabas en el ajo, se desharía de ti de un plumazo.
—¡Joder, Iván! ¡Joder!
Vuelve la vista a los documentos.
—Eso es la punta del iceberg, novato.
—¿Por qué fingir tu muerte? ¿Por qué no seguir investigando desde las sombras?
—Me hice un nombre en la dark web. El Gato. Hacía trabajos… —confiesa antes de quedarse en silencio—. Ya sabes, el mismo tipo de trabajos que perseguía como poli. Hasta que me topé con un tío, un pez gordo de la tecnología, y le salvé el culo. Tuve una oportunidad y la aproveché.
—¿Y tu familia?
Iván señala los documentos.
—¿Y el material biomédico? Ellos no tienen familia. Por eso se convierten en material biomédico —señala, y Medina se lo queda mirando.
—Te necesito, Gabi. Estoy a punto, pero no puedo hacerlo solo —reconoce él, y Gabriel coge aire y lo suelta poco a poco. Se pasa las manos por el pelo—. Tú sabes perfectamente que a los de arriba solo se les puede hacer caer atacando varios puntos al mismo tiempo.
Hace una pausa.
—Yo solo no puedo.