Capítulo 56
L a sala de reuniones está casi llena cuando Morris entra con paso firme y el semblante serio. Sobre la mesa hay varias carpetas abiertas y Jorge ha conectado un portátil a la pantalla de la pared. Sáez y González están sentados al fondo, hablando en voz baja.
Carmen entra unos segundos después. En su rostro se marcan unas ojeras oscuras y Morris levanta la vista para saludarla con la cabeza.
—Bienvenida, Carmen. ¿Qué tal ha ido el viaje de vuelta?
—Bien, aunque os tengo que comunicar algo… —empieza, y se queda de pie sujetando con fuerza una carpeta.
—Toma asiento, luego hablamos. —Dasilva hace ademán de replicar, pero Camila levanta la mano para frenarla—. Hoy no es una reunión de actualización de avance del caso como tal.
Carmen deja su carpeta sobre la mesa. Gira la cabeza porque conoce a su compañera y su gesto es excesivamente contenido. Busca con la mirada a Sáez y a González, pero estos niegan a la vez, indicándoles que no saben nada.
—Sabemos dónde está Medina —dice Morris sin rodeos.
La sala se queda en silencio y ella apoya ambas manos sobre la mesa para continuar.
—El señor Elías Montenegro —señala al investigador que está sentado en un lateral de la mesa— ha dado con él.
—¿Está bien? —quiere saber Carmen.
La inspectora hace un gesto afirmativo con la cabeza hacia Jorge para que este muestre el vídeo.
—Las imágenes que estáis viendo fueron grabadas hace dos días.
El silencio de la sala se hace pesado mientras se visionan las imágenes. El vídeo se detiene cuando Medina gira ligeramente la cabeza.
—No está retenido —murmura Sáez.
—Eso no lo sabemos —responde Camila.
—¿Quién es el hombre que va con él? —pregunta González, inclinándose hacia delante para observar mejor la imagen.
Ella no responde. Mira al comisario Gutiérrez que asiente muy despacio. Jorge abre una carpeta en el portátil y proyecta una ficha en la pantalla.
—Inspector Iván Salvatierra —lee Morris en voz alta—. Brigada de delitos informáticos. Fallecido en acto de servicio en el año 2015.
—Eso no es posible —murmura Carmen, sorprendida.
Jorge coloca una foto ampliada del sujeto que acompaña al inspector Medina y, a su lado, una fotografía del expediente del inspector Iván Salvatierra.
Durante un segundo nadie habla.
—¡Hostias! —exclama Sáez—. ¡Hostias!
—No puede ser… —balbucea Dasilva, ya de pie y con la respiración entrecortada. Se lleva una mano a la boca—. No puede ser… —repite.
Sus piernas flaquean y en cuestión de segundos se desploma antes de que nadie pueda reaccionar. La silla cae al suelo con un golpe seco.
—¡Carmen! —grita Morris corriendo hacia ella.
Sáez y González se levantan de inmediato y el informático aparta la silla para tumbarla con cuidado en el suelo.
—Levantadle los pies —les pide Sáez.
Elías ya está mojando una servilleta con agua para colocarla en su frente y Gutiérrez está llamando al servicio médico.
Morris se agacha a su lado.
—Carmen, mírame.
Unos segundos después, ella abre los ojos y parpadea varias veces, algo desorientada.
—Tranquila —dice Camila, acariciándole la cara—. Respira.
Su compañera se incorpora ligeramente con ayuda de Sáez y Jorge hasta quedarse sentada en el suelo, apoyada en la pared. Tiene la mirada fija en la pantalla.
—Iván… —murmura, y traga saliva.
—Pospondremos la reunión. Hay que llevarte al servicio médico.
—No, no —niega ella tratando de levantarse—. Ha sido la impresión. Iván murió en acto de servicio hace como diez años.
—Lo sabemos, Carmen.
—¡Dios santo bendito! —exclama.
Elías mira a Morris y ambos reprimen una sonrisa.
—¿Estás segura de que quieres seguir con la reunión?
—Segurísima. Quiero saber qué coño hace Gabriel con un muerto.
Montenegro le ofrece una botella de agua y Camila observa a la investigadora durante unos segundos antes de asentir.
—De acuerdo, continuemos. —Se levanta y vuelve a colocarse frente a la mesa—. Lo primero que tenemos que asumir es que, si ese hombre es Iván Salvatierra, alguien declaró muerto a un policía que no lo estaba.
—O él quiso que lo declararan muerto —puntualiza Jorge.
—¿Y Medina aparece diez años después paseando con él como si nada? —González se inclina hacia delante.
—No me cuadra. —Sáez niega con la cabeza—. Si Gabriel estuviera en peligro habría intentado contactar.
—Lo hizo —afirma Morris en voz baja.
Todos se giran hacia ella.
—Su mujer recibió un ramo de rosas con una frase que ellos solían decirse.
—¿Cuándo? —quiere saber Gutiérrez.
—El nueve de julio —confiesa.
—Gabi no desaparece porque sí —interviene Carmen—. Si está con Salvatierra es porque algo muy serio está pasando.
—Lo que yo quiero saber es cómo un muerto acaba viviendo tranquilamente en una finca de lujo en Marsella —plantea Elías.
El informático cambia la imagen en la pantalla y aparece la fotografía aérea de la propiedad.
Sáez suelta un silbido bajo.
—Eso ya no es una casita cualquiera.
—La casa está registrada a nombre de una fundación europea con sede en Luxemburgo —explica el investigador privado.
—¿Quién está detrás? —pregunta González.
—Una empresa tecnológica —responde Jorge—. Helix Quantum Systems.
El comisario Gutiérrez mira la pantalla unos segundos antes de hablar.
—La pregunta ahora es qué hacemos con esta información.
—¿Se lo comunicamos a Francia? —tantea González.
Carmen niega con la cabeza.
—Si Salvatierra fingió su muerte hace diez años, esto puede ser mucho más grande de lo que pensamos.
—Precisamente por eso hay que informar —insiste González, y Morris se queda pensativa.
—Francia ya está trabajando con nosotros en la operación conjunta. Ocultar algo así podría volverse en nuestra contra —señala ella, haciendo que Elías levante una ceja.
—O podría provocar que os saquen del caso, alegando que Medina está implicado y que vuestra investigación ya no es imparcial.
Se quedan en silencio y Gutiérrez se pone en pie.
—Tiene razón, pero tampoco podemos ocultar esta información eternamente. Jorge, quiero todo lo que haya sobre Iván Salvatierra en los archivos internos. Últimos casos, informes, movimientos antes de su supuesta muerte.
Jorge asiente.
—Eso puedo tenerlo en una hora.
—Carmen, ¿has averiguado algo en Madrid? Debemos seguir las pistas del caso Ébano.
La inspectora suelta una bocanada de aire, coloca un dedo sobre la carpeta y la lanza por la mesa hasta que llega al comisario.
—Más de lo que me gustaría.
Gutiérrez abre la carpeta sin prisa. Pasa un par de páginas mientras el resto del equipo espera.
—Es una red de captación de menores —comienza a explicar Dasilva—. Las sacan de centros tutelados con programas de integración social completamente legales. Les ofrecen trabajos como azafatas o personal de eventos.
—Eso encaja con la operación Ébano —dice Sáez con el ceño fruncido.
El comisario cierra la carpeta y la alienta a continuar.
—He encontrado a una testigo que quiere ayudar y a una exdirectora de un centro tutelado que sabe más de lo que me ha contado, pero no quiere hablar.
—Podemos obligarla —interviene Sáez—. Es obstrucción.
—No —se adelanta a decir ella—, es mejor tenerla de aliada. Desde luego, hay que investigar a Silvia Roca y sus eventos. Ahí está la clave, aunque no podemos ir así de buenas a primeras.
—¿Qué tienes en mente, Carmen? —quiere saber Morris.
—Quiero infiltrar a Lina Ben Youssef.
—¿Cómo dices? —se sorprende González.
—¿Te has vuelto loca, Carmen? —le increpa Sáez—. Estamos para protegerlas, no para lanzarlas a los leones.
El comisario Gutiérrez y Morris siguen en silencio observando a la inspectora.
—No sois conscientes de lo que les hacen —continúa ella—. Sáez, jefe, lean la declaración completa de Lina. Les hacen firmar un contrato legal para sacarlas del sistema tutelado, les hacen creer que van a ir a un sitio mejor. Luego las drogan, las exponen, las catalogan y las venden.
—¡Joder! ¡Putos locos de mierda! —suelta Sáez tras leer la declaración de Lina—. Pero no podemos soltarla así como así.
—En eso estoy de acuerdo con Sáez —confirma Morris.
—Camila, si no se alía con nosotros, estoy convencida de que intentaría algo por su cuenta. Creo que la mejor manera de mantenerla a salvo es a nuestro lado.
—¿Estás segura, Carmen? —pregunta el comisario.
—No tiene nada que perder y mucho que ganar.
—Está bien, mantenme informado de la decisión que tomes. Carmen, lo dejo en tus manos, confío en tu buen criterio, pero con cautela.