Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 53
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Capítulo 53

Alicante

E l lugar que Jorge ha habilitado para que Morris y él trabajen en la búsqueda del Gato está situado en la planta menos dos. Sobre la mesa central hay un portátil negro conectado a una torre independiente.

Morris se detiene en el umbral.

—¿Qué es todo esto?

—He hablado con Gutiérrez.

—¿Qué? —Morris entra con pasos firmes para enfrentarse a su compañero.

—¿Quieres localizar a Medina? —pregunta, y se la queda mirando, desafiándola. Ella toma aire y se cruza de brazos—. No podemos entrar desde la red oficial, y el despacho de Medina lo tenemos vetado. Alguien está monitorizando su dominio.

—¿Entonces?

—He creado una red aislada. No está conectada al sistema central de la comisaría ni a bases detectables externas. Es independiente —indica señalando el portátil—. Es como si no estuviéramos usando el ordenador.

Ella frunce el ceño, algo confundida.

—Lo que ves es un sistema dentro de otro sistema. Como una habitación cerrada dentro del propio equipo. Es muy parecido a lo que Medina tenía en su casa.

—¿Ahora resulta que eres hacker ?

—No, pero en la universidad…, bueno, se hacían cosas.

—¿No nos pueden detectar entonces? —pregunta sentándose a su lado.

—Detectan que hay alguien conectado, pero somos como un fantasma. No saben desde dónde ni pueden interactuar con nosotros.

—Vale. ¿Y dices que esto lo sabe Gutiérrez?

—Está autorizado. Siempre y cuando no interfiera con el trabajo oficial.

—¿Por dónde empezamos? O mejor dicho… ¿por dónde seguimos?

—Necesitamos una identidad que tenga sentido en esos foros. Nada que parezca policial o periodístico —teclea mientras habla—. Tenemos que convertirnos en alguien que necesite un trabajo de limpieza institucional.

—¿Qué tipo de limpieza?

—Borrar un expediente disciplinario. Eliminar una sanción administrativa. Hacer desaparecer una inhabilitación. Algo creíble —afirma, y chasquea los dedos, emocionado—. Algo que solo alguien con acceso profundo pueda hacer.

Morris lo mira de reojo.

En la pantalla aparece un navegador distinto. Sin barra habitual. Sin buscador visible. Jorge introduce una dirección larga compuesta por caracteres imposibles de memorizar.

—Estos son foros de acceso restringido que he conseguido. No se entra publicando un anuncio, se accede recomendado por alguien.

—¿Y cómo lo has conseguido?

El informático sonríe y levanta ambas cejas.

—Yo también tengo contactos, señora inspectora.

Empieza a navegar por hilos antiguos, sin escribir nada. Solo pasa de una conversación a otra mientras toma notas en una libreta que tiene a su derecha.

—Aquí —dice señalando la pantalla—. Este usuario habla de «limpieza quirúrgica de registros». Y aquí otro menciona que «no todos aceptan dinero». Y este tercero… —hace clic en él—, aquí dicen que hay operadores que solo trabajan si creen en el motivo.

Camila entrecierra los ojos.

—¿Creen en el motivo?

—No todos en ese mundo son mercenarios.

Ella apoya los codos sobre la mesa. El móvil vibra y ve en la pantalla un mensaje.

Elías:

En veinte minutos llego a Alicante. Tenemos que hablar, es importante.

Eso hace que la inspectora frunza el ceño y se tense.

—¿Algo urgente?

—No, no… Todo bien —asegura, y señala la pantalla—. Entonces, ¿tenemos que parecer alguien con algo que perder?

—Exacto.

Jorge se queda unos segundos pensando antes de crear el perfil. Finalmente escribe: LineaGris73.

—Vamos a describir el problema, tiene que ser algo sin nombres ni implicar a instituciones directamente. Algo como: «Necesito asistencia para eliminar rastro administrativo en base pública europea. Caso sensible. No es por dinero».

—¿No es por dinero? —La inspectora arquea una ceja.

—Eso llamará la atención correcta.

Publica el mensaje y la pantalla queda inmóvil. A Camila se le tensan los hombros.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora solo podemos esperar. Esto puede tardar días o semanas.

✺✺✺✺

Morris baja caminando hasta el puerto. Elías le ha pedido que se vean en la cafetería de la explanada. No ha querido dar más detalles, solo que debían hablar en persona.

Las terrazas están llenas, pero ella avanza sin ver a nadie ya que su mente está en el mensaje que le ha enviado. Si él ha bajado hasta aquí es porque ha encontrado algo importante sobre Medina. Y el miedo le hace imaginar lo peor.

Cruza la avenida y siente como el asfalto desprende calor y acelera el paso para refugiarse bajo las palmeras del paseo.

Montenegro camina nervioso de un lado al otro y se yergue al verla llegar.

—Me tienes en ascuas —le regaña ella.

—Vas a necesitar estar sentada para ver esto.

Le aparta una silla. Morris traga saliva, aun así, antes de ver nada, ya siente que algo se le va a romper por dentro. Respira varias veces en profundidad.

—Dos granizados de café —le pide él al camarero.

Se sienta en la silla metálica y Elías, a su lado, desbloquea el móvil sin decir nada para colocarlo frente a ella.

La imagen está grabada desde lejos, y es algo inestable, pero se puede ver con claridad el interior de una finca, con una cristalera amplia y un jardín cuidado. Dos hombres cruzan caminando con tranquilidad, uno se gira y eleva las comisuras de los labios.

La inspectora abre la boca y en un impulso le arrebata el móvil.

El mundo se le vacía cuando distingue la barba de varias semanas, el pelo ondulado, la leve sonrisa y esos hoyuelos inconfundibles.

—No… —murmura.

Pausa el vídeo, traga saliva y lo rebobina unos segundos. Lo detiene cuando él gira ligeramente la cabeza.

Medina camina tranquilo al lado de otro hombre en el interior de lo que parece ser una finca privada.

Se le seca la boca y el camarero llega justo en ese momento dejando los granizados con el ticket sobre la mesa.

—¿Es de hoy? —pregunta sin apartar la vista.

—De ayer —responde Elías—. Bebe un trago, no quiero que te desmayes.

—No está secuestrado —susurra al fin—. No está secuestrado.

—Mi misión ha terminado, Camila. He encontrado a tu compañero.

—¡No! Necesito que sigas —ruega, y levanta la cabeza con la cara desencajada.

Elías la observa y parpadea varias veces.

—¿Sabes quién es realmente Gabriel Medina?

Ella se queda quieta, sin respirar. No esperaba esa pregunta.

—Por supuesto que sé quién es… Esto… —Señala el móvil—. Si él…

—Él está ahí por propia voluntad, Camila.

—No puede ser. Debe de estar coaccionado. ¿De quién es la casa? ¿Has averiguado quién es el hombre que le acompaña? —pregunta atropelladamente.

—La propiedad está a nombre de la Fondation Patrimoine Européen, registrada en Luxemburgo. Está vinculada a Helix Quantum Systems.

—Vamos, suéltalo ya —le apura ella—. ¿A qué se dedica esa empresa?

—Multinacional tecnológica. Inteligencia artificial aplicada a defensa, sistemas de vigilancia avanzada. Puedes imaginar que obtiene una facturación millonaria anual.

La inspectora vuelve la vista a la pantalla.

—Le necesitan para algo, Elías. Estoy segura.

—En casa de Medina…, el sistema que tenía montado no era el de un aficionado.

—¿Qué quieres decir? —inquiere, tensa.

—¿Acceso a Tor con un sistema encriptado avanzado?

Usuario activo en la dark web. ¿Con capas de cifrado con varias vpn para que el sistema rebote y ser ilocalizable?

—La voz del investigador suena rasposa, desgastada con un eco que a Camila le duele.

Y ella sostiene su mirada—. Explica cómo encaja todo eso con el Gabriel Medina que conoces y por qué os denegaron el acceso desde su cuenta.

Jorge vio claramente que estuvo conectado hace varios días.

—Él no juega a dos bandas, si es lo que estás insinuando. —Se inclina hacia delante—. Sin ese sistema no habríamos resuelto mi caso, Elías.

—No estoy diciendo que juegue a dos bandas. Pero si es tan bueno… ¿por qué no está en el equipo informático?

Morris aprieta la mandíbula.