Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 52
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Capítulo 52

T eresa espera en el portal de un edificio antiguo de tres plantas. En la fachada hay un dibujo de una mujer de perfil, en tonos azules y ocres.

—Pasa. Vamos al primer piso, que es el de las chicas —le dice a Carmen tras saludarse mientras sube las escaleras con pasos lentos—. Yo vivo sola en el tercero y el segundo está destinado a los chicos.

—Lo tienes todo muy bien organizado.

—Sí, pero para vivir aquí hay normas —responde al llegar al descansillo de la primera planta—. Quien las incumple no vuelve a entrar.

La inspectora aprieta los labios y asiente.

—Carmen, te estoy abriendo las puertas de mi hogar —añade Teresa, deteniéndose un segundo antes de abrir.

—No estoy aquí como inspectora. Creo con total sinceridad que haces una labor muy necesaria.

Ella asiente agradecida y abre la puerta de un salón amplio.

En el centro hay una mesa rectangular de madera.

Los muebles y sofás no combinan entre sí, pero están colocados con intención.

En uno de los asientos hay una chica de tez oscura.

Lleva una sudadera gris y el pelo recogido en una trenza. Sobre su regazo descansa un cuaderno.

—Lina, ella es Carmen. Quiere hablar contigo.

La chica se levanta y asiente. Se sienta en una de las sillas que rodean la mesa larga y Teresa y Carmen la imitan.

—Lina —empieza Teresa—, recuerda que no estás obligada a hablar. Pero quiero que sepas que yo confío en ella.

—No vengo a perjudicarte —interviene Dasilva—. Solo quiero hablar contigo porque quiero ayudar a chicas como tú. ¿Entiendes?

La joven asiente de nuevo y deja el cuaderno sobre la mesa.

—¿En qué centro de menores estabas?

—En el de Gerona. —Mira a Teresa antes de seguir—. Nos enviaron ropa para asistir como azafatas a un congreso y nos hicieron firmar un contrato de trabajo. Mis compañeras estaban emocionadas…, yo la verdad es que no. —Traga saliva—. Los vestidos mostraban demasiado y eso me hacía sentir incómoda.

Acaricia la tapa del cuaderno mientras se recompone.

—Nos recogió una furgoneta. Tardamos unas dos horas, y nada más llegar nos metieron a todas en una sala donde nos dieron de comer y de beber.

Todo era muy lujoso, las chicas estaban realmente emocionadas y yo me dejé arrastrar por ellas.

Estuvimos allí otra hora más hasta que… —parpadea varias veces— una mujer vino a buscarnos.

Iba vestida muy elegante, nos explicó que era la presidenta de la fundación y que debíamos sentirnos orgullosas, que nuestra vida iba a cambiar por completo.

Luego nos ofreció unas copas que contenían un líquido rosado para brindar por nuestro futuro.

Tras oír eso, Carmen siente cómo se le tensan los hombros. Teresa se remueve en su silla.

—Después nos llevaron por un pasillo hasta una especie de escenario.

No veíamos nada ya que había unos focos que nos deslumbraban.

A los pocos minutos de estar allí comencé a sentirme aturdida, lo veía todo como si fuera a cámara lenta.

Y entonces escuché que alguien decía mi nombre, como un eco, fue todo muy extraño.

La joven se queda quieta y se clava las uñas en las palmas de las manos. Para no saltar, la inspectora toma aire, baja un poco la cabeza y lo suelta poco a poco tratando de tranquilizarse.

—No podía moverme. Quería salir corriendo, pero no podía, y entonces una mujer se acercó hasta mí, me sonreía como si me conociera de toda la vida. Me cogió de la mano y me arrastró hasta llevarme al centro del escenario.

—Tómate tu tiempo —le pide Dasilva.

—Una voz muy grave dijo mi nombre completo, mi edad e incluso mi peso —confiesa, y se muerde el labio inferior—. La mujer que estaba a mi lado me hizo girar sobre mí misma, sentí que me iba a desmayar, pero sus manos me sujetaban. Y luego empezaron los números.

Baja la cabeza y se mira las manos.

—Setecientos… Mil… Mil quinientos. —Levanta la vista—. Ahí lo entendí todo —afirma tragando saliva de nuevo—. Me estaban vendiendo.

»Intenté huir, aunque no podía, mi cuerpo no respondía. Me giré para pedir ayuda a la chica que me sostenía, pero muy lejos de ayudarme ella negó con la cabeza y me susurró: «Concéntrate en respirar y todo pasará rápido».

Digiriendo el relato como pueden, Teresa suelte todo el aire que lleva rato aguantando y Carmen se centra en las palabras con los ojos cerrados.

—Después de eso solo tengo fragmentos —continúa Lina con la voz más baja—.

Recuerdo que después nos llevaron a otra sala, en la que había muchos hombres que nos miraban.

Las luces eran muy blancas. Iban diciendo nuestros nombres y luego nos metieron en una caja de madera enorme, aun así, estábamos hacinadas.

Se escuchaban lamentos, lloros…, fue horrible. Todavía tengo pesadillas.

—Lo siento —murmura Carmen. Lina la mira y frunce los labios.

—Hay dos palabras que los hombres repetían como un mantra —añade—. Dubái y España.

—¿Recuerdas alguna cara? —le pregunta la inspectora a Lina, esta asiente.

—Recuerdo algunas caras, pero si tu pregunta es si conozco a alguien, la respuesta es clara: no —miente, porque hay una cara que la persigue en sueños una y otra vez.

—¿Cómo lograste escapar después?

—Había una chica, Lidia. No sé por qué, pero ella me protegía.

Una noche me dijo que nos trasladarían el sábado.

Me explicó que nos darían una pastilla aludiendo que eran unas vitaminas que nos ayudarían con el jet lag , aunque la realidad es que nos drogaría.

Me dijo que escondiera la pastilla detrás de la muela y la escupiera cuando se fueran, y luego me dio una dirección en Tánger con las indicaciones para huir.

Aprieta los labios antes de continuar.

—Lo hice, seguí sus instrucciones al pie de la letra mientras el resto de chicas estaban medio drogadas.

Salí del camión cuando hicieron un intercambio, tal y como ella me había dicho que pasaría.

Corrí sin mirar atrás. —Se limpia las lágrimas que recorren su mejilla—. Pero me detuvieron en la frontera.

—Yo fui a buscarla —interviene Teresa—. Y la traje aquí.

—¿Sin más?

—Me deben favores —asegura, y levanta el mentón, orgullosa.

—Yo fui una afortunada, ¿sabe? Pero hay muchas que no lo son.

Su tono ya no suena frágil, ahora es firme.

—Pero tú no puedes hacer nada —advierte Teresa con el ceño fruncido.

—Sé que nos venden como si fuéramos ganado.

—No podemos intervenir —insiste su tutora de nuevo—. Ya lo hemos hablado.

Carmen observa con atención.

—¿Qué tienes en mente? —pregunta.

—¡No! —Teresa se levanta y golpea la mesa con la palma—. Es muy arriesgado.

Lina la ignora y sigue con la mirada puesta en la inspectora.

—Quiero infiltrarme en la organización.

Dasilva tarda un segundo en reaccionar.

—¿Qué estás diciendo, Lina? —balbucea Teresa.

—Como administrativa en prácticas. O como traductora. Hablo inglés, francés, marroquí y algo de portugués.

—Dios, Lina, ¿quién te ha metido esas ideas en la cabeza? —repite su tutora, asustada.

—Lina, eso es algo muy peligroso —añade la agente con calma.

—Lo tengo todo planeado —responde la chica señalando su cuaderno—. Aquí tengo información valiosa. Sé cómo trabajan. Sé qué buscan. Y soy buena con los ordenadores.

Entonces Carmen se queda analizándola.

—¿Qué clase de información?

—La suficiente.

—Por favor, Lina, ¿de qué estás hablando? —la corta Teresa, acercándose a ella—. Empieza una vida nueva. Lejos de todo esto y olvida todo lo que te ha pasado, por favor.

Una lágrima resbala por la mejilla de Lina.

—No puedo dejarlas solas. Cierro los ojos y las veo. ¿Es que tú no ves a tus niños?

Teresa se tensa y se separa un poco de la joven.

—Eso no es justo —niega con la cabeza.

—No quiero mirar hacia otro lado. Pero soy consciente de que no puedo hacerlo sola.

Desvía la mirada hasta Carmen y, en ese momento, la inspectora ya no ve a una chica indefensa, ahora ve a alguien dispuesto a cruzar una línea, muy peligrosa.