Capítulo 50
C armen llega diez minutos antes de la hora acordada. Abre la puerta de una cafetería que hace esquina en el barrio de Vallecas donde nada más entrar huele a pan tostado y a café recién hecho. Se sienta en una esquina y saca el móvil para comprobar la hora, está nerviosa.
El día anterior contactó con Marina Ortega, una abogada especializada en menores con la que coincidió en varias ocasiones en el pasado. Si alguien sabía dónde se escondía Teresa, esa era sin duda Marina.
—Teresa no habla con policías, Carmen —le advierte la abogada—, pero cuando le mencioné tu nombre no colgó.
La puerta de la cafetería se abre y Teresa repasa el local con la mirada hasta que sus ojos se cruzan con los de la inspectora. Ella eleva ligeramente la comisura de los labios y asiente a modo de saludo.
—No dispongo de mucho tiempo.
La educadora social se sienta frente a ella. Lleva unos vaqueros desgastados, una camiseta negra y una chaqueta beige que se retira al acomodarse.
—Gracias por venir —dice la agente.
Un camarero deja una taza en la mesa contigua haciendo un ruido seco. Dasilva carraspea y ordena sus ideas. No sabe cómo abordar el tema sin que esa mujer se levante y se marche de un salto.
—Carmen, ayudaste a una de mis chicas sin hacer preguntas hace muchísimo años —afirma Teresa—. Te debo un gran favor, por eso estoy aquí.
—Estoy en medio de una investigación —afirma en voz baja— y el nombre de Silvia Roca ha aparecido vinculado.
La mandíbula de Teresa se tensa.
—¿Y qué quieres de mí?
—Te saliste del sistema —señala, y la mira sin apartar la vista—. Estoy segura de que lo hiciste porque viste cosas.
—Si estás aquí para que declare contra ella, estás perdiendo el tiempo.
El camarero se acerca con la libreta.
—¿Qué les pongo?
—Café con leche y una tostada con aceite y sal, por favor —pide Carmen.
—Café solo —dice Teresa sin apartar la mirada.
Cuando el camarero se aleja, la inspectora continúa.
—He venido a entender.
Teresa se reclina ligeramente en la silla.
—¿Entender qué?
—Por qué alguien como tú desaparece de un día para otro —suelta, y hace que su interlocutora trague saliva.
—No desaparecí —corrige—. Me aparté que es muy diferente.
—¿Por qué? Los centros de menores eran tu vida.
—Dejaron de serlo cuando el sistema abrió la puerta a fundaciones con convenios impecables. Imponiendo charlas motivacionales y de empoderamiento sin ningún sentido. Todo por la educación de los niños, decían.
—¿Qué pasaba después?
—Después cumplían dieciocho y volaban.
El camarero deja los cafés y Carmen espera a que se marche para retomar la conversación.
—¿Qué hay de raro en eso?
—En que nunca volvían —reniega con la cabeza—, muchas de mis niñas nunca volvían a verme.
Una lágrima aparece en la mejilla de Teresa que, al darse cuenta, se la retira de una forma brusca.
—Entiendo a lo que te refieres—contesta Dasilva—. He revisado algunos contratos y la mayoría eran de tres meses en Francia o Italia como azafatas y camareras de hotel.
—Siempre es así. Contratos temporales, eventos privados, todo en aras de la movilidad humanitaria —afirma la educadora social, con la vista fija en la taza.
—¿Movilidad humanitaria? —repite Carmen, afinando el oído.
—Es el término que usan. Suena mejor que exportación.
La inspectora siente el golpe y sabe que es el momento de intentar tirar del hilo, se siente mal por tener que hacerlo, pero es el momento.
—Tenemos el informe de una chica que se escapó durante un traslado —añade, observando la reacción de Teresa— y lo único que le sacaron fue la palabra Dubái.
—Dubái no es un destino —revela Teresa, sin apartar la mirada—. Es una categoría.
—¿Una categoría?
—Sí, pasan a ser nivel premium .
Carmen frunce el ceño.
—No te sigo.
—Cuando dicen que una chica «va a Dubái» no significa que sale del país. Significa que la han subido de nivel. Que deja de ser mano de obra barata y pasa a otro circuito.
El ruido de la cafetería parece apagarse de golpe para la agente.
—¿Qué circuito?
—El que no aparece en contratos ni en billetes de avión —le indica la tutora de esas jóvenes con una sonrisa torcida—. El de cenas donde las invitan como «imagen del proyecto». Donde hay cargos públicos, empresarios, gente con despacho en edificios oficiales.
Carmen no parpadea.
—¿Y después?
Teresa sostiene su mirada.
—Después dejan de responder al teléfono. Y nadie sabe nada de ellas.
—Quiero saber cómo funciona, no pueden desaparecer de la noche a la mañana —le pide Dasilva, tragando saliva.
Teresa sostiene la taza entre las manos y se toma un momento antes de responder.
—El problema es que no todas desaparecen, solo algunas categorías.
—No lo entiendo, ¿por qué nadie lo ha investigado antes? ¿Por qué…?
—Silvia no recluta en la calle, Carmen. Tiene acceso a menores tuteladas antes de que cumplan la mayoría de edad.
Les habla de formación, de eventos internacionales, de visibilidad, y les ofrece una vida de lujo.
Cuando firman, ya no son responsabilidad del centro porque ya son adultas, ellas han firmado por propia voluntad. Todo está en regla.
Hace una pausa y respira para tratar de tranquilizarse.
—Y si alguien pregunta, se fueron voluntariamente. No te imaginas la de veces que he ido a comisaría y la respuesta siempre ha sido la misma: son adultas y se han marchado fuera a trabajar —asegura, bebiendo un sorbo.
»Al principio, piensas que exageras. Que son paranoias, pero luego empiezas a contar, y te das cuenta de que no.
Pero hay tantos problemas en un centro que los meses pasan muy rápido, y cuando te paras y ves que cada año desaparecen más de los que deberían…
lo entiendes. En ese momento te das un baño de realidad y…
—… quieres dejarlo todo —confirma la inspectora.
—Quieres suicidarte, Carmen, piensas en todas esas niñas, y también niños, que se fueron con una sonrisa en la cara de tu centro, con tu firma, y lo único que quieres hacer es matarte.
—¿Tú debías firmar para que pudieran acceder a ese contrato?
—Sí, yo tenía que firmar para dar el consentimiento como su tutora, aunque fueran mayores de edad, y en ese momento ya pasaban a formar parte del proyecto humanitario. Era una forma de salvarse las espaldas.
Carmen desliza la mano sobre la mesa e intenta tocar la de Teresa, pero ella la retira.
—Luego tu dolor se transforma en lucha —continúa ella—. Empiezas a hacer preguntas incómodas, te enfrentas a ellos. Y entonces te dan otro baño de realidad y te recuerdan quién financia los centros, así que como eres consciente de que hay muchos menores a tu cargo, bebés y niños, sigues adelante.
»Hasta que un día la ves por la televisión, en uno de sus eventos, sonriendo y haciendo gala de la cantidad de reinserción en el mercado laboral que ha hecho, de la cantidad de becas universitarias conseguidas por su fundación y la lucha se transforma en rabia.
—¿Te refieres a Silvia Roca?
—Silvia es la cara bonita, la cara visible, pero la red que hay detrás nadie la conoce, no sabéis dónde os estáis metiendo.
—¿Está Lina contigo? —pregunta de golpe, pero Teresa no responde de inmediato. La tensión se palpa.
—No sé quién es Lina —contesta con contundencia.
—No he venido a llevármela. —La inspectora levanta las manos—. Solo quiero hablar con ella.
Su interlocutora se levanta medio centímetro de la silla, apoyando las manos sobre la mesa, luego mira a Carmen y vuelve a sentarse.
—He construido un hogar —dice—. Un sitio donde no se firman papeles con promesas vacías.
—Eso es lo que quiero proteger.
—No puedes protegerlas desde dentro del sistema, tú eres el sistema, Carmen —niega Teresa.
—Entonces ayúdame a romperlo.
Su interlocutora la estudia durante un largo rato.
—Si sigues esta línea de investigación, no solo te enfrentarás a una fundación, hay muchos peces gordos implicados y tratarán de quitarte de en medio.
—¿Y lo que me propones es mirar hacia otro lado?
Dasilva no parpadea, Teresa tampoco, se están retando cada una desde su punto de vista.
—No creo que seas consciente de a lo que te enfrentas.
—Estoy preparada.
—No lo estás.
La educadora social termina su café y se levanta negando con la cabeza.
—Pero puede que lo esté si me ayudas —insiste la agente.
Teresa la mira, aprieta los labios y toma una amplia bocanada de aire para finalmente asentir con la cabeza.
—Está bien, mañana a las diez.
—¿Dónde?
—Te mandará la dirección Marina.