Capítulo 46
París
Al otro lado del cristal, un hombre mayor, con el uniforme de la Police Nationale desabrochado por el cuello y un bigote poblado, se incorpora despacio de su puesto de control.
Es Maurice, un veterano a punto de jubilarse con cara de pocos amigos.
Se acerca a la esclusa de seguridad y entorna los ojos al reconocer a Morel y a la mujer.
—¿Qué quieres a estas horas?
—Estoy investigando una noticia y necesito un pequeño favor, Maurice —interviene Sandrine, pegándose al cristal.
El policía mira el reloj.
—¿Sabes qué hora es?
—Lo sé. —Sandrine espera a que Maurice pulse el botón que libera el imán de la puerta, entra en el vestíbulo y en voz baja añade—: Es información confidencial.
—¿Quién es ese? —señala a Elías.
—Me está ayudando con el artículo. Necesitamos revisar las cámaras del Plan de Videoprotección de París.
—¿Y por qué no solicitas el acceso tú? —pregunta mirando a Jean que carraspea antes de contestar.
—Estoy suspendido, Maurice.
Suelta una carcajada y niega con la cabeza.
—No dejas de meterte en líos, ¿verdad?
—No es eso, creemos que… —se queda en silencio—, da igual, déjalo.
—Por favor —insiste Sandrine—. Esto es importante, no te lo pediría si no lo fuera.
—Sandrine… —Maurice alarga las sílabas mientras observa a Jean y a su amigo de arriba abajo—, sabes de sobra que la sala de pantallas del PC Lutèce está restringida. Si el comisario se entera de que dejo entrar a unos civiles y a un compañero suspendido…
—Vamos, Maurice. Esto es clave. Puede ser algo gordo y no se trata de un capricho. Confía en la intuición de Jean.
El policía vuelve a mirar a Morel, lo conoce desde que era un novato y sabe que siempre ha estado metido en líos, aunque ha de reconocer que en casi todas las ocasiones tenía razón. Sin embargo, sus métodos para conseguir la información siempre han sido los más desafortunados.
—No puedo, Sandrine. No puedo dejar que entre cualquiera aquí. Este es mi trabajo y mi jubilación depende de estos últimos años.
—No somos cualquiera, Maurice. Conoces a Jean, me conoces a mí. Y esto podría ser la oportunidad de mi vida —suplica ella—. Por favor.
El policía guarda silencio negando con la cabeza.
—Una hora. Solo te pedimos una hora —insiste Sandrine.
Maurice resopla, mira de nuevo el reloj, se gira hacia el panel de llaves y camina hasta su puesto, de donde saca una tarjeta magnética con el sello de la Prefectura unida a un llavero de plástico gris.
—Una hora. —Acerca la tarjeta a la mano de Sandrine y luego la retira un segundo—. Con una condición.
Eso hace que la periodista contenga el aliento.
—Le conseguirás un puesto de becaria a mi hija.
Sandrine abre mucho los ojos, parpadea varias veces y al final asiente con la cabeza.
—Lo intentaré. —El policía retira la tarjeta y la mira serio—. Maurice, ¿prefieres que te mienta? Si te digo que lo intento es que lo intento.
Suben por las escaleras hasta la tercera planta. La sección de Vigilancia Urbana está desierta. Continúan caminando en silencio por el pasillo hasta llegar a una puerta metálica con un letrero: Direction de la Sécurité de Proximité - PC Vidéo.
La periodista pasa la tarjeta aguantando el aire hasta que la puerta se abre sin hacer ruido.
Entran en la sala de control. Una de las paredes está cubierta de pantallas con mapas de París divididos por distritos y justo debajo hay una mesa alargada con seis monitores encendidos.
Elías abre ligeramente los ojos, sorprendido.
—¿Y ahora qué? —pregunta Sandrine, cruzándose de brazos frente a ellos.
—El experto es él —señala Jean, y el investigador asiente y se sienta frente a uno de los monitores. Empieza a teclear.
—¿Sabe lo que hace? —inquiere ella desde detrás.
A los pocos segundos, la cámara principal cambia dejando ver la vista elevada de un muelle.
—La noche del veintinueve —anuncia Elías.
La periodista y el agente se miran y se sientan a su lado de inmediato. La imagen muestra una embarcación que llega y de ella se bajan dos figuras que van arrastrando un cuerpo inerte.
Sandrine ahoga un grito y se tapa la boca.
Elías pulsa un comando para cambiar de cámara. Ahora se observa con claridad que los dos hombres lanzan al inspector Medina dentro de la furgoneta blanca y arrancan en dirección hacia el final del muelle.
La periodista agarra la mano de Morel, él toma aire y le acaricia el dorso de la mano para tranquilizarla sin poder apartar la vista del monitor.
Mientras tanto, el investigador maneja el joystick y la furgoneta aparece en primer plano al girar la esquina de la calle lateral.
Cambia con rapidez a la siguiente cámara, siguiendo el rastro del vehículo y observando cómo se aleja hacia el norte.
Luego pasa por un semáforo en ámbar, llega al siguiente cruce y se introduce en un túnel.
Montenegro coloca la cámara de salida de este y se recuesta hacia atrás.
—Es el túnel de Saint-Victor —dice Sandrine, más por llenar el silencio que por otra cosa.
—Han pasado ya dos minutos. Debería estar a punto de salir —anuncia Jean, inclinándose hacia la pantalla.
Pasan dos minutos más, pero no hay rastro de la furgoneta blanca en la que va el inspector español. Elías acelera el vídeo y un minuto después, la furgoneta aparece.
Se quedan en silencio sin saber muy bien qué hacer.
—Han hecho un intercambio, seguro. ¿No hay cámara interior?
—No lo sé —contesta el investigador, tenso, tecleando códigos de acceso a los servidores secundarios.
—Vuelve a ponerlo. Vamos a contar cuántos coches salen —sugiere Sandrine. Elías obedece pues todavía sigue un poco en shock .
—Llevamos diez coches y no han pasado ni veinte segundos. Es buscar una aguja en un pajar, Sandrine —se queja Elías.
—Ayer no tenías ni el pajar.
Montenegro se gira y se disculpa:
—Perdona. Estoy nervioso. No he dormido muy bien estos días y…
—Tranquilo. Te entiendo.
Cincuenta vehículos en cuatro minutos y medio.
—Yo lo que haría es…
—La tengo —interrumpe el investigador—. Cámara de seguridad de la galería interna.
La lanza a la pantalla principal. La imagen es oscura, lejana, pixelada, pero se distingue un coche rojo que se para delante de la furgoneta.
—Ahora hay que seguir al coche rojo —anuncia Jean.
Sandrine se levanta y se acerca más a la pantalla.
—Retrocede.
—¿Qué?
—Que retrocedas.
Elías obedece, rebobinando la cinta digital hasta que ella le pide que pare. Reproducen el vídeo píxel a píxel. Ven dos figuras que se acercan, parece que charlan de algo bajo las luces anaranjadas del túnel, una le hace entrega de algo a la otra.
La investigadora entorna los ojos analizando la escena.
—No están bajando a nadie. Fíjate bien. El copiloto de la furgoneta y el conductor del coche rojo se han intercambiado.
Jean se levanta para liberar tensión en las piernas mientras Elías intenta ampliar la imagen, pero se pixela demasiado.
—¿Qué están haciendo?
La imagen congelada muestra el lateral del túnel con una puerta metálica empotrada en la pared, está abierta. Montenegro se queda inmóvil.
—¡Qué cojones! —balbucea, retrocede y vuelve a pasar esa parte del vídeo ahora fijándose en esa parte del vídeo donde se puede observar como una sombra arrastra algo hacia el interior.
—Lo están sacando por la puerta de mantenimiento del túnel.
Ninguno de los tres dice nada, Sandrine mira a Jean y traga saliva.
—¿Quién es esta gente, Jean?
El agente francés no aparta la vista de la pantalla.
—No lo sé.