Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 43
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Capítulo 43

Alicante

M orris entra en casa pasadas las ocho de la noche. Hay un llanto intermitente en el salón y el sonido del extractor de la cocina se escucha de fondo. Deja el bolso en la entrada y se quita los zapatos sin hacer ruido.

Álex aparece por el pasillo con Laura en brazos. Tiene una gasa apoyada en el hombro y la camiseta manchada de leche.

—Bienvenida a casa, mami. Pensé que ya no llegabas.

—Ni yo tampoco, amor. Ni yo tampoco.

Su marido se acerca y la abraza. Ella le quita a Laura de los brazos y le da un beso, impregnándose de su olor.

—Voy a por Pedro, es la hora del baño.

—Siempre llego en el momento perfecto —ríe Camila—. Mamá siempre llega en el momento perfecto.

Sube las escaleras con Laura en brazos y se mete en el baño. Deja correr el agua caliente y a los pocos segundos entra Álex con Pedro, que al ver a su madre sonríe y alza los bracitos.

—¿Y mi amor? —le dice antes de acercarse para llenarle la cara de besos.

—Te han echado de menos —murmura él.

—Y yo a ellos.

—¿Solo a ellos?

Su mujer lo mira y apoya la cabeza sobre su pecho. Cierra los ojos y respira, soltando todo el aire de golpe.

El vapor ya comienza a empañar el espejo. Camila se sienta en el borde de la bañera mientras Álex le entrega también a Pedro. Se queda en una posición incómoda, con los dos niños, está agotada pero feliz de estar en casa.

—Maite ha recibido un ramo de flores que se supone que es de Medina.

Eso hace que Álex se detenga un segundo y se gire lentamente, con los ojos muy abiertos.

—¿Habéis encontrado una pista? —pregunta mientras comienza a preparar una de las bañeras con agua tibia.

Ella se levanta y coloca a Pedro en uno de los cambiadores y a Laura en el otro. Comienza a desabrocharle el body al pequeño y le quita el pañal.

—Medina le regala cada año doce rosas rojas, en el día de su aniversario —señala mientras Álex comprueba la temperatura del agua.

—Está bien. Pásame a Pedro —pide, midiendo cada palabra. No quiere que Camila se haga ilusiones.

El pequeño se queja, pero su madre le susurra algo al oído. Mientras tanto, su marido se cambia de lado y se dispone a quitarle el body a la pequeña Laura.

—¿Y tú qué crees? —pregunta.

—No sé qué creer, Álex. Creo que estamos siendo manipulados. —Hace una pausa—. Otra vez.

—¿Crees que han vuelto? —Se queda pensativo rememorando el caso de los murciélagos.

Morris chasquea la lengua y niega con la cabeza. Se vuelve hacia su hijo y enjabona con cuidado el cuello de Pedro y detrás de las orejas. Le retira el jabón y lo saca rápido para envolverlo en un pequeño albornoz y acurrucarlo contra su pecho.

—Ya, mi amor, ya. —Lo mece mientras su marido cambia el agua de la bañera y mete a Laura, que no se queja—. No lo creo. Presiento que esto es otra cosa.

Álex coge el otro albornoz y saca a la pequeña Laura.

—¿A ti cómo te ha ido? —cambia de tema la inspectora.

—Ha ido bien —sonríe. Levanta la vista con Laura envuelta en el albornoz—. Me han ofrecido colaborar con la fundación MONA.

—¿En serio? —Abre la boca sorprendida y se acerca para darle un beso—. Enhorabuena, mi amor. Te lo mereces.

Tras el baño, visten a los pequeños con unos pijamas iguales.

—Trabajan con chimpancés y macacos rescatados del tráfico ilegal, circos y laboratorios.

Los rehabilitan, los devuelven a algo parecido a una vida en grupo.

Quieren que yo coordine la parte etológica del nuevo grupo que llegará en otoño: evaluar comportamiento, estrés, jerarquías, diseñar el proceso de integración.

Hace una pausa y levanta la vista. Morris se está mordiendo el labio inferior, emocionada.

—Cariño… —dice suspirando, y se acerca para darle un beso. Ella lo abraza.

—Te lo mereces.

—Aún no les he dado una respuesta. Quería hablarlo contigo.

—No lo dudes. Has nacido para esto, Álex.

Salen del baño y caminan hasta el dormitorio de los niños. Colocan a cada uno en el interior de su cuna y encienden un proyector de estrellas que gira en el techo, con una música muy suave de fondo, mientras Camila acaricia el cuerpecito de Laura.

—Es para lo que llevo trabajando años. La finalidad de Salvamento Animal era ese: llegar a asociaciones con más recursos, pero…

Se queda en silencio observando a sus hijos. Los pequeños respiran tranquilos. Salen sin hacer ruido y dejan la puerta entreabierta, apenas un par de dedos. Morris lo abraza por la cintura.

—Es tu momento, amor.

—Lo sé, pero ahora tenemos dos monitos en casa que…

Ella le golpea suavemente el brazo y le advierte:

—No les llames así.

Ante la reprimenda, Álex se carcajea.

—Los niños, shhh —le pide ella tapándole la boca.

—Los niños duermen como lirones. —Le coloca la mano bajo el mentón y la acorrala contra la pared. La respiración de ambos se acelera en segundos.

—Acepta el cargo, Álex. De verdad.

Los labios de él se encuentran con los de ella. Al principio es un contacto breve, contenido, como si ambos midieran el momento. Luego sus lenguas se buscan, se reconocen y se dejan llevar. El beso se vuelve intenso cuando Camila tira de la camiseta de él pidiendo más.

Él se separa, le sujeta la cara con ambas manos, para mirarla fijamente, como si necesitara anclarla ahí, en ese momento, para comprobar que es de verdad. Ella responde pegando el cuerpo al suyo, con la respiración entrecortada y se lanza a sus labios de nuevo.

De repente, su marido la coge en brazos sin romper el beso y Camila se agarra a su cuello por puro instinto. Él la tiene sobre su cintura, firme, decidido y camina con ella atravesando el pasillo hasta su habitación, donde la coloca con cuidado sobre la cama.

Camila se apoya en los codos sin apartar la mirada del cuerpo de él.

Tiene las mejillas encendidas y la respiración acelerada.

Álex se queda de pie un segundo, observándola.

Se inclina sobre ella despacio pero no vuelve a besarla de inmediato.

Apoya la frente en la suya, sus narices se rozan sintiendo el aliento del otro, en ese momento tan íntimo.

—Te he echado de menos —murmura ella, casi sin voz.

Álex le besa el cuello, lento, sin prisa, y ella cierra los ojos y se deja hacer. En ese momento, el mundo se reduce a ese contacto, a ese espacio mínimo entre los dos.

Rápidamente, él se acomoda a su lado, sin invadirla del todo, dejando que el cuerpo de ella marque el ritmo. Camila apoya la cabeza en su hombro, lo besa sintiendo el latido bajo la piel, tan constante y tranquilizador como siempre y se coloca a horcajadas sobre él.

Ella se inclina para besarle, y cuando se levanta, Álex la invade en un movimiento rápido y certero. Camila echa el cuello hacia atrás, excitada al sentir su calor dentro. El movimiento se vuelve más intenso, más urgente, hasta que el control desaparece y el clímax los alcanza casi al mismo tiempo.