Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 42
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Capítulo 42

París

E l bar está casi vacío cuando Elías entra, el sitio huele a fritura recalentada y la televisión está encendida mostrando un partido de fútbol.

Recorre el local con la vista, pero no ve a Jean. Se acerca a la barra, pide un refresco y unos nachos con queso y guacamole y se sienta en una esquina a esperar. Necesita pensar, poner en orden todas las piezas.

El camarero le trae la comanda y le da las gracias sin levantar la vista de los documentos que ha extendido sobre la mesa. Los ha traído para enseñárselos a Morel porque está decidido a arriesgar, hay demasiadas dudas, demasiados agujeros por llenar.

¿Qué tiene que ver en todo esto Anya Kovalenko?

¿Dónde trasladaron a Medina y por qué?

Jean, suspendido de empleo y sueldo. ¿Una medida demasiado extrema por simple curiosidad en un caso?

Menores. Mujeres.

Perdido en sus pensamientos, ve cómo el francés entra. Saluda al camarero con un gesto cansado y se sienta en un taburete de la barra. Este le coloca una cerveza delante y se aleja.

Elías termina sus nachos, recoge los documentos y se sienta a su lado.

—Hoy estás tomando algo menos fuerte.

Jean desvía la vista de su cerveza y la posa sobre el nuevo interlocutor. Lo observa sin entender.

—Elías —se señala—. La otra noche compartimos algo más fuerte que una cerveza —ríe.

—Oh… —Abre los ojos—. Disculpa, no te había reconocido. ¿Quieres una? —pregunta levantando la cerveza.

El investigador asiente.

El camarero le coloca el botellín delante y los observa unos segundos más de lo necesario. A Morel lo conoce desde hace años, sin embargo, Elías es un desconocido.

—Trabajo para la inspectora Morris —confiesa el investigador español de golpe, sin mirarlo. Da un trago a su cerveza y fija la vista en el televisor.

—Debí imaginarlo.

—¿Por qué?

—Me envió un mensaje pidiéndome que rastreara una matrícula. Pero no tengo acceso —afirma carraspeando.

—Es la furgoneta en la que se llevaron a Medina.

Jean se gira con los ojos muy abiertos y la boca desencajada.

—Ayúdame, Jean —dice Elías en voz baja, dejando las imágenes de la furgoneta sobre la barra—. Es la única pista que tenemos desde que lo secuestraron.

—¿Cómo has conseguido estás imágenes?

—Hackeé el sistema de cámaras.

—¿Y para qué me necesitas entonces? —pregunta el agente francés.

—Necesito seguir el resto del recorrido de la furgoneta —responde Montenegro sin levantar la vista—. Lo he intentado, pero son servidores municipales cerrados. Si intento forzarlos, saltarán alertas. Y ahora mismo no podemos permitirnos que nadie sepa qué o dónde estoy mirando.

Abre la carpeta y le muestra las fotografías en las que se ve a los dos hombres sacando al inspector a rastras de la lancha.

—¡Mierda! —balbucea Jean, tomando las fotos—. No tengo acceso al departamento.

—¿Sigues suspendido de empleo y sueldo?

Morel asiente y se termina la cerveza de un solo trago.

—¿Por qué? —insiste Elías—. Solo por meter las narices no te suspenden.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Esa pregunta hace que el investigador suelte una carcajada breve.

—Hubo una temporada en la que estuve en ese bando —asegura, eso hace que el francés lo estudie.

—¿Quién eres?

—¿Eso importa?

Morel se humedece los labios y levanta el botellín vacío para pedir otro. Entrelaza las manos sobre la barra y cierra los ojos unos segundos. Una parte de él se siente responsable de la desaparición del inspector Medina, él, en cierta manera, le avivó para que investigara.

—Tengo una amiga periodista —dice al fin—. El comisario quería que la sobornara para publicar una mentira sobre la desaparición de Medina. Para desviar el foco de atención, ¿sabes? Y yo me negué en rotundo, aunque no me creas, tengo principios. Pero creo que Sandrine podría ayudarnos.

✺✺✺✺

Una hora después están frente a una bonita casa colonial en uno de los distritos exteriores. La luz del porche está encendida y proyecta una sombra alargada sobre las escaleras de piedra.

Morel se adelanta y abre la verja con un leve chirrido metálico. Sube los tres escalones del porche seguido por Elías y llama al timbre.

A los pocos segundos, dentro se escucha un ruido amortiguado, como pasos lentos sobre madera. Después, la puerta se abre.

Tras ella aparece una mujer exuberante, de cabello rubio rizado que cae en cascada sobre los hombros. Sostiene unas gafas por la montura, girándolas distraídamente entre los dedos. Lleva una camisa amplia y pantalones oscuros. Va descalza.

Primero posa la mirada en Jean y sonríe de medio lado.

—¿Estoy detenida, agente? —suelta en una carcajada breve.

Después desvía la vista hacia Elías, que permanece un escalón por detrás con una sonrisa contenida.

Lo recorre con la mirada, de arriba abajo, sin disimulo, antes de detenerse un segundo de más en sus manos.

—¿Has traído escolta?

Jean suspira.

—Es Elías, un amigo español —indica, pero se queda en silencio porque se da cuenta de que no sabe ni su apellido.

—Elías Montenegro. —Se adelanta con una mano para saludarla, ella asiente con la cabeza y le devuelve el apretón de manos.

—Necesitamos tu ayuda, Sandrine —susurra el agente con algo de inquietud.

Ella levanta las cejas. Se lleva la patilla de las gafas a la boca y la muerde con gesto pensativo.

—¿Y cuándo no, Jean? ¿Cuándo no?

—¿Podemos pasar?

Sandrine inclina ligeramente la cabeza.

—¿Qué obtengo yo a cambio?

Elías suelta una carcajada seca.

—Es buena, Morel. Tiene que estar en el equipo.

La mira con media sonrisa. Ella entrecierra los ojos, calibrándolo, pero no parece ofendida, más bien divertida.

Un segundo de tensión después se aparta hacia un lado, dejándolos pasar.

—Quince minutos —dice—. Y si no me interesa, os vais sin rodeos ni insistencias.

La puerta se cierra tras ellos con un clic seco.

El interior no tiene nada que ver con la fachada colonial. Es una casa moderna, recién reformada, de estilo minimalista. Todo blanco. Todo limpio. La cocina se integra con el salón en un único espacio dominado por una gran isla de piedra gris.

Sandrine se dirige hacia allí seguida de sus invitados. Abre la nevera, saca una botella de vino blanco y sirve tres copas sin preguntar.

—Hablad —les exige, sentándose en uno de los taburetes altos.

Jean intercambia una mirada rápida con Elías. Él asiente y desliza la carpeta por la encimera.

—La noche del 29 de junio secuestraron a un inspector español cerca del Sena.

Intrigada, ella deja la copa sobre la encimera y abre la carpeta.

—Lo sé —aclara pasando las fotografías—. Tu jefe vino para intentar sobornarme.

Levanta la vista y mira directamente a Morel, que aprieta los puños.

—¿Y qué le dijiste?

—Que solo trabajo contigo. Soy leal. —Coge la copa de nuevo y da otro sorbo guiñándole un ojo. Luego desvía la mirada hacia Elías, que sigue en silencio, y añade—: ¿Y él qué pinta en todo esto?

—Está investigando la desaparición del inspector Gabriel Medina y ha encontrado una pista —le revela inclinándose ligeramente hacia delante—. Necesitamos acceso a las cámaras de tráfico de la ciudad y yo estoy suspendido.

—¿Y qué crees que podría hacer yo?

—Sé que tienes contactos en la prefectura de tráfico.

Sandrine no responde de inmediato. Cierra la carpeta y golpea suavemente las fotos contra la encimera para alinearlas.

—Esto es gordo, Jean. Quiero la exclusiva —señala con los brazos cruzados, mirándolos a los dos.

—¿Eso es un sí?