Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 41
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Capítulo 41

E l tren avanza con un traqueteo constante.

Carmen va pegada a la ventanilla, con la chaqueta doblada como si fuera una almohada.

No duerme del todo, aunque parece relajada.

Pero la realidad es que ninguna de las dos ha podido dormir tras el operativo, y mucho menos tras la llamada del comisario Gutiérrez.

Morris saca el móvil y ve un mensaje de Álex y una llamada perdida de Maite que había dejado olvidada. Se levanta para dirigirse a la cafetería.

—¿Cómo estás? —Camina agarrándose a los asientos por el pasillo hasta llegar al vagón de la cafetería, pero acaba deteniéndose entre dos vagones.

—Deseando verte —contesta su marido al otro lado—. ¿Cómo ha ido todo?

—Complicado, Álex. No logro encajar la pieza de Medina en este caso. Hay algo que no entiendo, nos ocultan algo, porque él no encaja en la ecuación.

Su marido se queda en silencio momentáneamente al otro lado de la línea.

—Lo siento tanto, Cami. No sé cómo ayudarte.

—Ya lo haces —sonríe—. ¿Cómo están los niños?

—Mi hermana pasa a recogerlos por la guardería. Yo tengo la reunión del proyecto en dos horas y estoy con la cabeza a mil.

—Se me había olvidado, lo siento, pero lo vas a hacer muy bien. Nadie mejor que tú conoce a tus animales, cariño. Confía.

—Lo sé, aunque…

—No dudes.

—¿Y si no están bien en la nueva reserva?

—Álex —le habla Camila, viendo por la puerta cómo los árboles pasan a toda prisa—, respira. Son reservas especializadas, van a estar con otros animales de su misma especie y… sé que es duro, sé que son parte de ti, pero es lo mejor para ellos.

—Te quiero. —Las palabras de Álex salen solas y Morris cierra los ojos. Se siente tremendamente afortunada de tenerle en su vida.

—Y yo —contesta—. Te veo esta noche.

Entra en la cafetería, se pide un solo largo sin azúcar, espera pacientemente a que se lo sirvan y se sienta en un taburete mirando hacia el exterior. Se termina el café y marca el número de Maite.

—¿Camila? —La voz de Maite suena baja. Morris sonríe al escucharla.

—Maite, disculpa. Estaba en un operativo y acabo de ver tu llamada. Ya estamos de vuelta. ¿Cómo estás? ¿Y Lucía?

—Está en el colegio. Te he llamado porque he recibido algo —deja caer, provocando que Camila se enderece.

—¿Qué quieres decir con que has recibido algo?

La línea se queda en silencio un instante.

—He recibido un ramo de rosas rojas —revela, y esa revelación le hace aguantar la respiración a la inspectora—. Justo en la fecha de mi aniversario con Medina. —Maite se queda en silencio—. Rosas rojas, Camila. Doce para ser más exactos. Con un mensaje: «Para siempre».

Morris no es capaz de hablar, tiene la boca seca, tampoco parpadea y durante un par de segundos siente que pierde la visión.

—Han llegado a casa de mi madre —termina de decir Maite—. ¿Cómo sabe que estoy en casa de mi madre, Cami?

La inspectora aprieta la mandíbula.

—¿Había remitente?

—No, pero… —dice bajando aún más la voz, ella se tensa— la nota tiene una marca.

—¿Qué clase de marca?

—Un grabado muy suave. Casi no se aprecia. Lo puse a contraluz y vi que era… un gato sentado.

Ahora sí, Morris se queda sin aire un segundo.

No es un símbolo cualquiera ni tampoco una coincidencia. Le pasan por la cabeza el pen drive , los metadatos, el patrón repetido y por último el sello digital.

—¿Le has contado esto a alguien?

—No. Pensé en llamar a la comisaría, pero… —La voz se le rompe—. ¿Por qué, Cami?

Ante esa pregunta, la inspectora mira alrededor porque por un momento se siente observada, sin embargo, el camarero va a lo suyo, la chica sentada en la barra está mirando por la ventana mientras se toma su zumo y el revisor pasa por su lado y la saluda con una sonrisa.

—Maite, escúchame —dice con firmeza—. No llames a la comisaría. No hables con nadie más de esto y guarda esa nota. No la toques más, ¿vale? Métela en una bolsa o en un sobre limpio, lo que tengas por casa, pero guárdala.

—Ya la he guardado en una bolsa plástica —susurra Maite—. Camila… ¿Eso significa que Gabi…?

Morris siente el pinchazo en el pecho.

—Significa que alguien quiere que tú pienses en él —contesta con cuidado—. No sabemos si ha sido él, cariño. Debemos ir con pies de plomo.

—Tengo miedo.

—Lo sé. —Morris baja un poco la voz y añade—: Pero no estás sola.

Traga saliva y no dice nada más durante un segundo, porque cualquier frase le parece insuficiente.

—Camila… —duda Maite—. ¿Y si esto es una despedida?

—No lo es —la corta su amiga, demasiado rápido, demasiado visceral—. No lo es, ¿me oyes?

—Vale —susurra ella.

—Confía en mí.

Cuelga y se queda mirando el móvil, temblando. Luego saca el otro móvil y marca otro número.

—¿Quién? —pregunta Jorge, cauteloso al no reconocer el número.

—Soy Morris, estamos en el tren de vuelta, pero ahora necesito que me escuches con atención y que no me hagas preguntas.

—Eso me tranquiliza muchísimo —ironiza él—. Dime.

La inspectora baja la mirada hasta la taza de café vacía.

—Maite ha recibido un ramo de doce rosas en la fecha de su aniversario con Gabi. Con una nota que decía: «Para siempre». En el papel dice que ha visto un grabado. —Hace una pausa para tomar aire—. Un gato sentado, Jorge, un maldito gato.

Al otro lado, el informático tarda un segundo en contestar. Y ese segundo le basta a Morris para saber que él también está uniendo las piezas.

—Vale —dice Jorge, por fin—. Eso… eso cuadraría con algo que he encontrado, pero todavía no sé cómo hilarlo con Medina y con el caso Ébano.

—¿De qué estás hablando?

Él suelta un suspiro corto.

—He estado investigando el logo del gato y es una firma técnica.

—Explícate.

—En la dark web circula desde hace años un operador al que llaman «el Gato». No es un foro de chavalitos, ¿vale? Hablo de gente que vende accesos, que borra rastros, que limpia huellas digitales como si nunca hubieran existido. Cosas muy muy sucias.

Morris nota cómo se le eriza la nuca.

—¿Como lo que hacía Laura para mí?

—Laura era una principiante al lado de este tío, Morris.

—¡Joder! —maldice, y una mujer se la queda mirando.

—La primera interacción oficial que he encontrado es del 2016 —explica Jorge—. Aunque es como… como una sombra. Aparece, hace un trabajo y luego desaparece sin dejar huella, no hay manera de localizarlo, solo deja huella cuando y como él quiere.

La inspectora cierra los ojos un instante y se aprieta el puente de la nariz.

—¿Crees que está vinculado a la operación Ébano?

—No lo puedo afirmar —se adelanta Jorge—. Lo que sí puedo decirte es que su especialidad es borrar. Y que si alguien está usando ese símbolo, o esa firma, es porque quiere que sepamos que él está cerca… o porque quiere que creamos que lo está.

—Creo que al Gato le gusta jugar y que quiere algo de nosotros. Te veo luego.

Cuelga y se queda quieta un instante, con los dedos apretados alrededor del móvil. Luego se gira y vuelve hacia su vagón. Allí Carmen la ve venir desde lejos y le levanta una ceja, como si pudiera leerle la cara.

—¿Qué ha pasado? —pregunta mientras su compañera se sienta despacio.

—Ha llegado un ramo a casa de Maite.

Carmen se queda quieta.

—¿Un ramo?

—Doce rosas, en el aniversario de Gabriel y Maite. Con dos palabras: «Para siempre». Y el sello del gato.

—No puede ser —reprime un grito—. ¿El gato?

Camila apoya la cabeza en el asiento, cruza los brazos sobre su estómago y respira profundamente.

—¿Dónde mierda te has metido, Medina?