Capítulo 40
E l tercer camión de Transbois Méditerranée de la noche se detiene frente a los focos del agente Aixalá. Tres coches más atrás, una furgoneta con los cristales tintados se cambia de carril.
Aixalá levanta la mano.
—Esa también —informa a su equipo.
Uno de los agentes le hace indicaciones a la furgoneta para que se desplace hasta el arcén donde está el operativo, el mosso se coloca junto a la ventanilla del conductor.
—Señor, apague el motor, baje la ventanilla y coloque las manos sobre el volante. —El conductor no se mueve, así que repite—: Señor, apague el motor, baje la ventanilla y coloque las manos sobre el volante.
A los segundos este baja la ventanilla y se lo queda mirando.
—Documentación del vehículo, por favor —solicita.
El hombre entrega la documentación. Aixalá le indica a uno de los agentes que se quede en su posición y se separa para comprobar la documentación.
—Todo bien —dice el hombre con acento de Europa del Este.
—Coloque las manos sobre el volante, señor. —El agente lleva su mano hasta la culata de la pistola.
—Todo bien —repite.
—Todo en regla —informa el mosso devolviéndole la documentación al conductor.
—Cuidado, no me fío —le indica su compañero en voz baja.
—Señor, abra la puerta despacio y baje del coche con las manos en alto.
El agente saca la porra y la sujeta con firmeza en su mano derecha. El hombre sale del coche y comienza a farfullar en su idioma.
—Coloque las manos sobre el coche —le pide el agente mientras Aixalá camina con pasos lentos hasta la puerta trasera. El conductor se pone nervioso y el policía chasquea los dedos para que varios agentes se posicionen a su lado.
Al abrir la puerta, se encuentran con tres mujeres sentadas en el interior. Veinte, veintidós años como mucho, con las miradas bajas y cogidas de las manos.
—¿Se encuentran bien? —quiere saber.
Ninguna se mueve.
—Documentación, por favor.
Una de ellas asiente y saca un pasaporte del bolso. Mira a las otras dos y estas la imitan. Los pasaportes son búlgaros. Aixalá los pasa por el lector biométrico portátil, pero un pitido seguido de una luz roja detecta que algo falla.
—No los reconoce —murmura, y se acerca hasta el conductor que tiene las manos apoyadas en el coche. Le da la vuelta para enfrentarlo.
—¿Habla español? —pregunta.
El hombre empieza a hablar rápido, señala hacia las chicas, niega con la cabeza al mismo tiempo que hace aspavientos con las manos.
—¿A dónde lleva a estas mujeres? —le interroga Aixalá. El hombre sigue hablando cada vez más alto.
—Revisad el interior —ordena al resto de agentes mientras le coloca una mano en la espalda al conductor para sujetarlo.
Bajo el asiento del copiloto encuentran un sobre de color sepia. Se lo pasa a su jefe que suelta al conductor que sigue quejándose, lo abre y encuentra un fajo de billetes de cincuenta euros. Lo levanta frente a la cara de este.
—¿Y esto?
El hombre se queda en silencio.
—Hay dos sobres más, jefe. Aquí debe de haber como diez mil euros.
—Queda detenido por sospecha de falsedad documental y posible trata.
Aixalá da un paso atrás para entregarle a su compañero el sobre y el hombre aprovecha para hacer un movimiento brusco, empuja a uno de los agentes para meterse en el coche, encerrándose, gira la llave y arranca el motor.
—¡Eh! —grita el mosso lanzándose sobre el coche.
La furgoneta avanza bruscamente un metro, con la puerta trasera abierta, tirando al suelo a uno de los agentes que estaba con las mujeres. Pero Aixalá, con un golpe certero golpea el cristal y lo revienta.
—¡Pare el motor! —le ordena, desenfundando ahora su pistola y colocándose a escasos metros de su cara.
En unos segundos el coche está rodeado. Uno de los agentes abre la puerta y le saca lanzándolo al suelo. Trata de defenderse soltando patadas y golpes hasta que consiguen inmovilizarlo en el asfalto.
Las chicas siguen en la parte trasera de la furgoneta, abrazadas entre ellas. Una de ellas no deja de llorar.
—¿Hablan francés o español? —tantea Aixalá.
Silencio por parte de las tres.
—Os podemos ayudar —asegura. Se las queda mirando y detecta que la morena de pelo rizado ha tragado saliva al escuchar esa frase, así que insiste—: Queremos ayudaros. —Esta levanta la vista—. Podemos ayudarlas
—Nuestras familias —suelta en un susurro la morena.
La otra le aprieta el brazo y le dice algo en búlgaro.
—¿Hablas español?
Silencio de nuevo.
El conductor es introducido en el coche patrulla con las manos esposadas a la espalda.
Sigue hablando en lo que parece rumano, más bajo ahora, pero con rabia contenida.
Uno de los agentes le baja la cabeza para que no golpee el marco al entrar y da unos golpecitos en la parte superior del coche para avisar a su compañero de que ya se lo puede llevar a comisaría.
Las tres chicas son bajadas de la furgoneta una a una sin ofrecer resistencia. Caminan juntas, cogidas de la mano, la más alta tiembla visiblemente y la morena de pelo rizado no levanta la vista del suelo. Son introducidas en otro coche policial a la espera de recibir órdenes.
El camión de Transbois Méditerranée permanece detenido unos metros más adelante. El conductor observa la escena desde la cabina, inmóvil.
En el piso franco, Camila no aparta la vista de la pantalla. Está seria, solo analiza porque hay algo que no acaba de cuadrar.
—Ha sido demasiado fácil —murmura.
En el segundo punto de control, donde está Delgado, otro camión de Transbois cruza sin incidencias tras ser inspeccionado, pero ninguna furgoneta le sigue.
—Control Este, ¿visualizáis el cuarto camión? —pregunta Aixalá por radio—. Negativo, señor.
Camila acerca el rostro al monitor. Reproduce los minutos anteriores. Avanza. Retrocede. Amplía la imagen de la autopista.
—¿Cuántos debían pasar? —pregunta Carmen sin mirarla.
—Cinco en total —responde su compañera—. Han debido de avisarles. Quique, ¿podemos revisar las carreteras secundarias?
—Me pongo a ello en seguida.
Aixalá vuelve a hablar por radio.
—Seguimos con el dispositivo. Nadie levanta controles.
El teléfono de Camila vibra sobre la mesa del piso franco. Es el comisario Gutiérrez. Lo coge y activa el manos libres.
—Señor, está en manos libres, dígame.
—Han encontrado las dos furgonetas abandonadas en el área de servicio La Porta Catalana.
AP-7, sentido norte, a menos de cinco kilómetros de La Junquera.
Hace una media hora que una empleada del área ha avisado al verlas mal estacionadas en la zona de camiones.
Llevaban ahí al menos una hora, según las cámaras del recinto.
—¿Cámaras útiles?
—Parcialmente, solo se ve cuando entran al recinto, nada más. La policía local está asegurando el perímetro.
Ella se levanta y camina hasta la ventana.
—Eso ya da lo mismo. —Niega con la cabeza—. Estaba todo orquestado, jefe, todo.
—¿Por qué dice eso?
—Porque nadie abandona dos vehículos a cinco kilómetros de la frontera si quiere huir. Los dejan exactamente donde saben que vamos a mirar.
Silencio al otro lado.
—Han hecho un trasbordo —deduce Carmen en voz baja.
—O dos —añade Camila—. Y no en un área iluminada.
Quique levanta la vista del portátil.
—Estoy revisando salidas anteriores a La Porta Catalana. Hay una zona industrial a nueve kilómetros. Y una gasolinera vieja fuera de servicio.
—Eso ya da lo mismo, Quique. ¿No os dais cuenta de que lo que quieren es alejar el foco real? Eso es lo que hacen desde el minuto uno: que estemos mirando hacia otro sitio mientras están moviendo las piezas correctas del tablero.
Se levanta y comienza a caminar de un lado a otro de la sala.
—Y no sé qué narices tiene que ver Medina con todo esto.
Gutiérrez guarda silencio unos segundos.
—Con respecto a eso, quería esperar a que estuvierais de vuelta, pero creo que este es el mejor momento para comunicaros una cosa.
Las dos inspectoras se miran. La respiración de Morris se acelera.
—¿Qué han encontrado?
—Jorge ha detectado que la imagen que nos enviaron de Medina subiendo a un barco está hecha con inteligencia artificial.
En cuanto escucha eso, el suelo parece moverse bajo los pies de Camila.
—¿Está seguro?
—Sí. Está seguro. Hay rasgos, patrones, una especie de huella digital me ha explicado que le indica que es una imagen generada.
—¡Hijos de puta! —masculla Carmen, y Morris se muerde el labio inferior.
—Mañana a primera hora quiero que volváis con el primer tren, ¿entendido? No quiero que tengáis ningún tipo de contacto con el equipo francés. No pueden saber que lo sabemos.
Dasilva se queda mirando a Quique, que sigue con los ojos abiertos, pendiente del teléfono. Al sentirse observado, levanta la vista y traga saliva.
—Soy una tumba, señora —dice.
—¿Quién habla? —pregunta Gutiérrez.
—Buenas noches, señor. Soy Quique Lapiedra, agente de la Unidad de Análisis Tecnológico de los Mossos d’Esquadra .
—La información que acaba de escuchar es clasificada, ¿entendido?
—No se preocupe, señor. Como le he dicho a la inspectora Dasilva, soy una tumba. Y si en algún momento requieren de mis servicios, estaré a la orden.
—Gracias —responde sobrio el comisario.
—Señor, se supone que mañana debemos ir a comisaría para interrogar a las tres mujeres —interviene Carmen.
—¡No! Vosotras estáis bajo mis órdenes, y mis órdenes son que volváis a casa. A primera hora de la mañana interpondré una queja formal frente al servicio francés. Vuestra integridad física, bajo mi criterio, está en peligro.
El silencio en la sala se hace denso.
—Queda claro, señor —contesta Morris.