Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 38
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Capítulo 38

E lías se adentra conduciendo la furgoneta por un callejón a las afueras de la ciudad, aparca en un lateral y deja el motor a ralentí.

Saca un lector OBD de la mochila y lo conecta debajo del volante.

Después coloca el portátil sobre sus piernas y teclea a toda velocidad.

Espera unos segundos hasta que el programa reconoce el dispositivo y muestra que la señal está activa.

Al cabo de un minuto, la información se transmite a la pantalla del ordenador.

Localización actual: París, transmisión en tiempo real.

Pulsa la tecla de histórico, pero no reacciona, vuelve a presionar y no hace nada.

Se queda quieto mirando la pantalla, tratando de entender si está haciendo algo mal. Prueba otra vía, intenta entrar al sistema de manera remota, identifica el proveedor del módulo telemático, busca la dirección IP y lanza un intento de conexión. En la pantalla aparece: Error de autentificación.

Resopla, pero no se rinde e intenta cambiar de puerto; sin embargo, esa puerta está también cerrada porque está bloqueada.

—¡Joder!

Desconecta el lector con brusquedad y lo lanza sobre el asiento del copiloto. Golpea el volante del coche.

Sale de la furgoneta y camina buscando sin buscar, porque realmente no sabe ni lo que está buscando. Abre la puerta trasera y se queda mirando ese espacio vacío. Se imagina a Medina ahí tirado sin poder hacer nada. Respira hondo y saca su móvil para escribirle un mensaje a Morris.

No puedo acceder a las rutas del GPS. Necesito que tires de Jean y le pidas que rastree la matrícula: FR-4827-LK.

Envía el mensaje y se sienta frente al volante, en silencio. Espera cinco minutos, pero Morris no le contesta, deja pasar otros cinco minutos y al ver que no hay respuesta decide llamarla, el móvil está apagado.

—¡Mierda, está en el operativo! —grita con impotencia.

Conduce de nuevo hasta el punto exacto donde vio cómo se llevaban a Medina. Se para frente a la tienda de alimentación y continúa lento hasta el final de la calle peatonal.

—Si yo sacara a alguien del puerto… no iría hacia el centro. No cruzaría París porque querría evitar a la policía. La opción más lógica es ir hacia el exterior.

Gira a la izquierda y toma la primera salida hacia el sur.

Conduce serio, sin música, concentrado. Pasa de largo una gasolinera y, en ese momento, se da cuenta de que igual hicieron una parada.

Da la vuelta en la siguiente salida, se equivoca y acaba en un polígono industrial.

Maldice entre dientes y vuelve a retomar la carretera que le lleva de nuevo al punto de origen.

Vuelve a hacer el mismo recorrido y ahora sí, en la salida de la gasolinera, se desvía. Se queda en silencio y coloca la furgoneta delante de la puerta, apaga el motor y sale del coche con pasos firmes.

—Hola, ¿qué tal? —saluda con tono jovial nada más entrar.

—Buenos días, señor. No puede estacionar la furgoneta en la puerta de la entrada.

—Disculpe, será solo un segundo. Es que estuve aquí la noche del 29 repostando y se me olvidó un móvil. ¿Por casualidad no lo habrán encontrado?

El dependiente se lo queda mirando y luego niega con la cabeza.

—Todos los objetos perdidos los llevamos a la policía al finalizar la semana.

—Oh, vaya, qué mala suerte. —Niega con la cabeza—. Es que no estoy seguro de si fue aquí, pero recuerdo que reposté y… ¿tú estabas esa noche por casualidad? Por si recuerdas algo.

—Yo no estuve, lo siento. Solo trabajo de turno de mañana. Puede preguntar al compañero de repostaje de fuera por si él recuerda algo, pero ya le digo que lo mejor es que vaya a la comisaría.

Coge una bolsa de patatas, la paga y sale en busca del otro señor.

—Buen día, caballero.

El hombre se gira y lo mira de arriba abajo.

—¿Me recuerda? —pregunta sonriendo.

—Señor, ¿sabe la cantidad de gente que pasa al día por aquí?

—Claro…, es que la noche del 29 estuve aquí repostando con mi hermano y se me debió de caer el móvil. Por si lo encontró usted.

—No lo recuerdo, señor. Las noches suelen ser muy tranquilas y le aseguro que lo recordaría.

—¿No me recuerda entonces?

—No, lo siento mucho.

—Esa es mi furgoneta —insiste Elías.

—Señor, esa es una furgoneta blanca muy común. Es imposible que me acuerde. Antes le reconocería a usted que la furgoneta.

Elías aprieta los dientes, pero le da las gracias con una sonrisa forzada y se aleja. Revisa el móvil y ve un mensaje de Camila.

Recibido. Le escribo ahora mismo. En dos horas salimos hacia el punto X. Deséame suerte.

Montenegro apoya la frente en el volante porque se siente en una ratonera. Está montado en la misma furgoneta en la que fue trasladado Medina y, aun así, no tiene ninguna pista.