Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 37
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Capítulo 37

Perpiñán

C ogen un taxi que las lleva hasta Le Castillet.

Lo que fue la antigua puerta de la ciudad, hoy en día es un museo, pero a esas horas, casi atardeciendo, está cerrado.

Lo bordean admirando cómo comienza a iluminarse, se hacen un par de fotos, y luego bajan caminando hacia el muelle Vauban, un precioso paseo que bordea el río, al llegar abajo se apoyan en la barandilla y se quedan observando el lugar.

—Qué maravilla de sitio, Cami —suspira Carmen respirando el aire de la noche. Morris no dice nada, solo observa el río—. Lo vamos a encontrar.

—¿Y si ya es tarde?

Continúan caminando cogidas del brazo, pasan por una tienda de móviles y Camila para a comprar uno.

—¿Y eso? —quiere saber su compañera.

—No me fío de nadie.

Se sientan un momento en un banco mientras Morris pone en marcha el teléfono y envía un mensaje.

—Tiene poca batería, pero creo que durará hasta llegar al hotel.

Dasilva la mira, sin embargo, no pregunta, sabe que su compañera no hace las cosas al azar. Continúan paseando hasta llegar a una zona llena de terrazas y se sientan. El camarero les entrega la carta, aunque Carmen se adelanta a pedir.

—Una tabla de queso y otra de embutidos típicos, por favor, con pan tostado y dos copas de vino rosado.

Camila se queda mirando a su compañera y sonríe.

—Lo vamos a encontrar —repite, le coge de la mano y el bolsillo de Morris vibra; saca el móvil y aprieta los labios—. ¿Álex?

Le enseña el mensaje:

Duret:

Cuando esté sola y lejos del hotel, llámeme.

—Inspectora Morris —dice la voz de Duret, grave, controlada—. ¿Está sola?

—Sí, estoy con la inspectora Carmen Dasilva.

—Eso no es precisamente estar sola.

—Señor, Carmen y yo estamos juntas en esto, es mi compañera —afirma, y al decir la palabra compañera se le quiebra un poco la voz, porque en cierta forma es como si hubiera sustituido a Gabriel. Y esta, que se da cuenta, le agarra de la mano.

—No me fío del comisario Delacroix, necesito que lo vigile, que vigile sus pasos y que durante la intervención sea su sombra.

—Eso no va a ser posible, señor. —Morris golpea con el pie en el suelo, inquieta—. Dasilva y yo estaremos en un piso franco de observadoras.

—¿Cómo dice?

Ella cuadra los hombros y se suelta de la mano de su compañera.

—Señor, solo los agentes catalanes estarán en primera línea; el plan es claro: ni el equipo de Delacroix ni nosotras podemos intervenir, no quieren levantar sospechas.

—Entiendo. —Camila nota cómo la respiración de su interlocutor se agita—. Necesito que esté atenta, no solo a los movimientos de la cámara; a cualquier movimiento del equipo francés.

—Descuide, señor, y… ¿le puedo hacer una pregunta?

—Por supuesto, inspectora.

—¿Qué hay del inspector Medina? —Cierra los ojos mientras lo dice—. No soy ninguna novata, señor, soy consciente y sé que esta operación es algo más grande que un inspector alicantino, pero no pienso dejar que…

—Camila —la interrumpe él—. Si damos con la Rusa estoy seguro de que daremos con su compañero.

Morris se queda en silencio.

—El secuestro del inspector Medina por parte de la organización criminal es un misterio tanto para usted como para nosotros, se lo aseguro, no suelen operar así. Pero tengo constancia de que hay un equipo que está siguiendo una pista.

Al oír eso, Camila aprieta los labios porque sabe que es mentira.

—Disculpe la pregunta, pero entonces ¿qué hago yo aquí?

—Usted es la mejor, la necesito.

—Necesita un señuelo para poder investigar a Delacroix y yo he llegado en el momento más oportuno. ¿No es así?

El directivo ríe al otro lado de la línea.

—Inspectora Morris, los informes sobre usted se quedan cortos; su perspicacia y su inteligencia están fuera de lo común, pero, por favor, no piense mal de mí, le estoy pidiendo ayuda.

—Y yo le estoy pidiendo que se dignen a buscar a mi compañero.

Ella sabe que tira la última carta; no tiene nada que perder, y entiende que ahora la sartén está en su mano.

—Solo le pido que confíe en mí, señorita Morris.

—¿Qué seguridad tengo?

—Tiene mi palabra, inspectora, tiene mi palabra.

—Gracias, y usted tiene la mía de que nuestro trabajo aquí será impecable.

La inspectora corta la comunicación, se levanta, camina hasta el puente, se agarra a la barandilla y chilla; chilla con toda la rabia contenida durante estos días; chilla porque sabe que nadie está buscando a su compañero.

Dasilva no se acerca; la conoce demasiado bien como para saber que necesita espacio y tiempo.

El camarero trae la comida y ella saborea su copa hasta que vuelve Morris.

—No le van a buscar, Carmen.

—Lo sé, cariño, y para eso estamos tú y yo. —Le pone la copa en la mano y la levanta para que brinden—. Te tengo que contar una cosa.

Su compañera da un trago y se la queda mirando.

—¿Recuerdas que el nombre de Silvia Roca salía en el pen que te dio Jean? —pregunta Carmen bajando el tono de voz—. La he investigado y el año pasado derivó a más de cien chicas a países extranjeros con permisos de trabajo supuestamente legales.

—¡Mierda! ¿Desde cuándo tienes esta información?

—Desde la semana pasada, Camila. La mayoría de esas chicas salen de centros de menores.

Cumplen los dieciocho y en menos de tres meses firman un contrato como azafatas, auxiliares de eventos, promotoras.

Todo está en regla, aunque esta mañana he recibido un informe; es solo un informe y no sé si es real, pero…

Camila deja la copa sobre la mesa y la apremia.

—Pero ¿qué…?

—Una de ellas se escapó —le indica Carmen, pasándose los dedos por cuello y mirando inquieta hacia ambos lados.

Saca su móvil y le muestra el informe—. Lina Ben Youssef.

Veintidós años. Marroquí. Residía en un centro en Gerona hasta que cumplió los veintiuno.

Firmó un contrato como azafata para un evento privado en París.

—París —repite asintiendo con la cabeza.

—El informe dice que Lina se escapó durante un traslado cerca del sur de Francia. Dirección Algeciras. No cuadran los kilómetros ni la ruta. Y cuando declaró, solo le sacaron una frase. —Dasilva traga saliva antes de añadir—: La mujer hablaba de Dubái.

La inspectora siente un golpe seco en el estómago al oír eso.

—¿Dónde está ahora?

—La detuvieron en Tánger. La interceptaron intentando cruzar de vuelta con documentación falsa. No quiso denunciar formalmente; este es un informe previo que no fue destruido y que yo he conseguido gracias a un favor que me debían.

—Por suerte para nosotras, Carmen. —Morris se bebe lo que le queda del vino rosado de un trago—. ¿Estás segura de que el evento lo organizaba Silvia?

—Segura no, pero hay que seguir investigando por ahí.

—¿Por qué cojones Medina se metería ahí en medio? —lamenta chasqueando la lengua, luego apoya los codos en la mesa y se pasa una mano por la cara despacio—. ¿Más de cien contratos?

—Ciento doce —recalca Carmen—. Noventa y tres proceden de centros de tutela. La mayoría, chicas sin una red familiar estable, incluso inexistente, y algunas extranjeras sin documentación.

—¿Y nadie ha visto nada raro? ¡Joder!

—Todo está dentro de la ley. Su empresa de eventos es una especie de ONG que reinserta a mujeres en vulnerabilidad o exclusión social y les proporciona unos puestos de trabajo estables. Es perfecto.

—¿Y qué hay de la empresa receptora?

—No es siempre la misma, y aquí es donde viene el agujero… La mayoría de esas empresas desaparecen a los pocos meses de ser constituidas.

—Aunque la empresa intermediaria siempre es la empresa de Silvia, imagino.

—Exacto, siempre es la que hace los contratos.

—¿Y los centros tutelados?

—Camila, los centros tutelados están hasta arriba de menores, tanto extranjeros como nacionales, con problemas que no te puedes llegar a imaginar, y las subvenciones están muy por debajo de lo estipulado.

Al final, entran tantos que los que salen pasan muy desapercibidos, piensa que no son criminales, por eso no se realiza ningún seguimiento.

Morris se queda mirando a su compañera, imaginando lo que debió de ver los años en los que estuvo trabajando en el departamento de delitos de menores.

—Hay que ir a hablar con Lina —sugiere Carmen.

El teléfono que se ha comprado Morris suena, lo saca y se lo enseña a su compañera.

—Yo también te tengo que contar algo —contesta a la llamada sin dar más explicaciones y pone el manos libres—. Elías, cuéntame los progresos.

—No puedo alargarme mucho, tenemos dos minutos —contesta el investigador, sin saludo inicial—.

He vuelto a revisar las cámaras del puerto; resulta que no estaban capadas sin más, estaban dirigidas desde alguna zona remota para no enseñar ciertos puntos.

He encontrado un tramo con bucles y…, en resumen, he visto a Medina.

Carmen da un respingo en la mesa y se coloca las manos sobre la boca.

—La noche del secuestro, unos cuarenta minutos después, en otro punto de la ciudad, dos tíos con pasamontañas lo arrastran hasta meterlo en una furgoneta blanca.

Hace una pausa, la inspectora observa a su compañera con preocupación.

—Ahora tengo que seguir el rastro de la furgoneta, pero debes saber que esto es más gordo de lo que creo que Medina imaginaba.

Sé quién es la mujer que estaba con la Rusa en la Torre Eiffel: es Anya Kovalenko, directora de movilidad humanitaria.

He estado con ella en reuniones de recaudación de fondos para fines humanitarios, Camila; es un pez gordo, de los de arriba y…

—su voz se entrecorta— la Rusa le estaba pidiendo expresamente a tres más, intuyo que son mujeres.

Ante esa revelación, Carmen se tapa la cara, horrorizada.

—Elías, sigue por esa línea.

—Camila, ten mucho cuidado. Esto está orquestado.

La llamada se corta y la inspectora nota que el mundo se le estrecha por segundos. Mira a Carmen, que está quieta, esperando sin presionar.

—¿Qué está pasando?