Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 36
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Capítulo 36

E l GPS le ha llevado hasta una zona poco transitada, con farolas viejas y tablas rotas en las escaleras que bajan hasta el muelle.

La lancha sigue en el mismo sitio, se acerca despacio, tratando de disimular su ansiedad.

Un hombre mayor pasea con un perro y le saluda con la cabeza.

Elías responde con un gesto automático. Mira hacia ambos lados y avanza hasta situarse frente a la lancha.

Da un paso hacia el interior y observa: cojines amontonados en un lateral, una botella de vino vacía rodando por la cubierta, dos copas de plástico en otra esquina.

—Joder… —murmura al reconocer la escena que Maite describe en los informes facilitados por Morris.

Sale de la lancha y levanta la vista. Sigue con la mirada la huida más lógica que lo conduce hasta una avenida. Al fondo, hay varios negocios: un bar que parece cerrado desde hace tiempo y una tienda de alimentación.

Se dirige hacia la tienda, observa el exterior y localiza una pequeña cámara sobre la puerta. Se gira para comprobar la distancia hasta la lancha y niega con la cabeza al darse cuenta de que está demasiado lejos como para haber captado algo útil. Aun así, entra, no piensa dejar al azar nada.

Saluda al dependiente, se pasea por el local sin prisa, coge una bolsa de patatas fritas y se dirige al mostrador.

—Dos euros, señor.

Le entrega un billete de cinco.

—¿La cámara funciona?

El chico se lo queda mirando, gira la cabeza para mirar hacia el exterior y Elías nota cómo da un paso hacia atrás.

—Soy detective privado y estoy investigando la desaparición de un hombre —dice con calma. Tras años de experiencia, sabe que a veces la verdad funciona mejor que cualquier mentira improvisada.

—¡Papá! —grita el joven.

Elías asiente, agradecido.

—¿Qué pasa?

—Buenas tardes —saluda Elías al hombre que aparece—. Me gustaría saber si la cámara del exterior funciona.

El hombre, de bigote espeso y cara redonda, lo observa con recelo y hace el ademán de coger el teléfono. Montenegro saca un billete de cincuenta euros y lo coloca sobre el mostrador.

—Soy investigador privado. Solo busco información de la noche del veintinueve de julio.

El hombre duda, pero guarda el teléfono en el bolsillo.

—La cámara de fuera no funciona muy bien…, solo a veces.

Ágilmente, el investigador deja otro billete de cincuenta euros sobre la barra.

—No busco problemas —asegura en voz baja—. Nada oficial. Solo necesito ver las imágenes de esa noche.

El hombre mira el dinero, luego a su hijo, y al final asiente. El chico saca una tablet de debajo del mostrador y desliza el dedo por la pantalla.

—¿Qué noche ha dicho?

—Veintinueve de julio. A partir de las diez de la noche.

Los tres observan la pantalla a velocidad acelerada. Aparece el hombre del perro, luego un chico haciendo footing … y una furgoneta blanca.

—¡Para! —le pide Elías—. ¿Esta calle no es solo peatonal?

Padre e hijo se miran y asienten.

—¿Puedes retroceder? Quiero ver si se distingue a los ocupantes. —Sin embargo, el chico se detiene y mira al padre.

—Ya le hemos enseñado lo que quería ver. Ahora debe irse.

—Por favor… —la voz de Montenegro se quiebra—, mi amigo podría ir en esa furgoneta.

Saca otro billete de cincuenta euros.

—Si es cuestión de dinero…

—No queremos dinero, señor. Márchese.

—Por favor —insiste—. Es la primera pista en semanas.

El hombre parpadea varias veces, mira hacia la puerta y resopla. El hijo retrocede fotograma a fotograma hasta que la furgoneta vuelve a aparecer en primer plano. No se aprecia el interior. Elías saca el móvil y hace una foto a la pantalla.

—Parece que tiene un golpe en la parte delantera —observa el dependiente.

—¿Te suena esa furgoneta de algo? ¿La habéis visto alguna vez?

—No. Debe irse.

—Señor…

—Ya le hemos mostrado las imágenes. No queremos saber nada, ¿sí?

—Muchas gracias —dice Montenegro, estrechándole la mano y sabiendo que nada más pude sacar de ese lugar.

Sale de la tienda y recorre a toda prisa el paseo, imitando el trayecto que debió realizar la furgoneta. Marca la zona en el GPS para revisar después las cámaras cercanas y continuar el rastro. Amplía la imagen de la furgoneta en el móvil hasta distinguir un logotipo. Lo busca en internet.

—Es una puta empresa de alquiler…

✺✺✺✺

En menos de media hora está entrando por la puerta de la empresa de alquiler de vehículos en un polígono industrial al norte de la ciudad.

—Buenos días, busco una furgoneta —le comunica al empleado—. Para un par de días.

—Claro —responde el dependiente, incorporándose del taburete—. ¿De carga o mixta?

—Mixta, con espacio amplio en la parte trasera.

—Tenemos compactas tipo Trafic y más grandes, tipo Boxer. ¿La necesita para ciudad o carretera?

—Carretera.

—Entonces le recomendaría una mediana o incluso una grande —explica mientras gira la pantalla del ordenador.

Elías observa las fotos sin demasiado interés.

—¿Puedo verlas? —pregunta—. Me gusta comprobar la altura y el acceso.

—Sin problema —sonríe el dependiente—. Venga conmigo, le enseño las disponibles.

Salen por la puerta trasera donde se encuentran con una larga fila de furgonetas blancas que se alinea frente a ellos.

Elías camina despacio, dejando que el dependiente hable sin prestarle atención ya que sus ojos buscan un detalle muy singular, hasta que la ve, en la última fila, apartada. Con un golpe frontal.

La respiración se le acelera. Está seguro de que es la misma.

—¿Y esa? —pregunta, acercándose.

—Oh, esa no está disponible ahora mismo.

—¿Por qué?

—Tiene que pasar por el taller porque tiene un golpe frontal.

—Ah…, no lo había visto —dice el investigador, arriesgándose.

Abre la puerta del conductor y se sube. Simula ajustar el asiento, toca el volante, sale y camina hasta la parte trasera donde abre las puertas.

Durante un segundo su mente le juega una mala pasada y ve a Medina ahí, tirado, inconsciente.

—Es perfecta, quiero esta.

—Buena elección —responde el empleado encogiéndose de hombros.