Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 35
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Capítulo 35

París

T ras recibir el mensaje de Morris indicándole que se quede en París, Elías decide volver a revisar con más detenimiento las grabaciones del Port de l’Arsenal.

La imagen vuelve a aparecer en la pantalla en la que solo se ve el final del muelle.

Nada más. Según sus investigaciones las cámaras fueron modificadas por una empresa de instalación eléctrica una semana antes del secuestro.

Una empresa fantasma ya que no aparece en ningún registro mercantil, no tiene página web y tampoco tiene dirección física.

—Vamos, dame algo —murmura.

Revisa una y otra vez la franja horaria, ajustando los segundos, luego las milésimas.

Hasta que se fija en el agua, en cómo se mueve el reflejo de las farolas, más concretamente en un remolino que se forma cerca del borde del muelle.

Amplía el mapa de cámaras y empieza un seguimiento lógico, metódico.

Cámara a cámara, una tras otra, siempre siguiendo el curso del río.

Cinco horas después encuentra la primera anomalía.

En un tramo de más de quinientos metros, la imagen parece repetirse.

No es un bucle evidente, pero hay algo que no encaja.

Se detiene a observar la imagen hasta que lo ve, una bandera que ondea en una lancha amarrada.

El movimiento es errático, antinatural, como si el viento se reiniciara una y otra vez en el mismo punto.

—Esto no es real —susurra.

Marca esa cámara en el mapa impreso que tiene sobre la mesa con un interrogante gracias a un rotulador rojo y pasa a la siguiente, en la que detecta otra anomalía.

La luz en esa imagen es demasiado clara para la hora que marca el reloj. El balance de blancos no corresponde con la orientación del muelle ni con las farolas de la zona a esa hora. No es posible, a no ser que esas cámaras estén modificadas desde un punto remoto.

Se levanta y nota cómo el cuerpo le pesa, pero su cabeza va demasiado rápido. Prepara de forma automática otra cafetera y abre la nevera. Saca pan, queso, y se hace un sándwich rápido mientras su mente está en el río Sena.

Se vuelve a sentar frente al ordenador y tres cámaras después la encuentra. No tiene dudas, es la misma lancha que se llevó a Medina.

Aparece como un espejismo por el lateral del encuadre, apenas unos segundos. Elías se inclina hacia delante. El corazón le da un golpe seco. Busca en el mapa cuál es la cámara que sigue ese tramo del río y la abre en otra pestaña.

La cafetera empieza a sonar, pero la ignora y no se levanta.

La lancha entra de lleno en el plano y puede observar cómo dos figuras con pasamontañas se bajan primero. Luego arrastran un cuerpo.

—¡Te tengo!

Un escalofrío le recorre la espalda. Amplía el fotograma hasta que la imagen se degrada en píxeles gruesos. Aun así, reconoce la ropa y hace una captura de pantalla.

Desaparecen de la imagen y Elías los busca en la siguiente cámara. Pero no encuentra nada. Es como si se hubieran esfumado, solo hay un paseo largo, vacío, iluminado por farolas viejas.

Chasquea la lengua.

Abre todas las cámaras en un radio de cien metros. Cambia ángulos, superpone capas, ajusta contraste y revisa cada imagen milimétricamente. Y, aun así, no encuentra nada.

—¡Mierda!

Vuelve a repasar la secuencia una y otra vez, se pasa las manos por la cabeza hasta que llega a la conclusión de que no es un secuestro improvisado, esto se trata de un traslado.

—¿A dónde te llevan, Medina?

Se queda unos segundos inmóvil, mirando la imagen del inspector español, la lancha y los dos hombres robustos que lo trasladan. Luego coge la chaqueta, apaga el portátil sin cerrar las pestañas, retira la cafetera del fuego y sale del apartamento a toda prisa.