Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 34
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Capítulo 34

Alicante

M aite está sentada en el sofá de casa de su madre cuando el timbre suena, pero ella no se mueve al escucharlo. Lucía se encuentra en el colegio y ella tiene turno de guardia en el hospital esa noche.

—Hija, están llamando a la puerta —le regaña su madre al pasar por delante de ella, secándose las manos en el delantal.

—¿Maite García? —La voz de un hombre hace que alce la cabeza.

—Oh…, vaya, ¿y esto? —responde su madre desde la entrada—. Sí, es mi hija… Yo firmo, sí, pero ¿quién lo envía?

Ella se levanta, curiosa, y camina descalza por el pasillo hasta la entrada. Su madre sostiene un ramo de rosas rojas entre las manos. Se despide del repartidor al mismo tiempo que cierra la puerta y se gira con los ojos muy abiertos.

—¿Qué…? ¿Quién…? —balbucea Maite, con las manos temblorosas.

Se adelanta con pasos dubitativos para coger la nota, aunque se detiene un instante a observar las rosas, las huele cerrando los ojos y niega con la cabeza porque esto no puede ser. Abre el sobre temblando y lee las dos palabras que están impresas: «Para siempre».

Maite se tambalea y se aferra al brazo de su madre negando de nuevo con la cabeza. Una lágrima resbala por su mejilla y su madre la sujeta antes de que caiga.

—Respira, cariño —le dice, guiándola despacio hasta el sofá.

—No puede ser, mamá… No puede ser…

—Hija —le limpia la cara con las manos—, esto solo puede significar una cosa…

Ella la mira con los ojos muy abiertos.

—Gabi sigue vivo.

Sus propias palabras la golpean en el corazón. Se encoge sobre sí misma, partida entre el dolor y la esperanza que chocan en el mismo punto. Su madre se sienta a su lado y le acaricia la cabeza con ternura.

—Respira, mi niña…, respira.

—Hoy es nuestro aniversario, mamá —dice Maite entre sollozos—. Hoy es nuestro aniversario.

—Lo sé, mi niña….

Tras un largo rato, Maite se incorpora. Mira el ramo de rosas que ha quedado sobre la mesa. Se levanta con cuidado, porque su cuerpo aún no responde con estabilidad. Lo coge, vuelve a olerlo y toma de nuevo entre sus manos la nota.

«Para siempre».

La gira entre los dedos, buscando un remitente, una pista, algo más. Entonces lo ve: un pequeño trazo casi imperceptible. Pasa los dedos por encima y nota un grabado muy suave, apenas una hendidura en el papel. Lo pone a contraluz y observa un gato sentado.

La esposa de Gabriel siente un escalofrío que le recorre la espalda. Se levanta de golpe para coger el móvil y llamar a Morris, pero el teléfono parece estar apagado. Marca el número de la comisaría, aunque antes de que dé tono cuelga.

—No —suelta en voz alta.

Empieza a caminar de un lado a otro de la estancia. Los pensamientos se le amontonan, se atropellan entre ellos sin encontrar un orden lógico.

¿Y si Gabi no quiere ser encontrado?

¿Y si Gabi está pidiendo ayuda?

¿Y si Gabi está en peligro?

¿Y si no es una promesa, sino una despedida?

Maite se detiene frente al ramo. Doce rosas, exactamente doce como siempre.