Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 32
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Capítulo 32

París

E lías llega a su apartamento poco antes de las siete de la mañana.

Sube por las escaleras porque el ascensor está roto desde que se instaló.

El apartamento que ha alquilado es diminuto, un simple estudio alargado con el suelo de parqué desgastado y una cocina con lo esencial: dos fogones eléctricos, un fregadero y una nevera blanca antigua.

Frente a la ventana hay una mesa de madera algo carcomida, pero que le sirve de despacho.

A un lado, una librería que hace las veces de cabecero de una cama sin estructura, vestida con una colcha y unas sábanas grises compradas por él mismo en una tienda de hogar al final de la calle.

Cierra la puerta y echa el pestillo. Se quita la chaqueta y la cuelga con cuidado en un perchero de pared. Prepara la cafetera italiana y la deja en el fuego mientras entra en la ducha.

Minutos después, ya con el café en la mano, se sienta en la mesa y abre el portátil.

Fecha: 08/07 — 08:12

Lugar: París

Objeto: pista audio Torre Eiffel

Estado: en curso

Avances:

Se queda quieto un segundo, con las manos suspendidas sobre el teclado sin llegar a tocarlo porque hay una frase que se le repite en bucle: «Necesito tres más».

Aprieta la mandíbula con rabia. Saca el móvil y vuelve a reproducir el mensaje con los auriculares puestos.

Cierra el archivo y se levanta. Empieza a caminar de un lado a otro del apartamento, como un león enjaulado.

Esto ya no va solo de salvar a Medina. Esto parece ser una red de tráfico de menores, no puede mirar hacia otro lado.

Jamás ha podido cuando había menores de por medio, y eso, en parte, es lo que le costó su puesto de trabajo.

Elías dejó la Policía Nacional hace ocho años. Trabajaba en Madrid en un caso que, sobre el papel, parecía sencillo: un robo con violencia en un barrio pijo. Un testigo reconoció a un chico, un menor de quince años con antecedentes por hurtos en centros comerciales.

Montenegro lo interrogó y le bastaron tan solo diez minutos para saber que el muchacho era inocente.

Sin embargo, su superior insistió en su culpabilidad, hasta el punto en que lo apartó del caso y el menor fue imputado.

Él solicitó las cámaras del recinto, pero se las negaron alegando que ese día no funcionaban.

Días después le llegó el rumor de que otro menor podía haber estado implicado: el hijo del mejor amigo del comisario.

El inspector Montenegro se enfrentó a su jefe redactando un informe detallado con las inconsistencias del caso.

Rápidamente, el informe desapareció y su superior le sugirió que dejara las cosas como estaban, por su propio bien.

Elías, como era de esperar, no lo hizo con la consecuencia de una apertura de expediente por desobediencia, relegándolo definitivamente del caso.

Al día siguiente, apareció una carta que en teoría había escrito el menor imputado, inculpándose por los hechos.

El chico fue ingresado en un centro de menores tutelados, aunque, como Montenegro seguía creyendo en su inocencia, decidió ir a visitarlo al centro.

Ya no era el chico al que había interrogado días atrás, ahora era un chico retraído, apagado, al que solo le pudo sacar una frase: «Es lo mejor para mi familia».

Dos meses después, se suicidó arrojándose desde el terrado de la casa tutelada en la que vivía.

A raíz de ese terrible suceso tan traumático, el carácter de Elías cambió.

Se volvió irascible, llegando a ser agresivo en algunos momentos con sus compañeros.

Hasta que un día, en una redada menor en una discoteca, se ensañó con un chico de dieciocho años que se burló de él por ser poli de baja clase.

Fue sancionado y abrieron una investigación para expulsarlo, pero no hizo falta porque no volvió ya que abandonó la policía y decidió hacerse investigador privado.

Vuelve al presente y se sienta de nuevo frente al portátil para añadir algunas líneas más a la entrada:

El audio original no está dañado. Se hace mención de la necesidad de tres menores más .

Ahora mismo solo puede hacer una cosa: hackear las cámaras de la ciudad.

Se coloca los auriculares con música clásica y se pone manos a la obra.

Abre una nueva pestaña y accede al sistema de cámaras municipales sin dificultad.

No entra por los canales oficiales; estos están cerrados.

Utiliza una puerta lateral, una que solo existe para ciertas personas y él es una de ellas.

Filtra por fecha, por distrito y por franja horaria. Pasa horas revisando imágenes hasta que, de pronto, la respiración se le corta.

Amplía una imagen y congela el fotograma con dos mujeres que caminan juntas.

Se levanta de golpe, la silla cae al suelo y él se pasa las manos por el pelo.

—No… No, no… —repite—. ¿Cómo no he reconocido su voz?

Vuelve a sentarse y teclea con furia para buscar otra cámara, otro ángulo. Se muerde el interior del carrillo con fuerza hasta hacerse sangre.

—Ese moño —susurra—. Ese perfil. Es inconfundible, esto no puede ser.

Abre el reconocimiento facial, no para identificarla —sabe perfectamente quién es—, sino para que el sistema le diga dónde ha estado en los últimos meses. En segundos aparecen coincidencias parciales en tres ciudades: Milán, París y Barcelona.

Elías siente cómo un regusto amargo le sube por la garganta. Se levanta y corre hasta el fregadero. No puede creer que la directora de movilidad humanitaria esté metida en todo esto. No puede ser que esté utilizando a menores, piensa.

Se instala frente al ordenador y teclea su nombre en un buscador cualquiera. Cientos de resultados aparecen al instante.

Fundación Novum Vitae.

Movilidad humanitaria.

Busca fotos oficiales en galas benéficas junto a cargos públicos: comisarios, cónsules, directores adjuntos.

Abre la base de datos y añade una nueva entrada.

Fecha: 08/07 — 14:36

Identificación confirmada: Anya Kovalenko

Rol: coordinadora logística internacional

Tapadera: Fundación Novum Vitae

Observación: presencia directa en París

Se queda inmóvil unos segundos, mirando la pantalla. Luego cierra el portátil despacio.

Camina hasta la ventana y observa la calle con gente normal paseando, ajena al horror que otros están sufriendo en estos momentos. Apoya la frente contra el cristal.

—Gabi… —murmura—. Te metiste donde no debías…

Saca el móvil secundario y escribe un mensaje cifrado a Morris:

Creo que la Rusa es solo un títere de algo mucho más grande. Tenemos que vernos. Esto no te lo puedo contar por teléfono, ni tan siquiera en el archivo cifrado.