Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 31
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Capítulo 31

E l comisario observa el número de teléfono unos segundos antes de contestar, sabe quién es.

—Gutiérrez.

—Comisario. —Una voz grave y controlada suena al otro lado de la línea—. Michel Duret al habla. Le llamo desde Bruselas.

—Buenos días, señor. ¿Qué tal se encuentra?

—No voy a robarle mucho tiempo, así que iré directo al asunto que nos ocupa. —Hace una pausa breve, pero calculada—. El equipo francés ha detectado un movimiento vinculado a la operación Ébano.

Gutiérrez cierra los ojos un instante y apoya los dedos índice y pulgar sobre el puente de su nariz para tratar de autorrelajarse antes de escuchar lo que viene después.

—Tenemos la certeza de que están preparando una entrega en los próximos días —continúa Duret.

El comisario apoya los antebrazos sobre la mesa y baja la cabeza, concentrándose en cada palabra.

—¿En suelo francés? —pregunta con cautela.

—En la frontera con su país.

La comunicación queda en silencio unos segundos y Gutiérrez contiene el aire en los pulmones porque no le gusta ese dato.

—Es la primera vez que operan tan cerca del límite territorial —añade el alto cargo—. Están cambiando de estrategia. Y, precisamente por eso, vamos a necesitar un operativo conjunto.

—Entiendo —responde él con cautela—. Pero debo advertirle que no tengo a ningún miembro de mi comisaría especializado en trata de personas, señor. Si queremos que esto salga bien, necesitamos a los mejores.

—Ya los tenemos —replica el francés sin titubear—. Un equipo de los Mossos d’Esquadra , con experiencia específica en redes de explotación y operaciones encubiertas, estará desplegado sobre el terreno.

Gutiérrez frunce el ceño sin entender muy bien a dónde quiere llegar.

—Entonces no comprendo por qué necesita a personal adicional de mi unidad.

—Porque no estoy buscando solo ejecutores —contesta el directivo—. Necesito a personal con criterio, independencia y sobre todo con una mirada que no esté contaminada por esta operación.

El comisario se reclina en la silla mirando hacia el techo.

—Explíquese, por favor.

—Necesito a una persona autónoma, con una capacidad de análisis superior a la media —continúa Duret—. Y a otra con experiencia directa con menores. Y, comisario…, corríjame si me equivoco, pero creo que usted tiene a esas dos personas en su equipo.

Ante esa insinuación, se queda en silencio analizando bien las palabras que van a salir de su boca, ya que sabe muy bien por dónde va esto, y no le gusta nada. Traga saliva para tratar de deshacer el nudo que se le ha formado en la garganta.

—¿Me está pidiendo que les envíe a las inspectoras Dasilva y Morris a este operativo? —pregunta al fin—. Señor, le agradezco la confianza, aunque…

—Gutiérrez —le corta el francés con firmeza—. No es una solicitud. Es una orden.

El comisario se levanta despacio de la silla y camina hasta la ventana de su despacho. Observa el tráfico de la calle sin verlo.

—Señor…

—Escúcheme bien —insiste Duret—. El equipo francés oculta algo.

No sé qué es, pero llevo demasiado tiempo en esto como para ignorar ciertas señales.

¿Cómo explica usted que en estos últimos años no haya aparecido ni una sola prueba sólida?

¿Ni una detención relevante? ¿Ni un error por parte de la organización criminal?

Él aprieta los labios porque sabe que tiene razón.

—No lo explico —admite.

—Exacto —continúa el directivo—. Necesito que alguien esté lo suficientemente cerca como para oler la mierda antes de que salga a la superficie, ¿entiende? Y para eso necesito a una inspectora altamente cualificada, que incomode y que no se calle si ve algo raro…, justo como la inspectora Morris.

El nombre queda suspendido en el aire.

—Con el debido respeto, señor —dice Gutiérrez con la voz contenida—, la inspectora Morris está implicada emocionalmente, le recuerdo que es su compañero el que ha desaparecido. Eso podría nublar su juicio.

—Por eso la quiero allí —responde Duret sin dudar—. Es la mejor para detectar lo que otros prefieren no ver.

El comisario cierra los ojos un segundo.

No quiere poner en riesgo a Camila, pero tampoco puede ignorar lo que le están ofreciendo.

Hasta ahora, todo lo relacionado con la desaparición de Medina ha sido un callejón sin salida: informes, reuniones, promesas vacías.

Y esto, aunque huela raro, es la primera grieta real para que puedan llegar hasta él.

—Está bien, señor —acepta al fin.

—Necesito que Morris esté atenta a todo —prosigue Duret—. Que no pierda de vista ni a la capitana Élise ni a su superior. Y quiero que cualquier cosa extraña, cualquier detalle fuera de lugar, me lo comunique por vía privada. Fuera de los canales habituales.

—Entendido.

—Mi secretaria le enviará los billetes de tren y la información del alojamiento esta misma mañana —añade—. Salen hacia Perpiñán mañana a primera hora.

—Recibido.

—Comisario —añade él antes de colgar—, recuérdeles a las inspectoras mis reticencias hacia el equipo francés. Por eso las necesito dentro, confío en su integridad y profesionalidad.

La línea se corta.

Francisco Gutiérrez permanece unos segundos con el teléfono aún pegado a la oreja. Luego lo deja despacio sobre la mesa y suelta el aire de golpe. Mira el reloj.

—Perpiñán… —murmura.

Y por primera vez desde la desaparición de Gabriel Medina, siente que el tablero empieza a moverse de verdad.