Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 30
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Capítulo 30

E l francés apenas consigue meter la llave en la cerradura. Falla dos veces y Elías se las quita de la mano al mismo tiempo que le sostiene por el hombro.

—Tranquilo, ya casi estamos.

Morel murmura algo ininteligible, apoya la frente contra la puerta un segundo y, al entrar, se deja caer hacia delante. El investigador lo sujeta a tiempo y lo arrastra con cuidado hasta el interior, cerrando la puerta con cuidado tras de sí.

El piso es pequeño pero funcional: en el salón hay un sofá gris biplaza y, delante, una mesa baja llena de vasos usados y táperes de comida preparada.

—Vamos, campeón —añade Elías, arrastrándolo hasta el dormitorio.

Lo deja caer sobre la cama y el agente ni protesta, se queda ahí boca abajo, con la boca medio abierta, y en menos de treinta segundos cierra los ojos y se queda dormido.

Montenegro lo observa durante un rato, tratando de averiguar si está dormido de verdad o si por el contrario se lo hace, pero dada la ingesta de alcohol que lleva en el cuerpo está dormido con total seguridad.

Cierra la puerta del dormitorio con cuidado y vuelve al salón. Mira el reloj: son las 02:17 y asiente con la cabeza, tiene un par o tres horas como mucho para inspeccionar la casa y salir antes de que nadie le vea.

Se descuelga la mochila y se sienta en el sofá.

Lo primero que saca son unos guantes de látex que se coloca con cuidado.

Después extrae varios dispositivos: el primero es una cámara del tamaño de un botón y el segundo son varios micros que parecen granos de arroz.

Sonríe satisfecho y observa la estancia buscando el lugar perfecto.

La cámara la coloca en la estantería que hay nada más entrar, le dará acceso a ver cuándo entra y sale de la casa.

Luego instala uno de los micrófonos bajo el sofá y el otro lo coloca detrás de un cuadro.

Se queda mirando la estancia satisfecho ya que todo queda oculto y limpio.

Se mete en la app del móvil y los sincroniza.

—Todo perfecto —murmura.

Comienza a revisar cajones, estanterías y se para en unas carpetas apiladas sobre la mesa del salón, pero no encuentra nada relevante: recibos de luz, agua, folletos de publicidad, nada que le lleve hasta Medina o la Rusa.

—O eres muy limpio… o realmente no sabes nada. —Chasquea la lengua.

Vuelve a la habitación con cuidado para observar a Jean que no se ha movido ni tan siquiera ha cambiado de posición. Le saca el móvil del bolsillo trasero con mucho cuidado y vuelve al comedor.

Trata de desbloquearlo, pero le pide clave. Saca de la mochila un pequeño dispositivo rectangular, lo conecta al móvil con un cable corto y espera hasta que hay una leve vibración. Asiente con la cabeza, lo desconecta y la pantalla se desbloquea.

—Perfecto, sigues funcionando como un reloj suizo.

Abre la app de WhatsApp. Hay muchas conversaciones sin abrir; desliza hacia abajo y se para en Louis, su compañero.

Louis:

No te metas más, Jean. Te estás jugando tu puesto de trabajo.

Jean:

No puedo dejarlo así.

Louis:

Ya la cagaste una vez. Quédate en casa. Esto parece algo gordo, ya no es cosa tuya, lo llevan ellos.

Elías vuelve a leer la conversación para grabarla en la memoria, frunce el ceño. Sale del chat y se desliza hasta el del comisario Delacroix.

Delacroix:

Mantente al margen. No hables con nadie de este asunto, ¿entendido? La investigación sigue su curso. No hagas tonterías, no te la juegues.

El mensaje fue recibido hace dos días, Jean lo ha leído, pero no le ha contestado. Sigue deslizando hasta que ve una conversación sin nombre, el corazón se le acelera al ver que es un número español.

—¡Bingo!

Abre la conversación.

Fecha: 27 de junio. 20:41

Jean, creo que he escuchado a la misma mujer del restaurante en la Torre Eiffel; era su voz. Estaba con una mujer de unos cuarenta años, estatura media, complexión delgada, moño bajo, ambas hablaban en ruso.

Debajo del texto hay un icono de un audio.

Duración: 1:12.

Con cuidado le da a reproducir y se tensa al ver que no está dañado como la policía francesa le comunicó a Camila.

—¡Cabrones! —sisea.

Al principio solo se oye ruido de ambiente: pasos, murmullo de gente y conversaciones ininteligibles.

—Gabi, ¿qué pasa?

—Debe de ser la voz de Maite —cierra los ojos para concentrarse.

A los pocos segundos se escucha una voz de mujer, el idioma parece ser del este. Elías no necesita traducir cada palabra; entiende un poco de ruso y la conversación es lo suficientemente sencilla para que el corazón se le pare un segundo.

—Necesito tres más.

—Solo tengo dos — contesta otra voz, también femenina, aunque mucho más grave.

—No es suficiente, Anya. No tenemos tiempo.

—Son difíciles de mover y no están entrenadas, podrían dar problemas.

—Me da igual. Me ha pedido tres más. Menores.

—Gabi — Esa vuelve a ser Maite.

Elías aprieta la mandíbula. El audio se intoxica con una multitud de voces, gritos y risas nerviosas, luego se escuchan más pasos, una respiración agitada y gritos.

—¡Mierda! —suelta para sí mismo, antes de que el audio se corte.

El estómago de Elías se revuelve al recordar la frase: «Me da igual. Me ha pedido tres más».

—Hijos de puta… —balbucea de pura rabia.

Se reenvía el audio, borra toda huella que haya podido dejar, vuelve a comprobar los metadatos y devuelve el móvil a su lugar.

Guarda todo en su mochila y sale del apartamento del agente Jean como si fuera un fantasma.