Capítulo 29
E lías lleva todo el día siguiendo al agente Jean Morel; no es difícil ya que el francés se mueve siempre por las mismas zonas, haciendo que sus horarios sean predecibles.
Sale a correr por la mañana, se pasa por la tienda de platos preparados que hay a dos calles de su casa, a media tarde sale y se mete en un bar del centro que no abandona hasta pasada la medianoche.
Es mediodía, con lo que tiene entre dos y cuatro horas para ir hasta el hotel donde estuvieron hospedados Medina y su mujer y tratar de sacarle algo a la recepcionista.
Ha hackeado la base de datos del hotel y sabe que esa tarde estará la misma chica que la noche en que Gabriel llamó a la policía francesa.
Entra en el hall , se quita las gafas con un gesto chulesco, se mete la mano en el bolsillo y se queda admirando el lugar.
Se gira y sonríe a la recepcionista, que le devuelve la sonrisa y se acomoda un mechón tras la oreja.
El investigador sabe jugar muy bien con su imagen: metro noventa, esculpido, cabello castaño ondulado que le cae sobre la frente de un modo sensual; él lo sabe y lo usa en su favor.
Así que Montenegro avanza con seguridad hasta el mostrador y se apoya con naturalidad.
—Buenos días —dice en un francés impecable, con una sonrisa embaucadora—. ¿Tiene un minuto?
—¡Claro! ¿En qué puedo ayudarle? —responde la recepcionista con amabilidad.
—Busco un alojamiento con encanto para la semana que viene. He leído muy buenas reseñas de este hotel —se gira echando un vistazo al vestíbulo—, es muy acogedor.
—Intentamos que los huéspedes se sientan como en casa —sonríe complacida.
—Pasé por aquí a finales de junio y compartí taxi desde el aeropuerto con una pareja de españoles. Ellos se hospedaban aquí, aunque yo proseguí hasta mi destino.
La recepcionista ladea la cabeza, interesada.
—Un matrimonio muy simpático, creo recordar que él se llamaba… —se queda mirando al techo como si pensara— Gabriel, sí…, Gabriel Medina. Siempre confundo los apellidos españoles.
El gesto de la recepcionista cambia ligeramente, pero se nota que intenta recomponerse de inmediato.
—Aquí se hospedan muchos españoles, señor —contesta, más seca de lo que le hubiera gustado—. No sabría decirle.
Elías no insiste, sabe hasta dónde puede tirar, con lo que trata de cambiar de técnica y se incorpora del mostrador apoyando ambas manos.
—La entiendo. Es solo que escribo sobre viajes —añade con naturalidad—. Me gusta recoger pequeñas historias de hoteles con encanto.
Silencio.
—Ya entiendo —deduce ella—, periodista.
—No exactamente —responde él, luciendo una media sonrisa—. Tengo un blog en el que…
—Señor —interrumpe con voz seria—, no podemos dar datos personales de ningún huésped, entienda que son confidenciales, así como sus estancias o sus anécdotas.
—Por supuesto —afirma Elías sin dejar de sonreír—. No busco datos personales, solo impresiones, humanizar los hoteles, hacer que los lectores empaticen y digan: «Si esa pareja disfrutó así, nosotros también».
El investigador inclina la cabeza, de forma conciliadora, sabe que está a punto de perder información, la recepcionista es un hueso duro de roer.
—Lo siento —interrumpe ella, con voz amable pero firme—. Tenemos una política muy estricta.
—Y eso me gusta, de verdad, lo añadiré como punto positivo. Es solo que la señora estaba un poco nerviosa la noche que llegaron, quedamos en volver a hablar tras su estancia para hacer la entrevista y se me hace raro que no haya recibido respuesta.
En este momento, Montenegro está tratando de gastar sus últimos cartuchos, aunque está arriesgando demasiado.
—Igual es que cambiaron de opinión y no quieren salir en su blog.
—¿Les recomendó algún lugar para cenar o comer? Por incluirlo en el artículo —insiste, ignorando sus rechazos.
—No lo recuerdo… —Se remueve inquieta.
—No se preocupe —responde él, con calma—. No era mi intención incomodarla.
—No me incomoda —se defiende—, pero no voy a comentar nada relacionado con ellos.
Elías eleva la vista y se fija en que hay una cámara justo encima del mostrador.
—¿Le puedo ayudar en alguna cosa más, señor? Si no le importa tengo mucho trabajo.
—Disculpe si la he ofendido, de verdad que no era mi intención, pero… —insiste— ¿entonces no quiere que su hotel salga en el artículo de mi blog?
La recepcionista lo mira y resopla, hastiada.
—¡No! Márchese y deje las cosas como están.
—Tiene razón, a veces hay historias que es mejor que no sean contadas, ¿no cree?
La recepcionista traga saliva y Elías sale del hotel con gesto triunfante.
A dos calles compra un jambon-beurre envuelto en papel y una botella de agua.
Se sienta en un banco frente al edificio donde vive el agente Jean Morel y le da un mordisco al bocadillo sin apartar la vista de la puerta, mastica despacio mientras su mente sigue repasando la conversación con la recepcionista.
Saca el móvil y accede a la base de datos cifrada que ha instalado en el teléfono para poder conectar sin ser rastreado con Morris desde cualquier dispositivo con facilidad.
Hotel Brume Parisienne. Recepción. Turno tarde. Cambio de actitud inmediato al mencionar al inspector Gabriel Medina. Se cierra en banda. Hay una cámara de seguridad justo encima de la recepción.
Jean Morel: rutina estable, con consumo elevado de alcohol nocturno. Punto débil potencial.
Envía la nueva entrada y se guarda el móvil en el bolsillo.
Una hora después, como era previsible, Jean sale de su casa.
Va vestido de manera informal: tejanos y camisa de color negro.
Camina con pasos lentos, casi erráticos, con la cabeza agachada.
Entra en un bar cercano y se sienta en la barra, Elías observa que no necesita decirle al camarero lo que quiere; este le saluda por su nombre de pila y le coloca una cerveza delante.
El investigador entra y se sienta dos mesas más atrás, pide un refresco y le hace un par de fotos.
Una hora después, Morel se levanta y sale del local indicándole al camarero que le apunte lo que ha tomado en su cuenta.
Y Montenegro paga dejando un par de billetes sobre el mostrador y sale para seguirlo hasta un pequeño local con las luces tenues.
El francés se sienta en una esquina y pide esta vez algo más fuerte, que le sirven minutos después en un vaso con hielo.
Elías entra en un local de comida rápida que hay en la calle de atrás, se pide unos nachos y una coca cola y se coloca en un lugar estratégico para poder vigilar la puerta y espera con paciencia el momento indicado.
Pasado el tiempo, entra con algo de estruendo en el local donde está el agente francés, saludando a todo el mundo, hasta colocarse frente al policía, que levanta la vista al verle.
— Bonsoir —le saluda—. ¿Está libre?
Jean asiente sin mucho entusiasmo y Elías se gira buscando al camarero para pedirle dos más de lo que su nuevo amigo está tomando.
—¿Un largo día? —quiere saber, señalando los vasos vacíos.
—Todos lo son —responde, acabando de un trago el whisky que le queda y arrastrando el vaso por la barra.
—París no para —divaga el español.
—No pareces de aquí.
—No, solo estoy de paso.
—Se nota.
—Vine para quedarme, pero hoy me han despedido —dice el investigador, como quien comenta el tiempo, y surte efecto porque Morel se gira del todo para mirarlo.
—¿Ah, sí?
—Llevo dos años aquí, lejos de mi familia, trabajando veinticuatro siete, y la cago una vez —se gira para mirar a Jean a los ojos—, una puta vez, y… me echan de una patada a la calle.
—Lo siento mucho —afirma, y le da una palmada en la espalda—. A mí me ha pasado algo parecido.
El camarero les sirve los dos vasos. Montenegro lo coge y lo levanta frente a la cara de su nuevo amigo, este le imita y brindan.
—Por nosotros —propone Elías con un tono elevado, busca que todo el bar los escuche, busca hacer ruido.
—¿A qué te dedicas? —pregunta Jean.
—A la logística portuaria. —Se encoge de hombros—. ¿Y tú?
Bebe otro trago mientras el español espera.
—Trabajo para el Estado —contesta al fin.
—Puff… ¡jodido! —resopla el investigador—. Te acompaño en el sentimiento.
—¿A qué te refieres?
—Todos los sistemas están corruptos.
—Bueno, sí y no… O sea, tratamos de… de que todo funcione, luchamos contra la corrupción.
—Poli. —Niega con la cabeza y pide otra copa.
—No te gustan los polis, ¿verdad?
—A ver —levanta las manos—, no digo que sea tu caso, pero hay mucho agente corrupto. Yo lo he visto con mis propios ojos, amigo.
—Dos más —pide Morel señalando los vasos vacíos.
El camarero se acerca y se lo queda mirando.
—Jean, no deberías beber más —le aconseja, desvía la mirada hasta Elías con cara seria.
—Oh, culpa mía, perdona.
—¡Qué vaaaa! —replica Jean, arrastrando las vocales—. Estoy bien, trae dos más.
Tras la siguiente copa, el francés balbucea frases inconexas para un desconocido sobre el caso de la Rusa, pero muy esclarecedoras para Elías.
Este le sigue el juego preguntándole por su jefe y sus compañeros para sonsacarle información y Jean le cuenta cómo se ha sentido desplazado por su jefe y cómo por un momento ha pensado en seguir por su cuenta con la investigación, pero decidió dejarlo todo al verse abandonado por su compañero Louis.
—Señores, cerramos en diez minutos —informa el camarero retirando los vasos.
Jean se levanta, pero se tambalea e intenta sujetarse sin mucho éxito en la barra, Elías logra cogerlo por el brazo y le ayuda para que se enderece.
El camarero los mira negando con la cabeza y ambos salen del bar abrazados, como si fueran dos compañeros de trabajo que acaban de emborracharse tras un largo día de trabajo.