Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 28
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Capítulo 28

É lise Leclerc se inclina sobre la mesa central mientras en una de las pantallas principales de la sala se reproduce una secuencia de imágenes captadas por una cámara urbana situada en las inmediaciones de la Torre Eiffel.

—Otra vez —ordena, sin apartar la vista de la pantalla.

El técnico retrocede la grabación unos segundos.

El sonido de ambiente es inexistente con lo que solo tiene la imagen pura y dura de dos mujeres caminando juntas por la acera.

No parecen estar nerviosas, ni tampoco miran atrás o a los lados.

Hablan entre ellas con naturalidad, como si fueran unas amigas manteniendo una conversación banal.

Una lleva el pelo recogido en un moño discreto bajo mientras la otra lo lleva suelto y camina con paso firme.

—Ahí —dice Élise señalando la pantalla—. Congela la imagen y haz una captura.

El técnico obedece y deja en la pantalla la imagen fija. El rostro no es nítido, pero hay algo en la postura de ella que les resulta inconfundible.

—Cinco años —murmura Armand Delacroix desde el fondo de la sala—. Cinco años sin una sola señal de ella. Sin un rastro, sin una sombra. Y ahora, de golpe… —hace un gesto vago con la mano—, ¿aparece como una turista más?

La capitana no responde de inmediato, pero se endereza despacio, cruzando los brazos y observando con atención la imagen ampliada frente a ellos.

—Creo que no contaba con el inspector Medina —concluye al fin—. Un golpe de suerte para nosotros que se haya cruzado con alguien entrenado para escuchar lo que no debe ser escuchado.

Delacroix se aproxima hasta quedar a su lado y la observa unos segundos antes de hablar.

—La información no debe salir de esta sala, Élise —dice con voz baja, firme.

Se gira hacia el técnico.

—Redacte un informe limpio para la junta —ordena—. Quiero que conste que el inspector Medina, en su afán de querer hacerse el héroe, confundió a dos simples turistas en un entorno de alta afluencia.

Su subordinada frunce el ceño.

—Señor…

—No es negociable —la corta—. Necesitamos tiempo.

Ella traga saliva.

—No tenemos ni una sola pista del paradero del inspector Medina —replica—. Los españoles nos van a pisar los talones y dudo mucho que acepten esta versión durante mucho tiempo.

Entonces el inspector jefe la mira muy serio.

—No podemos fallar —le advierte—. No ahora que estamos tan cerca. —Hace una breve pausa—. Hemos perdido a muchos hombres a lo largo de estos años, demasiados. Esto no va de Medina, esto va de honrar la memoria de los caídos, y si uno de ellos ha de ser el inspector español, que así sea.

El silencio se espesa en la sala y Élise exhala despacio el aire retenido en los pulmones.

—¿Por dónde sugiere que continuemos? —pregunta al fin.

—Por donde siempre —responde Delacroix—. Rastreen cada uno de sus pasos.

El analista principal se adelanta.

—Estamos cruzando todas las cámaras de los distritos V, VII y XII —explica señalando el mapa digital que ocupa otra de las pantallas—. Movimientos repetidos, trayectorias sin interés turístico, encuentros breves.

—¿Alguna coincidencia con rutas anteriores? —tantea el inspector jefe.

—Por el momento, dos —indica el técnico—. Ambas conectan con entregas fallidas de hace seis años.

Armand esboza una mueca que podría interpretarse como una sonrisa.

—Entonces ha vuelto porque hay movimiento.

—Y si seguimos el patrón anterior… —añade Élise asintiendo—, cuando se dejaba ver, teníamos entre diez días y tres semanas antes de la entrega.

Se acerca a la mesa y señala una fecha escrita a mano en una libreta.

—El inspector Medina los escuchó la noche del 28 de junio, hoy es 6 de julio. —Levanta la vista—. Tenemos pocos días de margen.

—¿Qué hacemos con la inspectora Morris? —pregunta la capitana, bajando ligeramente la voz.

Delacroix se gira hacia ella.

—Eso déjamelo a mí.

—¿Y si descubren que la foto que les mostramos es falsa? —insiste.

—No lo harán —responde él sin dudar. Se inclina sobre la mesa—. Tu único problema ahora es la Rusa y averiguar dónde se llevará a cabo la entrega. ¿Entendido?

Élise asiente, aunque una sombra de duda cruza su rostro.

—Entendido.

Su jefe da media vuelta. Las pantallas se llenan de nuevas secuencias con calles, muelles, accesos secundarios y cámaras que parecen estar olvidadas mirando a puntos inconexos. En ese momento, la maquinaria de la operación Ébano se reactiva con fuerza.