Capítulo 27
—Gabi —susurra para sí misma, soltando todo el aire que lleva en los pulmones.
Finalmente, se quita las gafas de sol, agarra la carpeta del asiento del copiloto, se ajusta la chaqueta ligera que lleva puesta y sale del coche con decisión.
El portal está en penumbra, el suelo es de mármol y el olor a humedad hace que arrugue la nariz.
Sube por las escaleras, evitando el ascensor, ya que no se fía mucho.
En la segunda planta, junto a una puerta de madera de color oscuro, hay una placa de color negro con letras doradas: E. Montenegro – Investigación Privada.
Camila lo lee y sonríe recordando con cariño a su excompañero.
Hace años, cuando ella empezaba como agente, él era un policía de los que incomodaban, de los que veía más de lo que veía el resto y que decía lo que pensaba en todo momento.
Algo que, a la larga, por desgracia, le pasó factura ya que fue expulsado del cuerpo por enfrentarse a uno de sus superiores al entrometerse en un caso de menores.
Desde entonces, trabaja como investigador privado.
Morris llama al timbre y un sonido agudo resuena en el interior.
Segundos después, se oye un clic metálico.
Empuja la puerta y un olor a café la envuelve, haciéndola sonreír de nuevo porque se aficionó a esa bebida por Elías, quien le enseñó a tomarlo sin azúcar.
De hecho, él siempre decía que el azúcar mataba la esencia.
—Pasa —dice una voz grave que reconoce, desde el fondo del pasillo.
Ella avanza con cautela para entrar en un despacho sobrio con una mesa de roble llena de papeles, dos sillas de cuero gastado, una estantería con archivadores grises y una cafetera italiana sobre una repisa metálica.
Elías está de pie, apoyado en el marco de la ventana, con una sonrisa socarrona entre sus labios.
Lleva puesta una camisa blanca arremangada, un tejano oscuro y unas botas de cuero que lleva por fuera de los pantalones.
La inspectora se fija en su barba; la lleva pulcramente recortada, sin embargo, cuando estaba en comisaría siempre la llevaba descuidada; y sus ojos azul verdoso no han perdido la intensidad que ella recuerda.
—Camila —saluda, sin moverse.
Ella cierra la puerta tras de sí.
—Hola, Elías, ¿cómo estás?
—No tan bien como tú —asegura, y se acerca con pasos lentos hasta su vieja amiga para darle dos besos.
—Yo te veo bien —contesta ella sonriendo.
—No me puedo quejar —asiente—. ¿Un café?
—Gracias.
—¿Solo, largo, sin azúcar? —pregunta acercándose a la cafetera.
—En eso no he cambiado —ríe ella antes de caminar tras él.
—Te has convertido en una superinspectora —afirma al mismo tiempo que le da al botón de café largo—. Aunque en la distancia, he seguido tu carrera.
—Eso es agua pasada —reniega, antes de chasquear la lengua.
Elías se gira para enfrentarla.
—No has cambiado, sigues igual de dura que siempre —suelta en una carcajada, y se da la vuelta para coger la taza de café y entregársela.
Camila no dice nada, se lleva la taza hasta la nariz para oler el aroma del café recién hecho.
—No soy dura —replica—. Soy pragmática y eso ya es agua pasada.
—Está bien, está bien, señora inspectora —bromea con su taza de café en la mano—. ¿Nos sentamos y me cuentas qué es eso tan importante que necesitas y que te ha hecho conducir cinco horas desde Alicante?
El investigador le señala una de las sillas para que se acomode, él rodea la mesa y se sienta frente a ella.
—¿Estamos solos? —quiere saber.
El investigador privado se reclina en su silla, se acaricia el mentón y la mira confundido.
—Estamos solos —confirma.
—Han secuestrado a Gabi, mi compañero.
—¿Secuestrado? —Se incorpora, nervioso—. Pero, Camila, esto no es para un investigador privado, esto tiene que tratarlo…
—Elías —le interrumpe—. Necesito tu ayuda.
Él cierra los ojos por unos segundos.
—¿Esto tiene que ver con tu caso?
—No, esto es más gordo. Gabriel estaba de vacaciones en París, escuchó una conversación que no debería haber escuchado —le explica, luego se queda en silencio mientras pone sobre la mesa la carpeta que trae consigo—.
Uno de los agentes franceses me hizo entrega de un pen con información confidencial.
Aquí está toda la información, pero, Elías, esto tiene que ser secreto, no puedes hablarlo con nadie, no puedes trabajar con nadie. ¡Solo tú!
El investigador coge la carpeta con cautela, la abre y va pasando los documentos analizando cada uno de ellos con el rictus muy serio, tras unos minutos levanta la vista.
—¿Qué es exactamente lo que quieres que haga con esta información? —tantea parpadeando varias veces—. Soy investigador privado, ya no soy inspector de policía, Camila.
—Precisamente por eso, quiero contratarte, quiero que localices a Gabriel.
Montenegro se ríe.
—Yo no tengo acceso a archivos a los que tú como inspectora sí que tendrías, no sé si me explico.
—He revisado tu trayectoria —insiste Morris—. Has desenmascarado varios casos de fraude institucional, ocultación de bienes públicos, incluso uno de ellos salió en prensa. —Eleva las cejas para darle énfasis—. Así como un caso de custodia internacional en el que el bebé fue robado.
—De eso hace más de siete años —reniega—. Me cansé de ser el punto de mira, no eres consciente de todo lo que sufrí.
—Lo lamento muchísimo, pero…
—Quemaron mi despacho en dos ocasiones. Esto que ves —dice señalando la estancia—, es lo máximo que me puedo permitir, a día de hoy.
—Por favor —ruega Camila.
—Llevo años dedicándome a vigilar falsas bajas por enfermedad, localizar herederos e infidelidades. Además de que ahora mismo estoy en medio de dos investigaciones.
—Por favor —vuelve a insistir la inspectora—. No le van a buscar, Elías, le van a dejar a su suerte.
Tras anunciarle eso, el labio inferior de Camila tiembla. Se lleva ambas manos a la cara y se frota la frente, frustrada.
—No van a poner en riesgo la operación Ébano —indica, señalando la carpeta que ha traído— por la vida de un único civil.
—¿Me estás diciendo que no van a tratar de localizarlo?
—Según ellos, Gabriel debe de estar con uno de sus infiltrados, no pueden hacer nada más porque se descubriría la operación y se iría al traste.
—Se van a deshacer de él —dice Elías apretando el puño.
—Si encontramos a Gabriel encontramos el epicentro de la organización.
Montenegro se la queda mirando, chasquea la lengua y baja la vista de nuevo hasta los informes que tiene delante.
—¿Me vas a ayudar? —pregunta ella.
Él asiente con la cabeza.