Capítulo 26
—¿Y no puedes llamarlo por teléfono? —reclama, enfadado, Álex.
—Sí, podría, pero no quiero arriesgarme a que nadie descubra lo que quiero hacer —se justifica Camila.
—No me parece bien. —Él se acerca a la encimera de la cocina con pasos rápidos y se pasa las manos por el pelo nervioso.
—Tengo que hacerlo, Álex. No puedo abandonarlo.
—No te estoy diciendo que no lo hagas, pero tienes dos hijos, Camila. ¡Dos hijos!
—¿Camila? —Abre mucho los ojos—. ¿Desde cuándo me llamas por mi nombre de pila?
Su marido se frota la frente con la mano y niega con la cabeza.
—¿Crees que Gabi querría que condujeras hasta Madrid para hablar con un tío que hace no sé cuántos años que no ves? ¿Y que se dedica a no sé qué mierda? ¡No estás pensando con claridad!
—Álex, no te estoy pidiendo permiso —le advierte Morris, se cruza de brazos y lo mira inquisitivamente. Él bufa incrédulo, negando con la cabeza sin dejar de mirarla a los ojos.
—No lo entiendo, cariño. No lo entiendo —replica mientras se acerca con pasos lentos—. No entiendo por qué no puedes llamarlo y explicarle todo.
—La línea no es segura.
—Usa el otro teléfono, como ya hemos hecho en infinidad de ocasiones.
—Esto no es lo mismo.
—¿Que no es lo mismo? Yo creo que lo que pasamos fue mucho peor que esto.
—No me entiendes, Álex —se defiende, y chasquea la lengua.
—¡No! La que no me entiende eres tú a mí. Ahora eres madre.
—No me lo puedo creer —dice, negando con la cabeza—. Voy a tardar dos días, Álex. ¡Dos días!
—Acabas de venir de un viaje y los niños necesitan a su madre.
—Los niños van a tener a su madre dentro de dos días —asegura, aunque se le quiebra la voz—, pero Lucía… —Una lágrima está a punto de caer por su mejilla. Aprieta los dientes y traga saliva—. Pero igual Lucía no vuelve a ver a su padre. ¿Entiendes?
—No estás siendo justa.
—¡No! —grita, y añade con rabia—: El que no está siendo justo aquí eres tú. Porque hace unos días me dijiste: «No tengas miedo, ya no estás sola».
Su marido aprieta los labios, se los humedece, cierra los ojos y respira.
—Tengo miedo —confiesa.
Morris niega con la cabeza.
—Y yo. Pero ¿qué parte no entiendes de que Gabi está en peligro?
—No quiero que te pase nada.
—Álex, él es mi familia.
—¿En qué lugar me deja eso a mí?
Ella frunce el entrecejo y niega con la cabeza sin entenderlo.
—Amor… —dice él, rozándole la mejilla—. Antes éramos tú y yo. Ahora somos cuatro, no quiero que crezcan sin su madre.
—¿Y qué clase de madre sería si no actúo como el corazón me dicta? ¿Qué clase de valores les podría enseñar a mis hijos si anulo esa parte de mí?
Sin respuestas, él se la queda mirando.
—Voy a ir a Madrid para hablar con Elías, Álex. Te prometo que te lo compensaré. Te prometo que cuando todo esto acabe me encerraré contigo y con los niños y no saldremos de aquí. Pero ahora debo hacer todo lo que esté en mi mano para localizar a Gabi. El tiempo corre.
Álex se mantiene en silencio unos instantes.
—Está bien. Pero mantén tu ubicación en todo momento —ruega, abrazándola y besándole la cabeza—. No resistiría ni un segundo en este mundo si te pasara algo.
—Voy a estar bien. —Morris se abraza a él para respirar su aroma. Y se quedan allí, de pie, balanceándose el uno contra el otro por largo rato.