Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 24
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Capítulo 24

M aite y Morris recorren las calles de París tras recibir el alta médica. La inspectora le ha propuesto regresar al lugar donde se llevaron a Medina, por si Maite logra recordar algo.

—¿Estás segura? —pregunta la inspectora mientras cruzan la rue de Lyon.

Su amiga asiente sin mirarla.

—Quiero recordar. Aunque duela.

Doblan por la rue Jules César. El Sena aparece entre los edificios, quieto, grisáceo. Morris consulta el mapa en su móvil. El Port de l’Arsenal está a unos minutos. No es un puerto turístico. No hay cruceros ni paseos fluviales. Solo embarcaciones privadas, barcazas y un silencio extraño.

—¿Recuerdas cómo llegaste allí? —insiste Camila.

La esposa de su compañero niega con la cabeza.

Bajan por la escalinata que lleva al muelle.

El sonido de los pasos sobre la madera se mezcla con el rumor del agua.

Hay pocos barcos amarrados. Maite cierra los ojos y toma una bocanada de aire.

Su amiga observa la zona en silencio: dos barcos amarrados, varias botellas de cerveza vacías en un lateral, y de nuevo, silencio.

—¡No! —grita Maite, tapándose la boca y agachándose sobre sí misma.

Morris se acerca corriendo.

—¿Qué sucede?

—¡No, no, no! —repite con las manos sobre la cara, llorando.

—Maite —dice mientras la zarandea con cuidado—. ¡Háblame, por favor! Dime qué pasa.

—Fui yo —señala mirando a los ojos de su amiga.

La inspectora frunce el ceño, sin entender.

—Yo lo traje hasta aquí.

—No te entiendo. —Morris trata de incorporarla, pero a Maite le fallan las piernas—. Ven, vamos a sentarnos allí.

La arrastra hasta las escalinatas donde Morris la ayuda a sentarse; le agarra las manos y espera con paciencia hasta que su amiga se tranquiliza.

—Fui yo —repite—. Yo reservé el viaje en barco.

—No te entiendo, Maite —reconoce Camila, que se pone de rodillas y le agarra las rodillas.

—Quería darle una sorpresa a Gabi. Contraté la vuelta por el Sena.

Morris abre los ojos.

—Explícamelo todo, por favor.

Su amiga traga saliva y se limpia la cara con las manos.

—Una pareja de italianos que conocimos en el desayuno me pasó un folleto. Me dijeron que ellos no habían ido, pero se lo habían recomendado porque era un viaje romántico, íntimo…

—¿Tienes el folleto?

—Debe de estar en mi bolso —afirma.

—Vale. ¿Qué más recuerdas?

—Llegamos aquí y a los pocos segundos llegó un barco pequeño. —Cierra los ojos para recordar—. Solo estaba el capitán, un señor de unos cincuenta años, bastante fuerte, con barba. Recuerdo que era muy simpático. Dimos la vuelta. Fue… —se le quiebra la voz— maravilloso, Cami. Maravilloso.

—Tranquila, cariño. —Morris le acaricia la mejilla.

—Y cuando llegamos, todo ocurrió muy rápido —recuerda, tapándose la cara con ambas manos—. Sentí unas manos que me sujetaban… Después escuché la voz de Gabi gritar mi nombre y luego… oscuridad.

La inspectora baja la cabeza. Conoce esa sensación.

—Fue mi culpa —repite su amiga con lágrimas en los ojos.

—Escúchame bien. —Morris le agarra el mentón con firmeza para mirarla a los ojos—. Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado, ¿vale? Repite conmigo: «No tengo la culpa de lo que ha pasado» —insiste Morris cuando Maite baja la mirada.

Le tiembla el labio inferior. Camila la abraza y la mece con suavidad, dejándole espacio para soltar todo el dolor acumulado. Tras unos minutos, se separan. Maite mira a su amiga y sonríe por primera vez.

—No le vas a dejar solo, ¿verdad?

—No. Te lo prometo. —Le agarra las manos y se las aprieta—. Es familia. A la familia no se la abandona.

Un carraspeo a sus espaldas hace que Morris se incorpore sobresaltada y vaya a buscar su pistola, pero está en Francia. Allí es una turista más. Al levantar la vista, ve a un hombre con barba que las observa. Sus ropas se ven desgastadas y lleva unas botas negras que están rotas por el lateral.

— Bonjour, madame.

—Buenos días —contesta la inspectora en francés.

—¿La señora se encuentra bien? —pregunta, asomando la cabeza por detrás de Morris.

Se queda observando a Maite y ella se levanta.

—¿Usted fue quien avisó a la policía?

El hombre asiente. Maite se acerca y le agarra las manos.

—Gracias. Muchísimas gracias.

—¿Su marido?

Maite se gira hacia Morris, como pidiendo su consentimiento.

—¿Le apetece desayunar?

El hombre sonríe y asiente, así que suben las escaleras para encaminarse hasta un café que hace esquina, donde se sientan en la terraza, justo bajo una sombrilla beige .

Morris pide un café crème mientras que su amiga opta por un chocolate. El hombre duda, pero Camila le invita a sentarse con un gesto de cabeza, el hombre sonríe y se sienta con cuidado.

—Un café solo —le pide al camarero—. Y un vaso de agua, si puede ser.

—Traiga también algunas pastas, un bocadillo de jamón y una botella de agua para llevar por favor —ruega la inspectora mirando al hombre que cierra los ojos, agradecido. El camarero se aleja con pasos rápidos.

—Gracias por lo que hizo por mí —dice Maite bajando la voz.

Él asiente, sin mirarla.

—¿Por qué estaba allí? —pregunta Morris.

—Duermo cerca. A veces recojo cosas que caen al muelle. Esa noche… escuché pasos y le aseguro que no eran de un paseo.

Morris se inclina hacia él.

—¿Qué vio?

—Había dos hombres en el muelle: uno de ellos esperaba nervioso, caminando sin cesar de un lado al otro, hasta que el otro individuo llegó algo después.

Se pusieron a hablar y luego el que llevaba allí más tiempo se marchó, pero el otro se quedó.

Yo me quedé medio dormido en la sombra, y fue entonces, de golpe, cuando alguien gritó.

Maite frunce el ceño.

—¿Era una voz de mujer? —pregunta, y él niega con la cabeza.

—No. Era un hombre. Gritó fuerte, pero no logré entender qué decía.

Al oír eso, la inspectora se queda en silencio, su amiga baja la mirada.

—Me taparon la boca —cuenta casi en susurro—. Me dormí en segundos.

El hombre asiente.

—Lo sé, al abrir los ojos tras escuchar el grito, vi como a usted la dejaban ahí tirada. Pero a su pareja lo arrastraron hasta el interior de la lancha y desaparecieron.

—¿Pudo ver al capitán del barco?

—Vi como un hombre subía las escaleras a toda prisa, aunque yo estaba más preocupado por usted —dijo mirando a Maite.

Morris saca el móvil y le muestra una imagen: el sello del gato negro.

—¿Ha visto esta imagen en algún lugar?

Él la observa y tras unos segundos niega con la cabeza. La inspectora guarda el móvil sin decir nada.

—¿Qué es eso? —quiere saber Maite.

Ella niega con la cabeza, para no darle importancia.

—¿Recuerda algo más de esa noche que pueda ayudarnos?

—No vi nada más.

El camarero se acerca para traer la cuenta y la inspectora le da un par de billetes dejándole claro con un gesto de cabeza que se quede con el cambio.

—¿Tiene dónde dormir esta noche? —le pregunta Maite, preocupada.

—Siempre tengo donde dormir, no se preocupe. Lo difícil es tener con quien hablar. Mucha suerte, señora. —Sonríe, se levanta y se aleja sin decir nada más. Maite lo sigue con la mirada.

—¿Crees que sabe algo más?

Camila termina su café y responde:

—No lo creo.