Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 22
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Capítulo 22

E ntre una farmacia de barrio y una floristería cerrada por reforma, se encuentra el café La Clé du Bois, un local pequeño que parece haber resistido al avance del tiempo.

—El mejor café de París, sin duda, lo prepara Élodie.

Morris no dice nada. Solo sonríe, observando el lugar: paredes de papel pintado, mesas pequeñas de madera antigua y un hilo de música de fondo que invita a tomarse el café en silencio.

Élodie, con una amable sonrisa, les entrega una bandeja de madera con los dos cafés. Jean la coge y ambos toman asiento en la primera mesa libre.

—Sin duda es un lugar maravilloso.

—Morris, no me voy a andar con rodeos. No tenemos mucho tiempo —dice mientras da vueltas a su cucharilla dentro del líquido negro—. La he cagado bien y no se fían de mí.

Ella lo observa sin decir nada. Está intentando averiguar si lo que le está diciendo es verdad o mentira.

—Necesito tu ayuda —continúa—. El inspector Medina nos llamó para informarnos de que había escuchado una conversación sospechosa.

»Estaban cenando en el restaurante Le Train y escuchó lo que, a priori, parecía una conversación sobre tráfico de mujeres y prostitución infantil.

Camila lo mira con gesto muy serio. Saca su libreta, pero Jean pone la mano sobre esta y niega con la cabeza. Ella asiente y la guarda.

—Nos explicó que una mujer con acento ruso estaba hablando con dos hombres en español, por desgracia, no los vio ya que estaba de espaldas a ellos.

Morris se recuesta en la silla y toma una gran bocanada de aire esperando a que continúe.

—Cuando se lo conté a mi superior, supo de inmediato que se trataba de la Rusa, pese a que Gabriel no la viera —confiesa, y se queda mirando a la inspectora, que escucha con atención—. Me prohibió investigar.

Tras esa confesión, Jean carraspea, traga saliva.

—Pero tú no pudiste quedarte quieto, ¿no? —Morel niega con la cabeza y baja la vista, avergonzado—. Continúa, por favor.

—Me siento mal, porque volví al hotel para hablar con Medina y decirle que había descubierto algo gordo y…

La inspectora chasquea la lengua al entenderlo.

—Lo pusiste en peligro —le recrimina golpeando la mesa con el puño.

—Lo sé, y lo siento. Te juro que si pudiera volver atrás…

—¿Por qué me estás contando todo esto ahora?

—Hace un par de años me cambiaron de compañero. A Lucien lo trasladaron, pero nadie supo a dónde. Nos dijeron que estaba en una operación especial que duraría seis meses —explica antes de guardar silencio—. Nunca volvió.

Ella asiente con la cabeza y toma un sorbo de café.

—Tras la primera reunión con mi jefe y decirme que dejara de investigar, me colé en los archivos clasificados y… —Traga saliva y se toma una pausa, Morris lo mira entrecerrando los ojos—. No estoy orgulloso, pero…—Me descargué los archivos confidenciales que llevaba la capitana Élise.

—¿Robaste documentación oficial? —Los ojos de Camila se abren de par en par.

Jean ignora la mirada de la inspectora española, saca de su mochila una carpeta de color sepia y se la entrega.

—Hice copias. Por lo que he podido averiguar, Lucien se infiltró hace dos años para trabajar para la Rusa. Pasaba información todos los días 7 del mes, pero desde hace seis meses no saben nada ni de Lucien ni de la Rusa.

—Entiendo —dice ella para alentarlo a seguir—. Hasta que Medina se topa con ella en París.

—Exacto. Todas las alertas se volvieron a encender y yo vi una oportunidad de encontrar a Lucien y de ascender —se justifica—. Por eso fui a hablar con Medina, por eso…

—Lo usaste sin medir las consecuencias —escupe Morris, recreándose en las palabras con rabia. La cara del comisario Gutiérrez se personifica en su mente.

—Lo sé, me dejé llevar —afirma, y se pasa la mano por el pelo—. Nada más salir de hablar con Gabriel, mi compañero se puso hecho una furia conmigo.

—¿Volviste a contactar con Gabriel después de eso?

—Él me envió un mensaje diciéndome que creía que había escuchado a la misma mujer en la Torre Eiffel.

—¿Te llegaste a reunir con él después de enviarte el audio? —El corazón de la inspectora va a mil por hora.

—No. Tras la reunión con la capitana Élise y el comandante Marc, me sancionaron de empleo y sueldo por cuatro meses.

—Lo siento muchísimo, pero…, entonces, ¿por qué me has venido a buscar tú? ¿Por qué estuviste en la videollamada?

Jean se queda en silencio.

—Para no levantar sospechas con la policía española.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —insiste Morris.

—Porque ambos tenemos un objetivo en común.

—Tú también quieres encontrar a tu compañero —deduce Morris mientras mueve la cabeza afirmativamente.

—Exacto.

—¿Y cómo tienes pensado hacerlo si estás suspendido de empleo y sueldo?

—Tengo la esperanza de que seas tú quien los encuentre. —Morris lo observa, se moja los labios y se termina el café—. Hay que buscar dónde se oculta la Rusa —dice Morel.

—¿Y pretendes que lo haga yo? —La inspectora está perpleja.

—La última vez que ellos hablaron con Lucien dijo que todos los pedidos pasaban por una red de transporte que organiza absolutamente todos los movimientos. Si damos con la empresa y le seguimos el rastro, encontraremos a Gabriel y, por ende, a Lucien.

—No te estoy siguiendo, Jean.

—Hay una red internacional de tráfico de mujeres.

Ella, inquieta, se pone las manos sobre la cara y se frota la frente con fuerza.

—¿Me estás pidiendo que, en un país extranjero, sin ningún tipo de jurisdicción y con un agente suspendido, trate de encontrar el rastro de una empresa fantasma?

Jean asiente con la cabeza.

—Te has vuelto loco —suelta Camila, que mueve la cabeza y se levanta, indignada.

—Espera —le pide, cogiendo su mano para que se vuelva a sentar.

—No tengo ganas de que me estén vacilando, Jean.

—Por favor —ruega.

Pero Morris se zafa de su brazo y sale de la cafetería. Jean la persigue, colocándose a su lado.

—En tu bolsillo izquierdo te dejo un pen con información —susurra—. Deja mi móvil en la recepción del hospital. Me pasaré en otro momento a por él, para no levantar sospechas.

Se coloca frente a ella con la mano extendida.

—Un placer, inspectora Morris.

Ella le da la mano. Él asiente con la cabeza y se aleja en dirección al coche. Morris se lo queda mirando. Con disimulo, se toca el bolsillo de su blazer y nota que en su interior hay algo duro.