Capítulo 20
Alicante
E l comisario Gutiérrez entra en su despacho con el ceño fruncido.
La pila de informes sobre el escritorio parece más alta que el día anterior.
Resopla, se quita la chaqueta y la cuelga en el perchero con un gesto automático.
Se sienta frente al ordenador, aunque no llega a encenderlo porque suena su teléfono personal.
Lo saca del bolsillo del pantalón y observa que es un número desconocido. Tras una breve duda, contesta.
—Gutiérrez —dice con tono seco.
—Comisario Gutiérrez, soy Michel Duret, director adjunto de cooperación internacional. También soy representante diplomático francés ante organismos europeos en Bruselas.
Gutiérrez se incorpora en la silla, tensando la espalda.
—Buenas tardes, señor —responde con rapidez.
—Le hablo desde fuera del canal profesional por una razón concreta —guarda silencio unos segundos—, pero para eso necesito que me asegure que esta conversación permanecerá confidencial.
—Le escucho.
—La desaparición del inspector Medina ha activado una alerta diplomática. No habrá una intervención pública, sin embargo, puedo ofrecerle acceso limitado a ciertos archivos de la operación Ébano.
—Entiendo.
—Eso sí, su equipo debe mantener discreción absoluta.
—¿Qué hay del equipo de Francia? —quiere saber Gutiérrez.
—No deben saber que ustedes están investigando.
—¿Por qué?
—Porque si el inspector Gabriel Medina sigue con vida… no lo encontrarán en los informes oficiales.
—¿Por qué han elegido al inspector Medina?
—Lo desconocemos, aunque creemos que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Gutiérrez chasquea la lengua. Hay algo que no le cuadra.
—Tiene buenos equipos, comisario. El expediente de la inspectora Camila Morris está por encima de la media.
—Ella está de baja por maternidad, señor —informa, tratando también de alargar la conversación.
—Su compañero ha desaparecido. Dudo mucho que a ella le importe estar de baja —asegura Duret, socarrón.
—Por supuesto, señor, pero…
—Debemos movernos con inteligencia, no con ruido.
El comisario guarda silencio y se pasa una mano por la frente, como si intentara despejarse.
—Haremos todo lo que esté en nuestra mano.
—No tenía duda —aclara el directivo francés con tono firme—. Necesito que escuchen sin ser vistos y que me mantengan informado en todo momento, fuera de cualquier canal oficial.
Silencio.
—Y, comisario…, elija bien a los miembros de su equipo.
Su interlocutor aprieta el móvil contra la oreja. Siente cómo la tensión le sube por la nuca. No le gusta que le hablen en clave.
—¿Qué garantías tenemos?
—Ninguna y todas —afirma Duret—. Están en medio de una investigación criminal que lleva más de diez años en curso. La realidad es una: la orden que tendrán los agentes asignados será desmantelar la red de trata de mujeres y desenmascarar a los organizadores.
—Señor, ¿puedo hablar con claridad? —pregunta el comisario.
—Por supuesto.
—¿No se fía del equipo francés?
Una risa ahogada suena al otro lado de la línea.
—No me fío ni de mi sombra, comisario Gutiérrez, como para fiarme de ellos.
—¿Y por qué se fía de nosotros?
—Porque tengo la total confianza en que la inspectora Camila Morris va a hacer todo lo que esté en su mano para salvar a su compañero.
El comisario aprieta la mandíbula. Está atrapado. No tiene otra salida que colaborar.
—Le mantendré informado —acaba diciendo.
—Eso es todo lo que necesito por ahora. Que pase buen día, comisario.
La llamada se corta. Gutiérrez deja el teléfono sobre la mesa, pero no se mueve. Mira la pantalla apagada del ordenador como si esperara que le diera una respuesta.
—Medina, ¿en qué mierda te has metido?