Capítulo 19
—C armen, por favor, tenme informada de todo lo que Jorge encuentre.
Camila pasea por la zona de salidas del aeropuerto de Alicante con el rostro serio mientras habla por teléfono con su compañera.
—No te preocupes, no vamos a abandonar a Gabi.
—Lo sé, pero sigo sin entender por qué se metió en el medio. No tiene ningún sentido que lo secuestren por esto. Estamos frente a una red de tráfico de mujeres. Hay cosas más importantes que secuestrar a un simple turista.
—No lo sé, Camila. ¿Y si alguien de dentro ha avisado?
—Sí, puede haber un topo. ¿Pero avisado de qué?
—Solo sabemos una versión, Cami. Deberías tratar de hablar con Jean.
—Ya, esa es mi idea. —Se acerca hasta la cristalera para observar cómo uno de los aviones despega—. Algo nos están ocultando, eso está claro.
—No me cuadra que Gabi se metiera así como así —rebufa Carmen.
—¿Y si lo están usando para algo? —inquiere con preocupación.
—No tiene sentido. Jorge está localizando los sitios en los que pagaron con tarjeta, para hacer una cronología de los lugares que visitaron.
—Hay algo que no me deja dormir.
Se queda en silencio, solo se escucha su propia respiración, y Carmen espera.
—¿Por qué Gabi no me contó nada?
Su compañera respira hondo al otro lado.
—Quizás no quiso molestarte. Estás de baja por maternidad y…
—¡No! Es Gabi —niega, sintiéndose impotente, y golpea el suelo con el tacón del zapato.
Morris sonríe apenas, pero su mirada se pierde en el cristal. Por un instante, recuerda el pasado, recuerda a Medina en Argentina, cuando la sacó de aquella cueva. Fue él quien la encontró, quien la sacó en brazos, quien le susurró al oído: «No te preocupes, ya estás a salvo».
—Su móvil estuvo en todo momento en la habitación del hotel. —La voz de Carmen la devuelve al presente.
—Sí, eso fue cosa de Maite —confirma la inspectora—. Le obligó a dejarlo allí para que desconectara de los grupos del trabajo —asiente cerrando los ojos.
—Nos faltan piezas.
—Solo voy a estar unos días —anuncia en un susurro—. El hotel les ha mantenido la habitación, así que trataré de hablar con el personal. Pero mi francés está muy oxidado.
—No sabía que hablaras francés.
—En el instituto era una asignatura opcional, y siempre me pareció un idioma muy interesante —afirma antes de chasquear la lengua—. Pero hace muchos años que no lo hablo.
—Esto es como montar en bici. No se olvida.
Una voz femenina, clara y neutra, irrumpe por los altavoces del aeropuerto:
«Atención, pasajeros del vuelo AF1243 con destino París-Orly. Embarque de inmediato por la puerta B12. Repetimos: vuelo AF1243 con destino París-Orly, embarquen de inmediato por la puerta B12. Última llamada».
Morris se queda en silencio un segundo, con el teléfono aún pegado a la oreja.
—Carmen, tengo que colgar. Es mi vuelo.
—Mándame un mensaje en cuanto aterrices, y ten mucho cuidado.
—Lo haré.
Cuelga, se coloca el bolso al hombro y camina con paso firme hacia la puerta de embarque. Mientras avanza, su corazón late con fuerza. No sabe qué encontrará en París, pero sabe que no volverá sin respuestas.