Medina. Operación Ébano (Universo Morris) Capítulo 18
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Capítulo 18

E l canal de comunicación queda en silencio durante unos minutos. El comisario permanece de pie, con la espalda recta y la mirada perdida en algún punto indeterminado de la pared, como si estuviera calculando hasta dónde puede estirarse la cuerda sin romperse.

Tras la puerta, Morris camina de un lado a otro por el pasillo, sabiendo que en el interior del despacho están decidiendo el futuro de su compañero.

—Señor Delacroix —comienza a hablar Gutiérrez volviendo a su asiento—. Le pido disculpas, pero debe entender que Gabriel es nuestro compañero. No lo vamos a dejar a la deriva.

—Comisario, tenemos un plan —confiesa Armand.

—Sé que la operación Ébano está vinculada al tráfico de mujeres y a la falsificación documental, con rutas marítimas encubiertas —señala Gutiérrez con firmeza.

—Veo que está bien informado, entonces —dice el inspector Morel tras traducírselo a su jefe.

—Le confieso que no me creo que no hayan sacado nada del audio de Medina —lanza como dardo el comisario español.

—Le aseguro que no se escucha absolutamente nada —confirma Jean pasándose la lengua por los labios; Gutiérrez sabe que miente, pero no va a mostrar sus cartas—. Pero puedo informarle del texto adjunto que contenía el mensaje —propone en cambio, con gesto serio.

Francisco Gutiérrez mira por una fracción de segundo a Jorge, y luego asiente con un leve movimiento de cabeza.

—Leo textualmente: «Jean, creo que he escuchado a la misma mujer del restaurante en la Torre Eiffel; era su voz. Estaba con una mujer de unos cuarenta años, estatura media, complexión delgada, moño bajo, ambas hablaban en ruso».

—¿Saben quiénes son? —pregunta Gutiérrez.

Su homólogo se remueve inquieto y Morel traduce su respuesta:

—No estamos seguros, pero le aseguro que tenemos un plan.

—Vamos a dejarnos de rodeos —exige el español, que se adelanta un poco en su asiento y mira directo a los ojos del comisario francés—.

Si ese plan que tienen implica sacrificar al inspector Gabriel Medina, le aseguro que solicitaré una activación formal a través del canal SIRENE y lo elevaré al Ministerio del Interior si es necesario.

Armand Delacroix le dice algo en voz baja a Jean Morel. Este asiente con la cabeza y mira de nuevo a la cámara, donde Gutiérrez sigue esperando.

—Sabemos que el inspector Medina sigue con vida —asegura.

—¿Cómo?

—Tenemos una imagen siendo trasladado a un buque de carga —informa, mostrando la fotografía en pantalla—. Sigue con vida, pero esta es información confidencial.

—¿Pueden confirmar la autenticidad de esa imagen? —quiere saber Jorge, sin fiarse del todo.

—Hemos emitido una notificación amarilla a través de Interpol esta mañana.

La coordinación sigue bajo jurisdicción francesa.

El inspector Medina se ha visto involucrado en una investigación que llevamos más de diez años siguiendo.

Debe entender que hay un protocolo que no podemos romper y que las órdenes vienen de instancias superiores.

—Ratifico mis palabras. ¿Me está diciendo que van a dejar a la deriva al inspector Gabriel Medina?

La voz del comisario español suena alta y fuerte. Jorge, que entiende la gravedad de la situación, contiene la respiración.

—No exactamente —asegura Jean, traduciendo a su jefe en tono neutro—. Está en una posición comprometida dentro de una operación mayor.

Gutiérrez se queda mirando la pantalla.

—Tal y como ha dicho la inspectora Morris, no nos vamos a quedar de brazos cruzados —afirma el comisario levantando el mentón; tiene que ponerlos a prueba, necesita sacarles toda la información que sea posible.

—Lo imaginamos —contesta Morel con una sonrisa—, pero insisto en que debe entender que si el inspector Medina sigue con vida es porque está con uno de nuestros agentes. Si hacemos ruido, le aseguro que acabará muerto.

Gutiérrez chasquea la lengua y se queda mirando hacia la pared de nuevo, pensativo.

—Eviten hacer ruido en su país y esperen instrucciones —traduce el francés, tragando saliva.

El mando español frunce el ceño.

—¿Es consciente de que nos están diciendo que nos quedemos de brazos cruzados?

—No, solo les estamos pidiendo discreción temporal, que nos dejen trabajar. La operación está en curso y cualquier movimiento público podría comprometer la integridad del dispositivo entero, no solo del inspector Medina; eso debe entenderlo.

—¿Y qué garantías tenemos de que están haciendo todo lo posible?

—La Dirección General ha activado el protocolo de cooperación bilateral. Si lo desean, podemos formalizar un canal de coordinación a través del Ministerio del Interior español. Pero, repito, necesitamos tiempo.

Tras unos segundos, el comisario se cruza de brazos, mira a Jorge, se pasa la mano por el cabello y asiente.

—Manténganme informado, por favor —solicita el comisario español.

—No lo dude, señor —asiente Morel antes de concluir la conferencia.

—Estamos jodidos, Jorge, jodidos.

—¿Qué quiere que haga, señor?

—Trata de hackear las cámaras, trata de meterte en los intestinos de sus redes —dice poniéndose en pie—. ¿Hay forma de averiguar si esa foto es real?

—Necesitaré…

—Usa todos los recursos que necesites, Jorge, tienes carta blanca.

Sale de su despacho y se encuentra de frente con Morris, que camina de un lado a otro como un león enjaulado

—Mañana sale un vuelo hacia París —le informa de inmediato a su jefe—. Voy a buscar a Maite.

El comisario asiente con la cabeza, inspira hondo y, tras soltar el aire de golpe, le coloca una mano sobre el hombro.

—Camila, escúchame con calma —le advierte levantando el dedo índice sobre su cara—. Esta información no puede salir de aquí, ¿entendido?

—Claro, señor.

—No van a intentar rescatar a Medina.

—¿Le han dicho eso? —pregunta, apretando los dientes, clavándose las uñas en la palma de la mano.

—No directamente, aunque sé leer entre líneas, llevan más de diez años detrás de una organización vinculada al tráfico de mujeres.

—Se queda en silencio y asiente con la cabeza para que Morris trate de entender la gravedad de la situación—.

Más de quince de sus agentes han desaparecido a lo largo de este tiempo.

¿De verdad crees que van a arriesgar una operación de esa magnitud por un agente español?

—No voy a permitir que… —comienza elevando el tono.

—Camila —la interrumpe con firmeza, apretando su hombro—. Escúchame bien. Necesito que, durante tu estancia en París, recopiles toda la información que puedas sobre el caso: nombres, fechas, lugares… Todo lo que consigas.

—Entendido, jefe.

—Y, sobre todo, una vez que Maite esté bien, debéis regresar, sin hacer ruido.

—¡No pienso volver sin Medina! —Nada más decirlo, el labio inferior comienza a temblar.

—¡Lo vas a tener que hacer! —contesta con tono autoritario.

—Pero, señor…

—¡Necesito que sigas mis órdenes!

—Pero…

—Camila, confía en mí, te lo ruego.

Morris baja la mirada y respira hondo.

—De acuerdo, señor. Haré lo que me pide.

—Ten mucho cuidado, por favor. No te fíes de nadie. Sabes lo que tienes que hacer. Siempre has trabajado bien entre sombras.