Capítulo 17
París - Alicante
L a pantalla que tienen enfrente se divide en dos.
A la izquierda aparece la sala de coordinación de la Policía Nacional de Alicante, presidida por el comisario Gutiérrez, junto a Morris, Carmen y Sáez.
En un lateral, frente al ordenador, está Jorge, muy serio y con unos auriculares puestos.
A la derecha aparecen los homólogos de la Police Nationale, en París, presidida por Jean Morel, y a su lado, Armand Delacroix y Élise Leclerc.
El agente francés se ajusta el micrófono, ya que será él, por su fluido español, quien hará las tareas de traductor.
—Soy el oficial de policía Jean Morel. Él es el comisario Armand Delacroix —señala a su jefe, que asiente con la cabeza— y ella es la capitana Élise Leclerc. —Élise asiente del mismo modo al escuchar su nombre.
—Gracias por organizar esta reunión con tanta rapidez —agradece el comisario desde España—.
Soy el comisario Gutiérrez y ellos son los inspectores Dasilva y Sáez.
—Estos saludan con la cabeza sin decir nada—.
Y ella es la inspectora Camila Morris —dice mirándola a los ojos—, compañera del inspector Gabriel Medina.
—No estamos ante una situación fácil —se apresura a decir Jean, tras traducir las palabras de su jefe—. Yo haré de intérprete, así que les ruego algo de paciencia.
—No se preocupe, ustedes marcan el ritmo —asiente el comisario, necesita tenerlos a su favor. Morris, a su lado, aprieta la mandíbula y entrelaza las manos sobre la mesa, nerviosa.
—El inspector Medina se puso en contacto conmigo para facilitarme una información importante —empieza Morel, que mira a su jefe y este asiente—. La capitana Élise y el comandante Marc llevan años trabajando en la operación Ébano.
—¿La operación Ébano? —interviene Gutiérrez, visiblemente sorprendido.
—Se trata de una operación confidencial, señor.
—Lo sé, he oído hablar de ella —confirma el mando español—. Me consta que España está cooperando desde hace años —aclara él, con gesto serio.
—Sí. Tenemos varios puntos estratégicos en su país: Barcelona, Madrid y Algeciras. La operación ha estado bajo jurisdicción francesa durante los últimos cinco años, con apoyo limitado de la Europol.
—Entiendo —asiente el comisario—. ¿Me está diciendo que Medina acabó en mitad de algo relacionado con esta operación?
—El inspector Medina se encontraba en el restaurante Le Train, cuando una conversación en la mesa contigua llamó su atención —explica Jean.
—¿Qué tipo de conversación? —pregunta Gutiérrez.
—Fragmentos inconexos, pero suficientes para activar sus alertas como buen inspector de policía.
—¿Actuó por iniciativa propia? —pregunta Morris, extrañada.
—No inició ninguna investigación formal —aclara el inspector, levantando las manos frente a la pantalla—.
Me contactó esa misma noche por mediación del hotel.
No tenía autorización ni medios para intervenir; él era consciente de ello, pero su mensaje permitió al comandante Marc y a la capitana Élise reabrir una línea de investigación que estaba bloqueada desde hacía tiempo.
—¿Le vieron? ¿Le siguieron? —quiere saber Camila.
—No lo creo, ese día no tuvo ningún tipo de contacto con… —duda y se queda en silencio— con los integrantes de la asociación criminal. Pero varios días después, por casualidad, se encontró con ella.
—¿Ella? —repite Camila, entrecerrando los ojos ya que Maite le contó que habían sido dos mujeres.
—Es una forma de hablar, inspectora —se apresura a corregir Jean, carraspeando y removiéndose incómodo en su asiento mientras Carmen y Morris intercambian una mirada.
Gutiérrez se recuesta en la silla, procesando la magnitud de lo que tienen entre manos.
—Sigo sin entender qué tiene que ver nuestro agente, Morel —murmura.
—El inspector Medina me envió un mensaje la noche antes de desaparecer, aunque lamentamos comunicarles que el archivo llegó dañado y no se escucha nada —miente el francés.
Morris se inclina hacia el micrófono.
—¿Han intentado rastrear el origen del archivo? ¿El dispositivo, la red, el servidor?
—Sí. El mensaje fue enviado desde el móvil de la señora Maite García, conectado a una red de wifi pública en el distrito VII.
El comisario se cruza de brazos, pensativo.
—¿Nos podrían mandar el archivo? —se adelanta a pedir Camila—. Jorge, nuestro jefe de la Unidad de Delitos Tecnológicos, es muy hábil.
—El archivo fue enviado esta mañana al laboratorio forense digital y nos aseguran que el audio está dañado. No se ha podido recuperar contenido útil.
—¿Dañado cómo? —pregunta Jorge, sin aparecer en pantalla.
—El archivo presenta fragmentación interna y pérdida de metadatos. No sabemos si fue alterado antes de enviarse o si el dispositivo tenía algún tipo de interferencia.
Ambas salas se quedan en silencio cuando una risa burlona escapa de la garganta de la inspectora Morris, sin poder evitarlo mientras niega con la cabeza.
La capitana Élise se adelanta y comienza a hablar en francés. Su tono es pausado pero firme, mientras Jean asiente en todo momento .
—Inspectora Morris, mi compañera quiere que sepa que entiende a la perfección su frustración y empatiza con su situación. Le asegura que van a hacer todo lo que esté en su mano para encontrar al inspector Medina.
—Muchas gracias, pero para eso hay que ir con la verdad por delante, y aquí creo que se está ocultando información.
Gutiérrez le lanza una mirada seria y ella traga saliva asintiendo ligeramente, sabe que su comisario está con ella, aunque también sabe que no deben mostrar todas sus cartas.
—Creo que Gabriel estaba en el lugar menos indicado en el peor momento posible —aclara Carmen, mirando a Camila, que mantiene el rostro serio.
—Un inspector de policía español ha desaparecido por arte de magia mientras estaba de vacaciones en su país, señores, no son conscientes de la gravedad —espeta Morris, enfadada.
—Somos conscientes, se lo aseguro, y estamos actuando en concordancia.
—¿En concordancia con qué? —se indigna ella.
Dasilva se acerca al micrófono.
—¿Se ha activado el protocolo de búsqueda internacional?
—Sí —contesta Armand.
—Hemos enviado la notificación a INTERPOL —continúa Jean— y activado el sistema SIS II. Medina figura como desaparecido en territorio Schengen.
—¿No hay testigos de lo ocurrido? —quiere saber la inspectora.
Jean mira a su superior que asiente con la cabeza tras traducirle.
—Tenemos el testimonio de un ciudadano. —Se queda en silencio y traga saliva—. El testigo asegura que dos hombres se llevaron al inspector Gabriel Medina en una lancha.
—¿Qué? —grita Camila, incorporándose de golpe.
Su compañera Carmen la coge del brazo y la hace sentarse nuevamente.
—¿Qué es exactamente lo que el testigo vio? —presiona Gutiérrez con el rostro pétreo.
—Vio cómo una lancha regresaba al punto de origen con el inspector Medina y su mujer, y que, justo en el momento de bajar, unos hombres encapuchados se acercaron y los atacaron.
El capitán desapareció, dejando a Maite inconsciente en el suelo y los encapuchados se llevaron al inspector en la lancha.
—¿Tienen imágenes del capitán? —indaga él.
—Lamentablemente no tenemos nada.
Morris está petrificada frente a la pantalla y con los ojos vidriosos.
—¿Sería posible hablar con el testigo? —quiere saber el comisario español.
—Poco más podría aportar. Es una persona sin hogar y esa noche había tomado algo de alcohol de más, con lo que la declaración no es muy válida.
—No obstante, si fuera posible… —insiste la inspectora saliendo de su trance.
Jean habla con su jefe y este, a los pocos minutos, asiente con la cabeza.
—Haremos todo lo que esté en nuestra mano para localizarlo y traerlo aquí.
—Disculpen, soy Jorge, director de operaciones informáticas —asoma la cabeza por un lateral—, y me gustaría poder trabajar conjuntamente con su equipo.
Jean traduce todo lo dicho por el informático y Armand se remueve, algo inquieto.
—Señores… —dice en español, luego levanta las manos, le susurra algo al oído a Morel, y este asiente.
—Debemos esperar a que los equipos especiales nos den luz verde —traduce Jean.
—¿El inspector Medina puede estar en peligro y ustedes nos dicen que esperemos? —pregunta, incrédula, Morris.
—La operación ha sido clasificada como de alta sensibilidad diplomática. Cualquier movimiento requiere autorización directa del Ministerio del Interior francés y coordinación con los canales europeos establecidos en La Haya.
—¿Riesgo diplomático? ¿De qué están hablando?
—Agente Morris, entiendo que… —se detiene y traga saliva, nervioso— que esté preocupada. Nosotros también lo estamos, y le aseguramos que estamos siguiendo todos los protocolos.
—Un inspector de policía español ha desaparecido en su territorio —repite, apretando los dientes.
—Le aseguro que estamos haciendo todo lo posible —repite Jean. Camila mira a Carmen, moviendo la cabeza, incrédula.
—Si piensan que vamos a quedarnos de brazos cruzados es que no nos conocen.
—Su reputación la precede, sin duda —asegura él, obligándose a sonreír, ya que el papel que le ha tocado interpretar es muy duro—, pero le rogamos, ante todo, calma.
Camila se recuesta en la silla, se cruza de brazos y resopla por la nariz.
—Inspectora Morris —trata de decir Armand en español, con acento francés—, nosotros nos encargamos.
—¡Salgan todos de la sala! —ordena Gutiérrez con tono muy serio.
—¿Qué? —Morris no puede creer lo que le están pidiendo.
—Salgan todos de la sala —repite, sin dejar de mirar a los ojos a Armand. Este le devuelve la mirada y asiente con la cabeza una vez que Jean le traduce las palabras del comisario español.
Carmen se levanta y toma a Morris del brazo, guiándola hacia la salida sin esperar.
—Jorge, quédate, por favor —pide el comisario, mientras el resto de integrantes abandona la sala.